artículo no publicado

La gran mutación

De los libros contemporáneos que procuro leer para no sobrevivirme como anticuario y evadir el destino del oficinista de la conmemoración literaria, recomiendo, por si interesa, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (Anagrama, 2008) de Alessandro Baricco. El conocido novelista turinés también es un historiador de la música clásica, un crítico educado en Beethoven y en Rossini y en la Escuela de Viena. Es el dueño de una perspectiva que se antoja compartir: no permite que la estupefacción se transforme en melancolía.

Desde Next (2002), su panfleto sobre la globalización, Baricco sabe situarse al margen del tono indignado y medita, como ensayista, en la debilidad, antes que en la fuerza, de la posición propia. Desde el lugar del periodista–filósofo (Los bárbaros son una serie de artículos aparecidos en La Repubblica en 2006), Baricco asume que el mundo en verdad se trastornó en el curso de los últimos años del siglo XX. El sentido de esa metamorfosis es lo que resume Baricco en Los bárbaros, buscando, como el viejo Baudelaire cuando se graduaba entre los bautistas de la modernidad, “el punto de apoyo en que una civilización rota sobre sí misma.”

Baricco ejemplifica la gran mutación con el vino, el futbol y los libros. Yo no hubiera ido tan lejos. Me habría bastado con comparar los artilugios con los que escribo este artículo con los que utilizaba hasta bien entrados los años noventa, misoneísta que fui: máquina de escribir más mecánica que eléctrica, papel carbón (dado de alta en varios museos como antigualla soviética), papelitos Korex para borrar y en vez de internet, la radio sintonizando Formato 21. Ir a la papelería y hacer cola para el fax. En fin: no quiero deprimirlos.

Afirma Baricco (nacido en 1958) que al inventor del vino californiano le bastó con asemejarlo (y con comercializar ese parecido) a los viejos vinos europeos para convertir a millones de filisteos en catadores. Dice, también, hablando de futbol que practicarlo sin líbero y sin 10 y con Roberto Baggio en la banca, es algo más que una herejía digna de estudio. Ante los libros, agrega, no basta con quejarse de que ya nadie lee y al mismo tiempo, condenar a los editores y a los escritores por enriquecerse sin escrúpulos, gracias, me imagino, a que nunca se habían vendido tantos libros en la historia de la humanidad. En cuanto a la novela, la mutación la observa Baricco, por primera vez, en El nombre de la rosa (1980), de Umberto Eco: algo que se parecía a la literatura pero ya no lo era. Y hablando de los nuevos bárbaros, hablando como antiguo que es, no resiste hacer la cita de Walter Benjamin como oráculo lo que equivale, para un moderno estudiando la posmodernidad (aunque Baricco no usa la palabreja), a soltar un ave maría.

Lo más interesante en Los bárbaros es su caracterización de los actuales dueños del mundo, los usuarios de Google. Esos seres, empollados en Silicon Valley por Larry Page y Sergey Brin, cuando este par de jóvenes tramaron el servidor de servidores, son distintos al letrado (a cualquiera que se servía de la lectura y la escritura) de ayer y de antier. Aquel bello ensayo de George Steiner en que analiza al “filósofo” de Chardin que lee un libro armado de papel y tinta para anotarlo, es algo más que la exégesis de un cuadro de la Ilustración. Es más remoto aún ya. El nuevo bárbaro, dice Baricco, es el hijo del vecino, enviando, al mismo tiempo mensajes SMS, chateando, escuchando el iPod y navegando en Google. No sabemos, los antiguos, si estamos ante un nuevo tipo de genio o un nuevo tipo de idiota. Con toda probabilidad, se me ocurre, es sólo un hombre común cuya fanfarria nadie se atreve todavía a entonar.

Los nuevos bárbaros, leemos en el libro de Baricco, son nómadas que no destruyen sino colonizan, roban, se apropian de todo y se van. Lo que no les sirve –como la música clásica– simplemente lo abandonan. No se da baños de pureza el escritor italiano: nos recuerda que “ese depósito de sentido” que fue la Novena Sinfonía para la civilización burguesa fue tachada de superflua, malamente excitante, perniciosa y comercial por los críticos musicales de su época, antes de que se impusiera el romanticismo. Pero quizá la principal herencia de Beethoven sea la duración de los CD, calculada –promedio 62 minutos 56 segundos– para que cupiera la más famosa de las sinfonías. Más lejos se va Baricco y nos dice que los héroes homéricos, tal cual fueron sintetizados y plasmados por Homero, se parecen más a los enanos de Monty Python viajando por el tiempo que a las estatuas neoclásicas.

Pero la prudencia y la autocrítica con la que procede Baricco antes de calificar a los nuevos bárbaros, de atreverse a hacerlo, no quita dolor ni asombro a sus atisbos. Para ellos, “nuestro viejo mundo” es un vertedero de ruinas con las que no se visten, sino con las que se tapan y si, acaso, se arreglan. Estos seres se prohíben las ideas, huyen de la profundidad y del esfuerzo e ignoran las virtudes mayéuticas del aburrimiento. Por donde se le vea, la red es superficial, infinitamente superficial.

Baricco, una especie de gacela que se mueve con sagacidad entre los nuevos bárbaros, según dijo Claudio Magris, les reconoce no poca sabiduría. Son así –y aquí entramos en honduras– porque intuyen que la profundidad de sus padres, su confianza en las verdades absolutas, religiosas e ideológicas, los llevó al desastre. Sus padres son los errores y las ilusiones del siglo XX. El cuento ya ha sido contado: el camino que lleva a Schoenberg también puede llevarnos al nazismo. Más aún, Baricco se pregunta si la vanguardia, al soñar con que el cartero silbara La noche transfigurada camino del trabajo, no constituyó el fracaso burgués más estruendoso.

Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación concluye con una reflexión sobre la gran muralla china, que sigue, naturalmente, a la de Kafka. Desde ese punto –frontera mental– hay que abandonar cualquier paradigma del choque de las civilizaciones y aceptar la mutación sin renunciar a que conserve la huella de nuestros pasos. Así concluye Alessandro Barrico su elocuente descripción del mundo.

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)