artículo no publicado

La otra cara de la apatía

Uno dice Guillermo Fadanelli y piensa en moho. Basta apenas su nombre para imaginar barrios sucios, personajes violentos, libros extremos. Fadanelli es, según la leyenda, el escritor más oscuro de la literatura mexicana presente y, al mismo tiempo, su mito menos oculto. Todos han visto, al menos una vez, sus camisas estampadas de flores y sus textos salpicados de polvo. Todos han escuchado, también, las etiquetas que acompañan su apellido: realismo sucio y literatura basura. Fadanelli es, por decir algo, un nombre de nueve letras y una firma que incluye, obligadamente, óxido y cerilla. Empieza con una efe y termina, casi siempre, en un balazo o con un escupitajo. Ésa es su leyenda, pero otra es, a veces, su obra. Lodo, su novela más reciente, es una fina travesía filosofante: un profesor viaja por autopistas lejanas a la literatura basura y construye uno de los libros más notables de nuestra última narrativa. Guillermo combate a Fadanelli como la inteligencia al ruido, y triunfa la literatura. Queda la leyenda, despunta el escritor libre de su sombra.
     Esa sombra se desplaza ahora, anacrónicamente, a España. Anagrama ha puesto en circulación dos libros anteriores a Lodo, y con ello Fadanelli se escinde: allá queda el mito, aquí el escritor posterior a esa novela. La otra cara de Rock Hudson y Compraré un rifle son libros anticipables: sucios, violentos, deudores de la leyenda pública de su autor. Ambos contienen al Fadanelli más extremo o, lo que es lo mismo, al más oscuro. Ambos exhiben, asimismo, los atributos de un rebelde culposamente literario. Compraré un rifle, dispareja colección de relatos previamente publicados, está escrita bajo el influjo de Raymond Carver y, en general, de toda la narrativa breve estadounidense. Son cuentos cortos, rápidos, tirados por el apremio de lo inmediato. La otra cara de Rock Hudson es una novela no menos vertiginosa, un producto literario finamente decantado. Un niño conoce a un delincuente y sigue, irreparablemente, su camino. Entre una cosa y otra, los elementos de siempre: la umbrosa ciudad de México, la violencia callejera, la atroz certeza del sinsentido.
     No hay mejor manera de menoscabar a Fadanelli que destacar su realismo sucio. Presúmanse sus atmósferas inmundas y se olvidará lo más significativo. Fadanelli es un autor obsesionado con los bajos fondos, pero eso apenas sorprende en un país adicto al miserabilismo y al melodrama. Lo particular de su obra no es la suciedad sino el vacío, no la sordidez sino la apatía. Acude a los escenarios clásicos del melodrama como quien asiste a un encuentro académico: embriagado por los bostezos. Describe parajes miserables y nunca cede al mal gusto de la denuncia o la simpatía. Sus personajes raramente lloran y frecuentemente matan.
No reivindican nada, entre otras cosas porque ya nada puede ser reivindicado. Lejos de él descansa la obra de su admirado John Fante, atestada de pasiones, y la de Raymond Carver, tensa y angustiante. La suya destaca, contrariamente, por el desierto afectivo y el vacío de significados. Está cerca de esos autores contemporáneos descreídos (Michel Houellebecq, Bret Easton Ellis), convencidos del ocaso de lo humano. Escribe desde el abismo sin pretender fugarse o sellarlo. Nada lo sorprende, nada le simpatiza. Es, gustosamente, nuestro indiferente.
     La apatía se extiende hasta su prosa. Fadanelli no es, definitivamente, un estilista —y no necesita serlo. Su estilo refleja su mundo: es desaliñado, polvoso, indolente. No hay arrojo porque no hay entusiasmo. Tampoco hay sentencias, al revés que en Lodo, porque nada es ya afirmable. Ser estético sería incongruente: todo ha muerto, incluso el arte, sobre todo el arte. Lo que prevalece es una forma convencional, vacía, provechosamente muerta. Sus textos no dependen de sus recursos sino del funeral que sugieren. Son eficaces si iluminan el abismo, si extienden la desidia. Por lo mismo funcionan mejor, a menudo, en extensiones considerables. La apatía, como el tedio, lleva tiempo para ser retratada. Muchos de sus cuentos terminan antes de haberla siquiera sugerido. Lo contrario ocurre con sus novelas, bostezos prolongados: seducen porque el tono ha sido fijado y perdura. Uno anticipa una risa o una lágrima y sólo se atiza el bostezo. Persiste la indiferencia, se extrema la apatía.
     Otro modo de denostar a Fadanelli es exagerar su presunta marginalidad. Se le llama subversivo como si empuñara de modo distinto, acaso ofensivo, la pluma. No es, sin embargo, un marginal y tampoco lo son sus personajes. Quizá no haya protagonistas menos sediciosos en la literatura mexicana que los de La otra cara de Rock Hudson. Ninguno de ellos protesta o se fuga; son todos piezas de la escenografía, tan dóciles como un mueble o una piedra. En vez de romper con su medio, lo llevan irresolublemente dentro. No miran su sociedad desde un margen sino desde el centro mismo. Asesinan como todos y son nihilistas porque no hay ya certezas disponibles. Casi lo mismo ocurre con Fadanelli: es menos marginal de lo que aparenta y eso, en vez de dañarlo, lo favorece. Tampoco él rompe con el medio literario que lo contiene, aunque sí con los bajos fondos que describe. Al escribir sobre ellos adopta, por fuerza, una perspectiva distinta de la de sus habitantes. No es uno más de sus personajes como tampoco, por fortuna, el padre de esa literatura basura que nos venden. Es, sencillamente, un escritor, y no uno cualquiera. Es, entre otras cosas, un realista apático, un retratista de lo posthumano, un maestro de la indiferencia. Eso, y uno de los dos o tres autores esenciales de su generación. ~