artículo no publicado

La verdadera tragedia en París

A mí nadie me lo cuenta: yo lo vi. Durante la semana pasada estuve en París, gracias a una amable invitación del gobierno francés, para dialogar con distintos actores de la vida pública de este país unas semanas antes de la visita a México del presidente Sarkozy. Fue así como, junto con tres colegas periodistas, me encontré, el miércoles pasado, sentado frente al secretario de Economía en el marco de un desayuno organizado por la embajada mexicana en la capital de Francia. Gerardo Ruiz Mateos estaba acompañado de Bruno Ferrari, director de ProMéxico, y la comitiva de ambos. La intención del viaje era continuar con el ambicioso proyecto que encabeza Ferrari para llevar inversión extranjera a tierras mexicanas. El desayuno, mientras tanto, estaba pensado como una oportunidad para que Ruiz Mateos explicara la situación de México a un pequeño grupo de paisanos que viven y trabajan en París. Me consta que la intención original del secretario de Economía era hablar de las cuestiones que le atañen: después de todo, los comensales eran, en su mayoría, hombres de empresa. Pero como le ocurrió al presidente Calderón en Davos, entre mexicanos, la coyuntura pesa mucho más que la prospectiva. Todavía no se habían acabado los chilaquiles cuando Ruiz Mateos ya enfrentaba la primera pregunta sobre seguridad. Y después vino otra más. Al final, nadie le preguntó sobre la relación con inversionistas franceses ni sobre la necesidad de elevar la competitividad de México. Nadie.

Fue en ese contexto que el secretario de Economía se aventó al ruedo —como bien lo explicara Carlos Puig en su columna del sábado— como “un espontáneo”. ¿Exageró Ruiz Mateos? Sí. ¿Podría haber usado otras palabras que comunicaran de manera más sutil y eficaz el mensaje en turno? También. ¿Fue una catástrofe de comunicación política usar la frase del famoso narcopresidente? Quizá. Pero lo que es un hecho es que, más allá de lo que opinen los francotiradores mediáticos, Ruiz Mateos explicó, en Paris, lo que muchos periodistas le hemos escuchado decir (en privado, claro) a un buen número de funcionarios del gobierno federal: la guerra contra el crimen organizado era impostergable, porque México ya tenía dentro un país paralelo: un sistema de gobierno alterno con sus propias reglas fiscales, su sistema de apoyos sociales y, por supuesto, su propio aparato de seguridad. Dicen los que saben que, de habérsele dejado en paz, ese anti-Estado podría haber impuesto sus intereses —y sus candidatos— en los procesos electorales en nuestro país. Por eso, más allá de críticas ociosas a la “sintaxis” del secretario o de sesudas observaciones sobre si “ya se había echado su cafecito en la mañana”, lo cierto es que Ruiz Mateos puso el dedo en la llaga.

No obstante, lo peor de lo ocurrido en París no es la tunda (en gran medida injusta, creo yo) que se ha llevado el titular de Economía. Lo realmente lamentable es que, con la cortina de humo de la discusión sobre seguridad, nuestro país aún no se anima a comenzar la discusión que realmente importa en tiempos de la crisis global: ¿cómo atraer más y mejor capital extranjero a México? En estos tiempos en los que la producción y el consumo están en crisis, y el mercado interno resulta tan fundamental, el debate para elevar la competitividad mexicana es indispensable. Cuando se piensa en atraer empresas internacionales a nuestro país, la pregunta no debería ser: ¿cómo hacemos para disimular nuestros problemas con el crimen organizado? Las cuestiones que de verdad pesan en Francia y en muchos otros países con intenciones de seguir invirtiendo en México son el marco jurídico, las condiciones laborales, los incentivos fiscales y, sobre todo, la urgencia de proseguir con las reformas estructurales. A los franceses no les interesa hablar del Chapo Guzmán o de Los Zetas. Les interesa, por ejemplo, que uno les explique por qué México parece tan reacio a permitir la inversión extranjera en materia energética (tremendo susto se va a llevar Nicolas Sarkozy cuando le hable de inversión en energía nuclear al presidente Calderón). Quien diga que lo que importa en Francia es la guerra contra el narcotráfico y no el ambiente económico y legal para invertir simplemente no ha cruzado palabra con un empresario francés interesado en México. Punto.

Para muestra, un botón. Rumbo al final de nuestra estancia en París, los periodistas invitados a Francia nos reunimos con un importante promotor de inversiones francesas en México y viceversa. Nos platicó la historia de Evo Morales, que justo en estos días daba vueltas por la capital francesa para intentar encontrar una empresa que le ayude a explotar la enormes reservas bolivianas de litio, material fundamental para las baterías recargables que impulsarán los automóviles del mañana. A Morales —que de capitalista tiene lo que Sarkozy de inglés— parecen no importarle los atavismos soberanistas. Lo que le interesa (igual que a Hugo Chávez, por cierto) es aprovechar —con inversiones públicas y privadas, nacionales y extranjeras— la riqueza en materias primas de su país. “¿Por qué México no emula a Evo?”, nos preguntó nuestro anfitrión francés. Sorprendidos por la comparación, preferimos callar. Y eso, y no lo de Ruiz Mateos, es la auténtica lección de lo que viví en Francia: a qué grado es una desgracia escuchar a un inversionista francés referirse a México como un enigma enamorado de sus propios mitos antes que como la tierra de oportunidades que el país debería ser.

- León Krauze