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La orquesta impensada

Cateura, una localidad formada al abrigo del mayor vertedero de Asunción, ha ido adquiriendo renombre en los últimos años gracias a la Orquesta de Instrumentos Reciclados. Esta es la historia de cómo una iniciativa para integrar a niños y jóvenes de zonas marginales de Paraguay terminó por llamar la atención internacional. Y del día en que recibieron una invitación de Metallica para que se fueran de gira con ellos.

Un día, la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura recibió un correo que tenía como asunto la palabra “Metallica”. A simple vista, el mensaje parecía un aviso publicitario, un spam, pero no, era otra cosa: una intención clara y sobre todo urgente. Las estrellas del heavy metal invitaban a la agrupación de Cateura a oficiar de artista telonero en su gira 2014 por Sudamérica.

–¿Quién es Metallica? –preguntó entonces Favio Chávez, alma máter y director de Los Reciclados.

Algunos de los integrantes de la banda preguntaron lo mismo. Otros, en cambio, se emocionaron. En rigor, no era la primera vez que Los Reciclados recibían una propuesta importante. A principios de enero de 2014 y a instancias de Ecoembes –organización que coordina el reciclaje y el ecodiseño de los envases en España–, la orquesta se había codeado con la nobleza en un concierto benéfico presidido por la reina Sofía, en Madrid. Días después, había tocado en Ámsterdam, ante una audiencia donde se encontraba la princesa Beatriz. Un mes antes, había recibido el Premio Príncipe Claus, en Holanda, dotado con veinticinco mil euros, por su labor musical e innovadora en el uso de los recursos disponibles. Y antes de eso, había viajado a Estados Unidos y compartido escenario con Megadeth, en un show que el grupo de Dave Mustaine había ofrecido en Broomfield, Colorado. Sin embargo, toda esa experiencia parecía menor al lado de la invitación de Metallica. La banda quería llevarlos de gira. Y eso los tenía atónitos. De tocar ante un máximo de tres mil personas pasarían a tocar ante más de treinta mil.

Chávez dejaba pasar los días cavilando una respuesta, mientras el cuarteto de Los Ángeles empezaba a impacientarse. Para la gira faltaban apenas un par de meses. Si los músicos paraguayos no contestaban por correo, seguro lo harían por teléfono. A través de su productora en Estados Unidos, el grupo de James Hetfield consiguió un número. Del otro lado de la línea, Chávez respondió. Agradeció el interés y la propuesta. Y luego, con el estilo calmo que lo caracteriza, les hizo saber que Los Reciclados eran una orquesta de niños y adolescentes; que su música, hecha a partir de instrumentos elaborados con botes de pintura y cañerías viejas, era de un nivel muy básico; que ellos de metal no sabían nada, en absoluto, por más que hubieran tocado una vez junto a Megadeth. Su métier era lo clásico y folclórico paraguayo.

–Para nosotros sería genial poder acompañarlos –añadió–. Una gran experiencia, un gran desafío, pero nuestra situación es esa y ustedes deben saberlo.

Algo importante que la banda de metal debía saber y que Chávez informó sin titubear era que los jóvenes de Cateura carecían de antecedentes en giras por el estilo y de aceptar la propuesta necesitarían acompañamiento. En todo momento. Para resolver la logística, la producción técnica, la gestión de visas, en los casos en que las visas fueran un requisito. Los chicos no tenían experiencia ni tiempo para manejar esos asuntos por sí solos.

–¿Entienden? –dijo Chávez, más retórico que dramático.

Y los norteamericanos asintieron.

Desde el momento en que dio el “sí”, la agrupación paraguaya se puso a trabajar. Innovaría por primera vez en algunos instrumentos –una batería más acorde al género metalero y una guitarra eléctrica–, y adaptaría su repertorio de música clásica y folclórica a sonidos más rockeros. Un cover de Apocalyptica, otro de Metallica, el tema de Game of thrones, “Carmina burana”, la “Quinta sinfonía”, “The recycled concert”. Media hora en cada ciudad. Seis temas en total. Eso era todo, pero había que hacerlo.

Abrir un show –ser el artista telonero o soporte– nunca es tarea sencilla. Cuando al espectáculo lo encabeza un gigante, la tarea resulta menos sencilla todavía. Cuando el gigante es Metallica, hay que preocuparse. El propio James Hetfield lo había anticipado: “El público solo quiere ver a Metallica y, si el soporte no está a la altura de las circunstancias, es probable que corra peligro. De que le den literalmente la espalda, por ejemplo. Como ocurrió una vez.”

O que le pase, quizá, lo que a Luis Alberto Spinetta, uno de los máximos referentes del rock en Argentina. En febrero de 1989, cuando el “Flaco” abría como soporte el primer recital que Rod Stewart daba en Buenos Aires, le tiraron monedas como si fueran limosnas.

Y es que, según la mitología rockera, al artista telonero le corresponde el peor lugar. “Que nadie se ofenda –escribió el periodista Javier Aguirre en el diario argentino Página 12–, pero sobre esto abundan los argumentos: en un concierto, el invitado toca muy temprano; no le permiten probar sonido; el tiempo para su set resulta ínfimo; puede ser blanco de hostilidades por parte de los espectadores e incluso pueden pedirle que les aseguren una venta mínima de entradas, cosa que se traduce en la pérfida idea de pagar para tocar.”

Hay, desde luego, casos excepcionales. Pero aun así la respuesta del público es siempre impredecible. Los jóvenes de Cateura lo sabían bien y antes de empezar la gira estaban no solo expectantes sino también ansiosos.

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En 2006, el aficionado a la música e ingeniero ambiental Favio Chávez –con 31 años, procedente de la localidad de Carapeguá– llegaba a Cateura, el principal vertedero de la capital paraguaya, para llevar adelante un programa –Procicla– destinado a la formación de los habitantes de la zona en la separación y reciclado de residuos, que no eran ni siguen siendo pocos: Cateura recibe a diario la basura de Asunción y los municipios del área metropolitana, en total unas ochocientas toneladas. A esa iniciativa, Chávez no tardó en sumarle otra: la introducción de clases de música, a su cargo y con fines meramente lúdicos. Enseguida los interesados se multiplicaron y los instrumentos disponibles empezaron a escasear. Pero en el camino apareció Nicolás Gómez –alias Colá–, un lutier del lugar capaz de transformar lo inservible en un violín, un chelo, una guitarra. Y el resto, si bien no se hizo solo, encontró el cauce propicio que le permitió prosperar.

Ocho años después la Orquesta de Instrumentos Reciclados reúne a unos ciento sesenta jóvenes que, agrupados en conjuntos de veintidós miembros, ofrecen espectáculos dentro y fuera del país. La mayoría nació en la comunidad de Cateura o en los alrededores, y sus familias viven de lo que viven casi todos: de hurgar en la basura y vender lo que encuentren de valor. Además de eso, en la actualidad hay padres que se dedican a administrar los recursos de la orquesta y ayudan a los lugareños a través de la recién creada Asociación Armonía de Cateura.

Para describir la comunidad, ubicada a seis kilómetros de Asunción y a cuyo alrededor se alza el vertedero, uno debe recurrir a frases y términos como agua estancada, habitáculos de chapa y hule, inmundicia, chatarra. Cateura no es, en opinión del profesor Chávez, un lugar para tener un violín –de hecho un violín cuesta más que una casa–. No obstante, gracias a su empeño y al de muchos otros, en las casas de la localidad –donde viven unas veinticinco mil personas– hoy se tienen violines y otros instrumentos musicales.

En la vivienda de Andrés Riveros –diecinueve años, saxofonista tenor y estudiante de administración de empresas– hay al menos un saxofón. El caso de Riveros es más o menos similar al de todos: vive con sus padres y sus dos hermanas –que, como él, forman parte de la banda– y estudia, gracias a los recursos de la orquesta, en la Universidad Autónoma de Asunción. Recuerda que se inició en la música alentado por una vecina: tocar un instrumento era mejor opción que callejear y ella misma se ocupó de inscribirlo a él y a otros niños en la recién inaugurada escuela de música de Cateura. Al principio, el futuro saxofonista empezó tomando clases de guitarra, pero luego de un intervalo en que abandonó el asunto prefirió el saxofón.

–El mío –dice– está hecho de caño galvanizado.

El caño galvanizado es, en palabras fáciles, la canaleta por donde pasa el agua de las casas. Entre las llaves del saxo, hay restos de cubiertos, latas de aceite, de arvejas, de choclo. Las piezas se ensamblan con cobre fundido, que es el material comúnmente empleado en la fabricación de cualquier instrumento. De ese ensamble se ocupa hoy Tito Romero, el lutier de los vientos, el que acompaña en la majestuosa tarea a Nicolás Gómez.

–Me siento demasiado feliz cuando veo a un niño tocar un violín reciclado –dice, en el avance del documental Landfill harmonic, Gómez, el ganchero* que devino en lutier y que hoy compone desperdicios (tenedores, cucharas, monedas, asaderas de sopa paraguaya) para transformarlos en instrumentos de cuerda para la orquesta.

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En una sala del sexto piso del Hotel nh City de Buenos Aires, veintidós músicos (de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura) afinan saxofones, contrabajos, violas, flautas y violines, antes de iniciar el último ensayo de la gira Metallica by request que hace trece días empezó en Bogotá, siguió en Quito, Lima, Asunción, Santiago y que hoy está a punto de terminar, en el Estadio Único de La Plata, en Argentina. Son las nueve de la mañana del 29 de marzo de 2014 y nadie diría que acá, en este miniestudio improvisado, alguien pueda estar sacando melodías de latas de dulce y bidones de pintura. Nadie, salvo ellos, los veintidós músicos que cada sábado como hoy se reúnen bien temprano en la escuela de música de Cateura y practican hasta el mediodía. O a lo mejor no, ni siquiera ellos, que aún no salen del asombro, serían capaces de decirlo. Asombro y nudos en la garganta, dicen que sienten, ante esta gira que la suerte acaba de ofrecerles.

Thomas Lecourt –veintiséis años, voluntario francés en Paraguay, saxofonista e instructor en la escuela de música de Cateura– hace memoria de lo sucedido en Lima y dice que fue impresionante.

–A pesar de las normas de seguridad que son muy estrictas y de la cantidad de gente que está pendiente de él, James Hetfield se hizo su tiempo para vernos y se nos apareció en el camerino. Nos dijo que admiraba lo que hacíamos y que estaba muy sorprendido por cómo nos habían ovacionado.

Después de elogiar sus instrumentos y bromear un rato con los jóvenes –Lecourt y Paulo Lezcano, el baterista, hicieron de traductores–, el líder de Metallica probó la guitarra eléctrica de sus teloneros –una tabla para picar carne y un mango encontrado en la calle– y les pidió permiso para fotografiarse con ellos.

Tener talento no es solo convertir álbumes en hits de ventas ni conmover durante más de tres décadas a los públicos del mundo: es también descubrir y alentar el talento ajeno. Marcio Weber –violinista, carapegüeño y apocado– cuenta que fue muy emocionante tocar por primera vez “Nothing else matters” (una balada que Hetfield escribió para una antigua novia) ante los fans de la banda, en Bogotá. Que la respuesta de los cerca de 35 mil concurrentes lo sorprendió, a pesar de la lluvia torrencial que casi ahoga la apertura del show. Después, sin estridencias de ningún tipo, dice que Hetfield le regaló su plumilla para tocar guitarra. Era la medianoche del 19 de marzo, el día en que el carapegüeño cumplía veintidós años, y estaban en Quito. A pedido de los miembros de Metallica, la agrupación paraguaya había observado el concierto desde los laterales del escenario, había pasado al frente y coreado junto a sus anfitriones “Creeping death”. Cuando todo terminó, Hetfield se acercó a Weber, le dijo “Happy birthday” y le dio el obsequio.

–Ya puedo morir en paz –confiesa el joven, quien piensa guardar la plumilla bajo llave, en su casa de la pequeña localidad de Carapeguá, desde donde viaja (durante tres horas en ómnibus) a Cateura, con el único propósito de ensayar.

Ensayar es lo que el grupo no deja de hacer nunca. Por más que el balance de los cinco conciertos da un saldo que a esta altura podría relajar a cualquiera, el tour aún no ha terminado y ellos siguen –seguirán– repasando “Carmina burana”, la “Quinta sinfonía”, “The recycled concert”, “Quutamo”, “Nothing else matters” y el tema de Game of thrones. En esta sala de un hotel céntrico de Buenos Aires. Hasta que den las doce y vengan a buscarlos. Y plieguen atriles, embalen contrabajos, enfunden violas, violines, varas, y partan hacia el Estadio Único de La Plata donde, después del almuerzo, probarán sonido, se vestirán de negro, recibirán otra vez la visita relámpago de Hetfield, antes de que den las ocho y suban al escenario para el primer show de los dos previstos en Argentina.

“Culminó la gira con Metallica –escribiría en su perfil de Facebook, días después, Tadeo Rotela, veintisiete años, contrabajista de Los Reciclados–. Balance más que positivo. Un mes de planificación, quince días de intensas actividades, siete conciertos, seis países, un auditorio de trescientas mil personas. Veintidós integrantes participaron en el tour, sesenta músicos se presentaron en Asunción. Los recursos generados permitirán mantener por un año la escuela de música de Cateura, donde estudian más de ciento sesenta niños y jóvenes de la comunidad. El grupo humano de la orquesta se ha traído como mejor premio el cariño y el afecto de quienes lo han apadrinado en esta aventura increíble: James Hetfield, Lars Ulrich, Robert Trujillo, Kirk Hammett: Metallica. Lo único que resta decir, ¡gracias!”

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La función de un director de orquesta consiste, en resumen, en coordinar los distintos instrumentos que componen un equipo orquestal. El trabajo más pesado es el de los ensayos, que suelen tomar horas, semanas, meses incluso, y que exigen, de quien está a cargo, entrenamiento, además de paciencia. Antes de la presentación de una obra, el grupo debe prepararse y la responsabilidad de la preparación recae básicamente en la figura del director. Favio Chávez lo sabe y cumple a destajo un papel que inició hace ocho años sin sospechar que lo llevaría tan lejos. En 2013, a Japón, por ejemplo, o a participar, junto a su orquesta, en Ultima, el festival de música contemporánea más grande de Escandinavia. Gracias a su ingenio y perseverancia, la orquesta a su cargo pisó el continente asiático. La labor musical, ambiental y social de los jóvenes inspiró al músico noruego Jon Balke, quien después de visitar Cateura, compuso, en homenaje a los paraguayos, “Alquimia”, obra que estrenó cuando el grupo viajó a Oslo, una de las ciudades con la mejor gestión de residuos y en donde la basura ha pasado de ser un problema a una commodity que transforman en energía.

Por sus características particulares –materiales y hechura de sus instrumentos, tipo de música y objetivos ambientales y sociales que persigue–, el grupo entero sabe que la orquesta es única en su tipo a nivel mundial. También es consciente de que ha puesto el nombre de Paraguay y el de su comunidad, Cateura, ante los ojos del mundo (una rápida búsqueda de la palabra Cateura en Google arroja de inmediato videos de la banda). Sobran motivos para que los músicos se sientan orgullosos. Pero aun así, con razones de sobra, están lejos de hacer alarde. Reconocen que el trabajo no termina con la última actuación, sino que recién empieza.

Meses después de la gira con Metallica y a pocas semanas de haber vuelto a la escena internacional –luego de las inundaciones que, en pleno invierno, afectaron al vertedero y retuvieron a Los Reciclados en su país–, los jóvenes de Cateura se enteraron: el programa estadounidense 60 Minutes de la cadena de televisión cbs había ganado un premio Emmy por el reportaje “The Recyclers: From trash comes triumph” (“Los Reciclados: de la basura llega el triunfo”), emitido inicialmente en 2013. Para los músicos, la noticia fue una sorpresa y un alegrón en medio de una agenda apretada. Corría octubre y Thomas Lecourt me lo contaba por teléfono desde Paraguay. Para lo que restaba del año, los guaraníes tenían varios compromisos: un viaje a Cambridge, donde tocarían en el marco de la inauguración de la nueva sede de Education First, una firma internacional que se ocupa de la enseñanza de idiomas en el extranjero; otro viaje a Los Ángeles para participar en el Hollywood Film Festival, a propósito de la exhibición del avance del documental Landfill harmonic, de Brad Allgood y Graham Townsley, que cuenta la historia y el inédito trabajo de la orquesta; tenían en agenda conciertos en Europa: en Ginebra, Madrid, Bilbao, Barcelona. Aquella vez –la última que hablé por teléfono con Lecourt–, en Cateura era un día tórrido, de esos que recalientan casuchas y pilas de basura, y los músicos se disponían a ensayar, como acaso estén haciendo ahora cuando las invitaciones siguen reclamándolos. En ese momento el acontecimiento que más esperaban era el Festival sxsw, en Austin, Texas, del 13 al 21 de marzo, en el que se estrenó Landfill harmonic. El documental lleva como eslogan una idea del profesor Favio Chávez: “El mundo nos manda basura, nosotros le devolvemos música.” ~

 

 

 

 

 

 


*El ganchero es el trabajador que, usando un gancho, caza al vuelo las bolsas de basura que caen de los camiones.