artículo no publicado

Largo adiós a la Langosta

dedicado a nadie

Al menos hasta que llegara el año próximo, es decir el 2009, no tenía en mente decir nada acerca de los ataques terroristas ocurridos hace siete años, pero resulta que fue precisamente el ahora occiso David Foster Wallace quien, a mi juicio, escribió la mejor crónica del 11 de septiembre de 2001 desde el bungalow de su vecina en la grisácea y dormilona ciudad de Bloomington, Illinois; un sencillo pero especioso relato de cuanto aconteció ese día de infamia en las profundidades de un país inmenso y triste que además tiene poco que ver con la cosmópolis de la costa Este llamada Nueva York.

En la edad de las ruinas virtuales, el cronista es, por fuerza de las circunstancias, un Horacio descreído e irónico.

Ese día, DFW estaba de vuelta en sus viejos territorios, las ciudades hermanas de Normal y Bloomington -a medio camino entre Chicago y St. Louis, Missouri-, para impartir una vez más su curso de escritura creativa en la Universidad Estatal de Illinois. Como nunca hubo televisión en su casa, DFW tuvo que tocar a la puerta de su vecina, la señora Thompson, y presenciar en una diminuta sala la lejana y casi ajena masacre aconteciendo al otro lado del país, en compañía del resto del vecindario: obreros y jubilados la mayoría, algunos propietarios de pequeños negocios y algún veterano de Vietnam, viejo conocido de David. Conozco pocas páginas acerca del Midwest americano tan eficaces como las de Saul Bellow, que ya desde 1957 había encontrado ahí una especie de absoluta monotonía, de soledad y silencio en estado puro cubriendo esa vasta región del país que ciertamente no acaba en el estado de Illinois. Vastas extensiones de sembradíos de maíz que, podrías jurarlo sobre tu propia tumba, no se observan en ninguna otra parte. Gente de campo, cordial y amigable que jamás pasará de una sonrisa fugaz y de un simple saludo. Algunos llaman a sus habitantes la sal de la tierra. En la singular crónica que escribió acerca del 9-11, DFW tocó las fibras del corazón del país: “Para ser sincero, es todo un poco siniestro, sobre todo en pleno verano, cuando no hay nadie en la calle y todo ese verde está ahí afuera asándose de calor.”

No voy a escribir aquí una nota con breves datos biográficos de DFW, mucho menos una cosa estilo obituario que termina con las remembranzas del genio que acabó sus días ahorcándose en su propia casa. Basta decir que pocas veces se quitaba la sempiterna y horrible pañoleta que le cubría la cabeza, y que a la hora de escribir era un auténtico demonio, quizás el último demonio que la literatura gringa nos dará en mucho tiempo. Sus colosales dotes de cronista rivalizaban con las del gigante del periodismo literario estadounidense (o sea global) de los últimos cuarenta años: Norman Mailer. Los escépticos y los cretinos pueden leer en Hablemos de langostas su formidable reportaje sobre el cine porno y sus divertidos fisgoneos en las convenciones de la industria entre pechos turgentes y penes parlantes, o bien su revolucionaria pieza por entregas para Rolling Stone sobre los siete días de campaña que pasó en compañía del “anti-candidato” John McCain, año 2000 —un mundo anterior al que hoy conocemos pero cuyas características y significados DFW atisbó en un texto de casi cien páginas.

Me quedo con las imágenes del camino que hace algunos años hice yo mismo entre Chicago y the Middle of Nowhere en Illinois, quizás cinco o seis horas de triste y monótono camino. En todo caso, a mí me parecieron eternas. Estuve tres días rondando las solitarias y melancólicas calles de Normal, Bloomington y si no mal recuerdo incluso crucé la línea divisoria con Decatur, una ciudad industrial devastada y corroída que me hizo pensar en Dresden o en la Múnich de la posguerra descritas por otro suicida, el sueco Stig Dagerman (Decatur, por cierto, fue el único lugar de la Tierra Prometida en que escuché a más de un trabajador mexicano decir que para estar así de jodidos, mejor preferían volver a su jodido país de origen). Gracias a los buenos oficios de Martin Riker, director asociado de la prestigiosa Dalkey Archive Press que de vez en cuando se deja ver en la FIL de Guadalajara, pude asistir a una recepción en la que un circunspecto David Foster Wallace circulaba sin hablar ni gesticular en exceso. Me quedo por ello con la imagen de un DFW afable y cortés, algo retraído, con la postura típica de quien carga con el peso de la vida (que no de la muerte, esa perra ingrávida) sobre los hombros, un rasgo que como pude darme cuenta, es más o menos común a la gente del Midwest gringo. En esa ocasión, supongo que nadie o muy pocos sabían que el escritor se hallaba en pleno trance de atravesar su propia visible oscuridad y que no viviría para contarlo.

Hace muy poco un amigo y yo hablábamos de las pesadillas que William Styron dejó por escrito en un brillante y conocido ensayito. Yo, que he padecido los embates del maldito black-dog y que sé que en ocasiones no hay remedios ni paliativos químicos que logren aplacar a la pérfida bestia, jamás imaginé —¿cómo y por qué habría podido hacerlo si apenas lo vi una vez?— que justo en estos días de septiembre DFW andaba a la busca de una salida, o al menos de la mejor manera de sobrellevar ese engañoso y esquivo fardo que otro gigante de las letras estadunidenses, William Saroyan, borracho y jugador empedernido, definió así: “el desesperante deseo en el corazón humano de precisión o de muerte, la posesión de todo lo que en el mundo es bello o la total desintegración.”

En el mundo de la Langosta no hay ni hubo belleza. Léanlo. Encontrarán la mejor literatura del siglo de la dislocación y de la precisión de la muerte.

– Bruno H. Piché