artículo no publicado

“Iranavaja cuchimirada…”

La rutinaria exposición a la violencia ha generado una saturación de la capacidad de horrorizarse. 

 

Estamos horrorizados por la violencia, un horror tan cotidiano y persistente que ha generado uno paralelo, de otra índole: la saturación de la capacidad de horrorizarse ante sus estragos, una especie de insensibilización ante el espanto a fuerza de hacerlo rutinario, una banalización del horror.

La capacidad de indignación se anestesia por mecanismos de defensa emocional que no por comprensibles, supongo, dejan de acusar una pasmosa capacidad de adaptación al miedo. Una que atizan nuestra secular desconfianza en la justicia y nuestro desdén al poder judicial, esa maquinaria oxidada con la que tenemos contratado el círculo vicioso que intercambia ineficiencia por resignación.

Imagino –estoy lejos de ser un científico social--  que también pesarán en el asunto factores culturales. La convivencia con formas cotidianas de brutalidad doméstica, por ejemplo, deberán ofuscar la elemental noción de lo bueno y lo malo. Me sigue escandalizando que, según el INEGI, el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), dos de cada tres mujeres mayores de 15 años han sido víctimas de violencia en sus hogares (datos de 2006; habrán empeorado). ¿Debe extrañarnos que esa propedéutica de la violencia se convierta luego en bullying en las escuelas y mobbing en los centros de trabajo? Así las cosas, puede suponerse que un alto porcentaje de la población mexicana crece con una idea profundamente destartalada de la moralidad y una noción muy relativa del civismo.

El traslado de la barbarie física y moral a la vida fuera de los “hogares”, predeciblemente, se traduce en un hondo menosprecio de las normas básicas de convivencia social y en un variado catálogo de complejos de superioridad y/o inferioridad: la exaltación del machismo, el dominio del más fuerte, la exhibición de la impunidad, la ostentación de invulnerabilidades reales o imaginarias, la baladronada tompeatera, la agresividad compulsiva, el sadismo hacia los débiles, la justicia por propia mano, la tendencia a formar pandillas o grupos de excepcionalidad. Millones de víctimas –sobre todo mujeres y niños-- que pierden, todos los días, su propia guerra privada.

El lugar común propone que “lo mejor de México es su gente” (63 mil resultados en google). No lo creo más. No sólo es ya la petrificación de una mentira compensatoria: es obstinarse en una ceguera práctica, una forma de no cargar con la insoportable conciencia de nuestros defectos y errores y, por ende, una manera de posponer la crítica y propiciar cambios positivos.

Otra forma de ceguera utilitaria es el tradicional traslado de la “culpa” de la violencia a los otros, y, en especial, a la autoridad. Más allá de la utilidad política que pueda haber en, por ejemplo, acusar al expresidente Calderón de, prácticamente, haber propiciado el asesinato de miles, blanquearse la conciencia negándose a acatar la naturaleza sistémica de la violencia a la mexicana --en la casa, en la calle, en las escuelas, en los medios, en la dizque música popular, en “religiones” como la Santa Muerte-- conduce a solapar sus causas endémicas, relativizar la culpa de los criminales, fomentar la impunidad. Declarar a Calderón culpable de insultar a las víctimas de la violencia será más sencillo y útil que desentrañar las razones de la violencia y actuar contra ellas.

“Iranavaja cuchimirada / sobre un país de espinas y de púas”, escribe un irritado Octavio Paz en su terrible poema “Petrificada petrificante”. Termina diciendo que los mexicanos, todos, “Hemos desenterrado la ira” y hemos convertido nuestro país en un muladar.

No hay inocentes. 

 

(Publicado previamente en El Universal)

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