artículo no publicado

La orgía vegetal

Hay una literatura erótica involuntaria, escrita por apóstoles de la decencia que al condenar con severidad los placeres prohibidos, no pueden ocultar cuánto les fascina imaginarlos. Apóstol de la normalidad, Émile Zola repudiaba a las libertinas otoñales, a los adúlteros, a los homosexuales, a los adolescentes precoces, pero de tanto hurgar en esos pantanos terminaba haciéndoles una magnífica propaganda indirecta. Los historiadores de la literatura erótica no le han hecho la justicia que se merece, pues si bien pecó de mojigato, condenaba las pasiones réprobas con un frenesí de inquisidor tentado por Satanás que lo catapultó a las mayores alturas del género. Gracias al convenio tácito que había establecido con sus lectores (finjamos escandalizarnos de las depravaciones para poder disfrutarlas sin culpa) escribió candentes apologías de la perversidad disfrazadas de sermones laicos. Siglos atrás, Fernando de Rojas, el gran precursor de la novela naturalista, había empleado la misma treta para hacerse perdonar el tremendismo sexual de La Celestina: “Narrar lo lascivo [...] es la muestra por donde se vende la honesta labor”, escribió en el epílogo de la tragicomedia. La diferencia es que Zola sí se creía su coartada y libraba una enconada lucha interior entre sus principios éticos y su poderosa imaginación erótica. De ese choque de fuerzas brotaba una energía libidinal inalcanzable para un escritor descaradamente procaz.

En La ralea, quizá la más ardiente de sus novelas regañonas, revistió con atributos monstruosos la enfermiza pasión de Renata, una guapa y andrógina dama de sociedad, enamorada de Máximo, su afeminado y vicioso hijastro, a quien le lleva diez años de edad. Envilecidos por la opulencia, ambos han llegado a un grado de resequedad espiritual en el que necesitan con urgencia el estímulo de un vicio nuevo. Tras haber descrito con lujo de detalle el fastuoso invernadero de la mansión familiar, lleno de plantas exóticas, entremezcladas en voluptuosa anarquía, Zola sitúa en ese reducto maligno el incestuoso idilio de la pareja:

Máximo y Renata, con sus sentidos extraviados, se creían transportados a aquellas gigantescas bodas de la tierra. El suelo les quemaba la espalda, a través de la piel de oso, y las palmeras dejaban caer sobre ellos gotas de calor. La savia que ascendía por los troncos de los árboles los penetraba también, infundiéndoles unos locos anhelos de crecimiento inmediato, de reproducción gigantesca [...] En medio de la pálida luz, asistían despaciosamente a los amores de las palmeras y de los helechos, los follajes tomaban apariencias confusas y equívocas, que sus deseos plasmaban en imágenes sensuales; murmullos, cuchicheos, llegaban hasta ellos provenientes de los macizos de flores, voces desfallecientes, suspiros de éxtasis.

Zola publicó La ralea en 1871. Veinte años después, la decoración art nouveau industrializó la orgía vegetal insinuada en su novela. El entrelazamiento de las plantas con los cuerpos humanos se convirtió en un juego más o menos infantil y exento de malicia. Hasta cierto punto, el modernismo decorativo trivializó lo que en la novela de Zola era un pecado contra natura. Sin embargo, en las postrimerías de la belle époque, el tópico de la vegetación lúbrica, la ambición de rebasar los límites del cuerpo, recupera su embrujo en “La cena”, el gran cuento fantástico de Alfonso Reyes, cuyo protagonista, invitado a la sombría mansión de dos misteriosas desconocidas, escucha en duermevela una especie de conjuro obsceno: “creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello”. Ensoñación juvenil en la que se difuminan los contornos entre la realidad y las apariencias, entre la savia y la sangre, o entre los cuerpos y sus sombras, el encanto de esta pesadilla mórbida reside no en la irrupción de lo sobrenatural sino en la percepción distorsionada del protagonista, como si el presentimiento del placer que lo arrastra a la cena tuviera la propiedad alucinatoria del opio. En manos de Reyes, las flores lascivas y los tallos voraces arrancados al invernadero de Zola no pretenden horrorizar al lector: lo incitan a reconocer que el deseo y el sueño son brazos del mismo río. ~