artículo no publicado

La CNTE y el fatalismo como táctica

Ahora la CNTE parece indiferente a la antipatía popular que sus acciones despiertan.  ¿Por qué ese fatalismo como táctica política? ¿Es la impotencia de los más débiles o la soberbia del poder? 

El desastre actual de la política educativa mexicana está reflejado en un pequeño detalle muy revelador: muchos amigos míos con sólidas convicciones de izquierda tienen a sus hijos en escuelas privadas. Compañeros y compañeras que defendieron a capa y espada la gratuidad de la educación superior en 1999 han preferido pagar, en algunos casos sumas considerables, antes de condenar a sus hijos a la mediocridad de las escuelas primarias y secundarias públicas. Otros más hemos permanecido en el sistema público, pero hemos movido cielo, mar y tierra para conseguirles a nuestros hijos uno de los preciados lugares en escuelas de excelencia o con programas piloto con probados resultados positivos, determinados bajo los mismos criterios “eficientistas” que hoy aparecen como inaceptables en la propuesta de reforma educativa del gobierno. No nos resignamos a enviar simplemente a nuestros hijos a la escuela pública más cercana a la casa por temor a que caigan en el círculo vicioso de la mala educación y falta de oportunidades. El hecho es que la gran mayoría de los mexicanos no tiene esas opciones y debe contentarse con lo que hay, a veces tan solo un jacal habilitado como escuela a kilómetros de distancia. Si consideramos que el sistema educativo mexicano en su conjunto es un mecanismo que apuntala y perpetua la desigualdad social, uno pensaría entonces que la izquierda es el espacio idóneo para construir modelos educativos alternativos, con énfasis en la nivelación de oportunidades para los niños y niñas que provienen de los sectores más desfavorecidos.

Históricamente ese había sido el caso. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) surgió en parte con ese objetivo en 1979. No es casualidad que los primeros grupos organizados como corrientes autónomas dentro de las secciones del SNTE provinieran de estados con alta marginación social, como Chiapas y Oaxaca. En ese entonces, algunos activistas equipararon la demanda de democracia sindical, que dio origen al movimiento disidente, con la posibilidad de desarrollar, sin los arneses de la corrupta burocracia sindical, modelos educativos críticos inspirados en filosofías pedagógicas de avanzada, como el famoso enfoque Reggio-Emilia de empoderamiento infantil en el aula y participación comunitaria en el proceso educativo.

Pero esa CNTE, la CNTE histórica que inspiró uno de los primeros estudios de caso bajo el concepto de “sindicalismo de movimiento social”*, no necesariamente es la misma CNTE que se manifiesta en las calles de la ciudad de México en agosto de 2013. Desde su surgimiento hace 34 años, la CNTE ha tenido periodos de ascenso durante los cuales les arrebató comités seccionales a las dirigencias oficialistas nacionales, tuvo también momentos de repliegue, y luego acabó enfrascada en una guerra de trincheras con el SNTE en el que el frente de batalla de mueve poco, cada grupo conserva los comités secciones en su poder y la correlación de fuerzas entre oficialistas y “democráticos” al interior de secciones en disputa se mantiene más o menos estable.

Lo que sus simpatizantes de izquierda olvidan es que, dependiendo de la región, la CNTE es oposición o dirigencia sindical, aliada o adversaria de los gobiernos estatales, crítica o copartícipe de los problemas educativos locales. La sección 22 de Oaxaca, por ejemplo, no es simplemente una sección “disidente” en la entidad, es el sindicato magisterial en el estado, corresponsable de la política educativa oaxaqueña dada la enorme influencia que ejerce sobre el gobierno local. De esta diversidad de condiciones particulares se deriva una compleja matriz de razones para la protesta, propuestas de reforma y decisiones tácticas.

Previsiblemente, esta complejidad es por completo ignorada en la patética caricatura que pintan los grandes medios informativos del movimiento magisterial. Sin embargo, dicha complejidad también se pasa por alto entre los simpatizantes de izquierda que no osan tocar a la CNTE ni con el pétalo de una crítica. Frente al linchamiento mediático contra la CNTE, sus defensores a ultranza han optado por renunciar al análisis y abordar la cuestión desde una óptica francamente fatalista que ignora el libre albedrío de los profesores en lucha en el actual conflicto. Por ejemplo, según Lorenzo Meyer, la presión política que necesitaba aplicar la CNTE para ser escuchada no se habría podido realizar “de ninguna otra manera” (aquí, a partir de 11:40) más que a través de las graves afectaciones a la ciudadanía. Para los editorialistas de Proceso, el colapso de las simpatías por la CNTE entre los capitalinos es el fruto exclusivo de un “manual mediático para inducir al odio”. Y en la opinión del diputado Ricardo Monreal, pieza a pieza se ha venido montando el escenario para una represión tipo “Atencazo” contra los maestros. El problema con estas visiones deterministas es que no nos permiten ni siquiera plantearnos las preguntas necesarias para entender el conflicto magisterial, entre ellas una que a mí me parece aún un enigma impenetrable, ¿por qué los maestros en lucha renuncian a establecer un vínculo con la ciudadanía capitalina para dar a conocer las razones de su lucha y tratar de por lo menos atenuar la natural respuesta negativa ante tales tácticas como los bloqueos viales?

Si uno invierte los términos de la ecuación y aleja la vista de los medios para centrarla en la propia CNTE, saltan a la vista varias cosas. La organización no tiene un sitio web ni cuentas propias en las redes sociales. Si uno quiere enterarse de su propuesta educativa debe armar el rompecabezas pacientemente a través de varios blogs informales que no se actualizan desde hace meses.  En los espacios cuyas puertas han tenido abiertas de par en par, como el noticiero de Carmen Aristegui, y en los que les arrebatan a otros medios, no terminan de articular un mensaje a la ciudadanía directamente afectada por sus medidas de protesta.

A diferencia de las grandes movilizaciones de 1988-89 contra Carlos Jonguitud Barrios, cuando la hábil campaña de concientización ciudadana puso a los padres de familia en la primera línea de defensa de los maestros paristas, ahora la CNTE parece indiferente a la antipatía popular que sus acciones despiertan. ¿Por qué ese fatalismo como táctica política? ¿Es la impotencia de los más débiles o la soberbia del poder? 

 

*María Elena Cook, Organizing Dissent: Unions, the State, and the Democratic Teacher’s Movement in Mexico, Penn State Press, 1996.