artículo no publicado

Ayer no más

Andrés Trapiello

Ayer no más

Barcelona, Destino, 2012, 312 pp.

Volando de Madrid a Bogotá, hace algunos días, leí una novela de una sola sentada: Ayer no más, de Andrés Trapiello. Últimamente la vieja lectura larga y ensimismada, alejada del mundo, es para muchos un privilegio de los aviones: al fin un sitio donde no hay internet, donde no existe el teléfono, donde no hay distracciones si apagas la pantalla del portátil y la de las películas, si ignoras a tu vecino y te aíslas del ruido con esa feliz evasión de la realidad circundante que produce un buen libro. Tanto en el territorio de la ficción como en el de la realidad, yo sentía –a medida que avanzaban el vuelo y la lectura– que poco a poco me alejaba de España y me acercaba a Colombia. Porque esta novela, que habla de la Guerra Civil española, y sobre todo de memoria y de olvido, de perdón y de venganza, aunque se refiera a hechos acaecidos al otro lado del charco, tiene mucho que ver también con lo que nos pasa a esta orilla del Atlántico.

Trataré de explicarlo más despacio. Andrés Trapiello (con más de sesenta títulos a su haber, muchos de ellos excelsos) ha escrito una novela para intentar entender un trozo de la historia. Y más concretamente una novela para hacer las cuentas con la Guerra Civil española. Lo más loable de su intento –para mí plenamente conseguido– es que ha escrito lo contrario de un libro maniqueo: su punto de vista es el más serio, el más difícil y el más retador desde una perspectiva moral e intelectual, pues aquí no se disimula la maldad de los malos –ni se la pasa por alto–, pero tampoco se ocultan sus miedos y sus motivos. Y al mismo tiempo no es condescendiente ni indulgente con la bondad de los buenos, sino que señala sin miedo y sin piedad su hipocresía, su doble rasero moral, empeñado siempre en ocultar sus miserias y al mismo tiempo en subrayar las miserias de sus contrincantes. Unos y otros hablan, además, con su voz más lúcida y más inteligente.

Al hacerlo así, el narrador, Pepe Pestaña, no está empeñado en un ejercicio de equilibrismo, ni de qualunquismo, ni de equidistancia tibia entre los extremos: es más bien un ejercicio de escepticismo y desencanto sobre los resortes secretos del ser humano. Este personaje –que en el mundo de la ficción trabaja con una agrupación de la memoria histórica– es pesimista sin llegar al nihilismo, y al mismo tiempo es descarnado, pero deja un pequeño resquicio para la esperanza. En este libro la esperanza está representada por la verdad total, pues es la verdad completa –no la parcializada– la que nos permite perdonar, comprender, e incluso olvidar y seguir adelante, sin falsos escándalos ni falsos moralismos. Como dice en un momento clave del libro uno de sus personajes: “Pasada la guerra todos han querido persuadirnos de que no pudieron hacer otra cosa, y cada cual cree que en su bando los crímenes se cometieron en abstracto, de una manera indiferenciada, en nombre de la República o de Falange, del Comunismo, de la Anarquía o de la Iglesia, con lo cual, unos y otros, aceptando en principio que todos pudieron ser culpables, acaban teniéndose por inocentes, en tanto creen que los crímenes del bando contrario los cometieron individuos diferenciados que debían pagar por ello. Así se explica que nadie haya querido juzgar y pedir responsabilidades jamás a los suyos, sino solo a los contrarios. Esa es lisa y llanamente la justificación del Mal.”

El leitmotiv de la novela es uno de los más trascendentes: la memoria y dos necesidades simétricas para poder comprender y poder seguir viviendo: el recuerdo y el olvido. José Pestaña, golpeado por un dilema ético que lo toca muy de cerca, lucha contra el intento de ocultar el pasado de los victimarios (que se escudan en el silencio para que sus horrores se olviden, pero en la intimidad viven en el remordimiento del horror que cometieron) y lucha también contra la memoria excesivamente selectiva no solo de las víctimas, sino sobre todo de sus aliados ideológicos que, aunque no fueron ni son víctimas, viven y medran –como vampiros de sangre ajena– gracias a la denuncia y a las vestiduras rasgadas de un victimismo que recurre todo el tiempo al chantaje moral.

Ayer no más narra una historia, o varias historias entretejidas, de víctimas que se convierten en victimarios por el camino del desquite y la venganza. Y al mismo tiempo profundiza con insistencia, sin soltar nunca la presa, en un tema que ha dividido a los intelectuales españoles otra vez en varios bandos irreconciliables: el de quienes quieren remover el pasado viendo por un solo ojo (si Franco era tuerto del ojo derecho estos lo son del ojo izquierdo); el de quienes prefieren una memoria total, en caso de que se quieran soplar esas cenizas que todavía esconden brasas; y el de quienes piden que junto a la verdad se admita también un poco de perdón y un mucho de olvido.

Ya llegando a las costas colombianas cerré la novela con una sensación agradable: la de haber ampliado mi conciencia. La Guerra Civil española terminó hace muchísimo tiempo y todavía las heridas siguen abiertas; la historia y la novela tratan de entender esas heridas, de sanarlas o de volverlas a abrir. Tal vez los latinoamericanos, y en particular los colombianos, podríamos con una obra como esta ahorrarnos un poco de tiempo, de amarguras y disputas. Aquí que están más frescas las masacres de los paramilitares y la extrema derecha, así como más vivo el recuerdo de los secuestros y horrores del extremismo de izquierda, podríamos leer este libro –que combina hábilmente la historia con la ficción– como una fantasía que nos ayuda a la comprensión, al recuerdo y al olvido. Incluso al perdón y al entendimiento. ~