artículo no publicado

Brothers, de Yu Hua

Li Guangtou, el potentado más importante de la ciudad de Liu, se plantea gastar veinte millones de dólares para viajar al cosmos en una lanzadera espacial de la Federación Rusa, contemplar la Tierra y “sentirse turbado al percatarse de que no había dejado allí familia alguna”, pues hace tres años que murió su único pariente, su hermanastro Song Gang. Sentado en su váter con tapa de oro, además de fantasear sobre el viaje al espacio, Li Guangtou regresa al momento en que, con catorce años, fue descubierto espiando el culo de las mujeres en un retrete público, afición heredada del padre, que había muerto ahogado al caer de cabeza sobre la fosa séptica de otra letrina pública. El hombre que venció la repugnancia, rescató el cadáver, lo cargó hasta casa, lo lavó y lo colocó en el que había sido el lecho nupcial era profesor de enseñanza secundaria, se llamaba Song Fanping y era el padre de Song Gang y, años después, marido de Li Lan, madre de Li Guangtou.

Al inicio escatológico le sigue la llegada de la Revolución Cultural a la aldea de Liu, con signos tan drásticos como inesperados: cierre de escuelas y libros desaparecidos, desfile de tropas, gente con brazaletes rojos, chapas con la efigie de Mao y ejemplares del Libro rojo en la mano, personas con capirotes infamantes acusadas de enemigos de clase a quienes se podía injuriar, abofetear o mear encima. Y lo más terrible, la acusación de terrateniente que sufre Song Fanping, degradado ante la mirada de miedo de sus hijos, que “no podían comprender qué había sucedido: ayer estaba en el puente, era una figura que infundía respeto, y hoy había sido reducido a aquello”, el registro de la casa familiar en busca de documentos de propiedad, que nunca fueron encontrados, y su trágico final, apaleado hasta la desfiguración y la muerte en medio de la calle. La experiencia de la Revolución Cultural, la hambruna y la búsqueda de comida, la visión del asedio y persecución del padre, el recuento del suicidio, clavándose un clavo en la cabeza, del padre de otro niño que antes había perseguido a Song Fanping, la picaresca comercial del protagonista mediante descripciones remuneradas del trasero de Lin Hong, la muchacha de la que acabarán enamorados los dos hermanos y a la que convierte en el objeto del deseo de muchos hombres de la ciudad.

Es probable que para la redacción de la primera parte de Brothers, publicada en el 2005, el autor se inspirara en su propia experiencia. Yu Hua había nacido en 1960 en el pueblecito de Haiyan, en la zona costera de la región de Zheijiang, en una casa que olía a sangre y que se hallaba frente a un retrete público donde las enfermeras tiraban los tumores. Y como los protagonistas vivió una infancia expuesta a la brutalidad y la muerte y a la propaganda a través de los pósters o dazibaos en los que un vecino denunciaba a otro vecino y la gente hacía públicas sus cuitas con pelos y señales, y en los que, a falta de escuelas y libros, descubrió el valor de las palabras, tal como comenta en la entrevista de Pankaj Mishra en The New York Times de febrero del 2009.

Yu Hua profundiza en el realismo al que había llegado después de romper con la experimentación de Leaving home at 18 (1987) y con el surrealismo de unos cuentos que le supusieron el reconocimiento de los círculos literarios y vanguardistas. En la novela To live de 1992 –llevada al cine por Zhang Yimou–, historia de una familia campesina cuyo hijo muere después de una transfusión de sangre para salvar a un oficial del partido. En 1995, en Chronicle of a Blood Merchant, sobre un campesino que se ve obligado a traficar sobre su propia sangre para aumentar su deficitario salario.

En la segunda parte de la novela, publicada en 2006, Yu Hua aborda la que denomina Revolución del Consumo, históricamente inaugurada en 1992 con la llamada de Deng Xiaoping a la reforma del mercado, mediante la narración minuciosa y pormenorizada del viaje de Li Guangtou hacia la riqueza. Los ideales de nación y socialismo empiezan a hacer aguas. Los hermanos se han quedado solos –“Los muertos ya se fueron, y los vivos se quedaron”–, se han hecho mayores y se ponen a trabajar. Correrán suerte dispareja. El mayor, Song Gang, a pesar de sus veleidades literarias, acabará por llevar una vida modesta con su mujer Lin Hong y, cuando al cabo de los años se quede sin trabajo, dependerá de la ayuda del menor, Li Guangtou. Éste va de un lado a otro, preocupándose de conquistar a Lin Hong y de hacerse un lugar en ese nuevo mundo en el que los dirigentes del partido se ven obligados a dejar paso a los emprendedores. Li Guangtou viaja a Shanghai, que aparece como el centro de poder de la nueva China, y al extranjero, y desarrolla ese potencial que se había anunciado con el comercio de las descripciones del culo de Lin Hong, a la que, al cabo de muchos años acabará por conquistar y abandonará tras la muerte de Song Gang.

Inconvenientes: alargamiento innecesario de muchas escenas, excesivo detallismo y repetición de motivos, utilización de citas de los clásicos como forma de legitimación literaria en vez de diálogo intertextual con el pasado literario. Aciertos: ironía y sentido del humor de capítulos como, por ejemplo, los dedicados a la compra y venta de trajes usados, a la reclamación de la paternidad de Li Guangtou y a la reconstrucción de hímenes.

En China, el mundo literario no ha sido benévolo con esta novela. Los izquierdistas la han criticado por la crudeza de la parte dedicada a la Revolución Cultural. Los derechistas, por el pesimismo sobre el capitalismo en China que reina en la segunda parte. Han calificado al autor de campesino con aires literarios y lo han acusado de haberse vendido a las fuerzas del comercio y la vulgaridad y de promover una imagen negativa de China. Yu Hua se ha justificado diciendo que modificó su relación con la sociedad después de los sucesos de Tiananmen en 1989 y critica a ese nuevo nacionalismo que desconoce las ambigüedades de la vida y pretende ofrecer una imagen idealizada de la nueva China.

Quizás tengan razón unos y otros, pero lo cierto es que al lector le queda un tedioso sabor de larga marcha narrativa y la impresión de que Yu Hua hubiera podido decir lo mismo o más con menos páginas. Algo que no tiene nada que ver con posiciones ideológicas de izquierda o de derecha, sino con el buen hacer literario. ~