artículo no publicado

Libros como perfume

A partir de una ocurrencia –un perfume olor a libro– quizá se pueda iniciar el juego inverso: asignarle a cada libro el perfume que mejor le va. 

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Steidl es una prestigiosa editorial alemana especializada en libros de fotos. Sin embargo, el producto estrella de su catálogo Otoño-Invierno 2012/2013, lanzado en junio, no es un fotolibro. Tampoco es un libro tradicional, aunque desde fuera lo parece. En la portada, letras negras sobre fondo blanco, se lee el título: Paper Passion, y una faja roja anuncia que es “for booklovers”. Al abrirlo, como en las películas, las páginas de este libro están recortadas para hacerle hueco a un frasco de perfume. Y es que Paper Passion no es, en rigor, un libro, sino un perfume: un perfume con aroma a libros.

En este punto, no hay dudas de que la mayoría de los booklovers que lean este artículo se sentirán identificados. ¿Quién de ellos no experimentó alguna vez el placer de abrir un libro —unos prefieren los antiguos, otros los recién salidos de imprenta— y extasiarse con el aroma que desprenden sus páginas? El auténtico booklover no conoce un libro solo a través de la vista: intervienen el tacto (su textura, la comodidad con que se deje sostener, su peso), el oído (desde la musicalidad de sus palabras hasta, por qué no, el ruido de las páginas al pasar) y, desde luego, el olfato. Pero ¿tanto como para llevar el olor a libro en el cuerpo? Como hay gente para todo, seguramente habrá personas lo suficientemente freakies para pagar los 98 dólares que Steidl puso como precio a cada frasco de Paper Passion. En todo caso, el libro (que lo es, de todos modos: hasta posee su correspondiente ISBN) incluye —en sus páginas iniciales, no recortadas— textos del creador de la fragancia, Geza Schoen, y del Nobel de Literatura Günter Grass, entre otros.

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En el e-reader todos los libros se ven iguales (o casi), el tacto de todos es el mismo (mejor dicho: no es posible tocar el libro, sino solo el dispositivo). Con el sonido ocurre otro tanto, y del olfato, por supuesto, ni hablar. El Kindle o el Papyre son incapaces de generar nada parecido a la incitación a hundir la nariz entre unas hojas como quien busca el origen de algo inalcanzable, allá donde la página nace pegada o cosida… Es cierto, es verdad: esto suena melancólico y tecnófobo, pero ¿será posible leer de la misma forma que sobre el papel a Dante o a Homero o a Dickens en un aparato que huele a iPad o a Blackberry?

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Dentro de la nariz del ser humano se hallan las neuronas receptoras del olfato, que detectan la información y la transmiten directamente a los bulbos olfatorios. Estos bulbos olfatorios forman parte del llamado sistema límbico, que se relaciona directamente, sin intervención de estructuras cerebrales superiores,  con el sistema nervioso autónomo (es decir, la parte de nosotros que actúa de forma involuntaria e inconsciente, por ejemplo para respirar). El sistema límbico es la parte más antigua del cerebro humano: según los científicos, nuestra corteza cerebral evolucionó alrededor de él. Está compuesto por varias estructuras cerebrales relacionadas con la memoria, la atención, los instintos sexuales, la personalidad, la conducta y diversas emociones, como el placer y el miedo.

Esa es —en muy resumidas cuentas, por supuesto— la explicación de los efectos que la percepción de los olores produce en nosotros. Por eso, un simple aroma nos arrastra de repente a un recuerdo perdido de la infancia, o nos hace pensar en una vieja novia, o nos pone tristes o resulta un afrodisíaco… o nos hace sentir bien cuando abrimos un libro. ¿Cuánto placer, cuántos buenos momentos están grabados a fuego en nosotros y se reactivan cada vez que se renueva el viejo aroma de las páginas?

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En todo caso, resulta interesante la idea de recorrer el camino inverso al de la editorial Steidl. En vez de traer la fragancia de los libros a la vida cotidiana en forma de perfume para el cuerpo, hacer lo contrario: llevar los aromas de la vida real a los libros. No cualquier aroma, por supuesto, a cada volumen el que le corresponda.

Los libros de Kafka, por ejemplo, deberían oler a humedad de oficina, a tinta de máquina de escribir, a burocracia. Algunos libros de John Steinbeck olerían a sudor y algodón, algunos de Erskine Caldwell a sudor y tabaco. El mar nos entraría por la nariz con Moby Dick. A azufre, obviamente, olería el Infierno del Dante, y a riñones de cerdo a la parrilla y a queso gorgonzola y a tantas cosas más, según el capítulo, el Ulises de Joyce. ¿Habitarían también olores fantasmas la casa de Otra vuelta de tuerca o la Comala de Pedro Páramo? El perfume, de Patrick Süskind, sería un abuso, una desmesura. Los libros de Borges olerían a arrabales de Buenos Aires y a tigres y a laberintos y, en una especie de tautología olfativa, también olerían a biblioteca, a libro.