artículo no publicado

Inmortales y pobres presentaciones de libros

¿Qué es de la presentación de un libro si nadie asiste a ella? 

 

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Tarde madrileña. Termino mi jornada laboral y no tengo planes. Consulto la agenda cultural y veo que en el Centro de Arte Moderno (CAM, una pequeña galería de arte / librería / editorial que llevan unos argentinos) se presenta el libro La poesía inmortal y pobre de Borges: Urdiendo reflexiones sobre su obra poética tardía, de Andrés Fisher. La presentación estará a cargo del autor, del poeta Juan Soros y del director del CAM, Claudio Pérez Míguez. Puede estar bien, me digo. Allí voy.

Llego 20 minutos tarde. Imagino que me quedaré en el fondo, detrás de todos, miraré, escucharé y, al terminar, saldré entre los primeros. Total, nadie me conoce… Pero cuando arribo, no hay nadie. Pregunto y me dicen que el acto aún no ha empezado. Poco después comprendo que las tres personas que vi afuera, conversando en la vereda, son los únicos asistentes.

La presentación empieza 45 minutos después de la hora anunciada, cuando por fin se convencen de que nadie más vendrá. De las tres personas que charlaban afuera, uno es Fisher, el autor, otro Soros, el presentador, y el tercero, sí: un espectador. Se incorpora Pérez Míguez, como presentador. Y yo. Somos cinco en el sótano del CAM: el auditorio es más reducido que el panel expositor, que diserta un rato sobre Borges y sus últimos libros de poemas.

 

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Alejandro Dolina reflexionó alguna vez acerca de cómo se modificaron las presentaciones de libros, que fueron en su origen reuniones de amigos que saludaban al autor y a los editores. “Los meros amigos fueron reemplazados por charlistas profesionales o por actores o por músicos —escribió Dolina en sus Crónicas del Ángel Gris—. Aparecieron directores que gestaron puestas en escena para mayor lucimiento de estos actos. Hoy podemos decir que presentar un libro es en sí mismo un hecho artístico que podríamos considerar como perteneciente a un género, un género que tiene sus reglas, sus códigos, sus tradiciones, su canon. Incluso puede decirse que muchos escritores son más diestros en presentar sus libros que en escribirlos. Llegan a un punto de sus carreras en que descubren que su verdadera vocación está en la presentación de libros, y que las novelas, las poesías y los cuentos no habían sido sino un paso previo y enojoso para llegar al hallazgo de su verdadero lugar en el mundo”.

Hasta se podría suponer que la existencia de ese libro no es indispensable. Si tan enojoso es el paso previo para llegar adonde se desea llegar, ¿por qué no saltárselo? En una época de libros electrónicos e impalpables, de ghost writers, de decenas de miles de nuevos títulos al año, no suena tan absurdo imaginar una presentación de libro sin libro. Pero ¿y la presentación de un libro sin gente?

 

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Si bien lo que dice Dolina es cierto, también lo es el hecho de que el formato de las presentaciones de libros —al igual que, por ejemplo, el de los mítines de campaña proselitista o las liturgias religiosas— apenas se ha modificado con el paso de los años. En general, estos eventos están muy planificados: el autor conversa frente a un auditorio con una o dos personas, después hay un turno de preguntas y respuestas, al final el autor firma ejemplares…

Sin embargo, sí que podríamos hablar, por un lado, de presentaciones de libros siglo XXI: el show montado por las grandes editoriales, con puestas en escena, artistas en vivo, periodistas, que van acompañadas de enormes y costosas campañas de marketing, gigantografías en los locales de las cadenas de librerías, book trailers, anuncios en los suplementos literarios, etc., etc. Y por el otro, las presentaciones a la vieja usanza: las pequeñas reuniones que son iguales ahora a como eran hace veinte, cincuenta, cien años.

Y es que también los objetivos son distintos. En todos los casos se busca la difusión de la obra, claro, pero varía la escala: si una multinacional presenta un libro, su aspiración es que asistan los medios más importantes y que le den largos minutos de televisión y radio y amplios espacios en los diarios y sitios web. En cambio, una editorial pequeña o un escritor que se autoedita aspiran, sobre todo, a vender unos cuantos ejemplares durante y tras el propio evento. Supongo no estar muy errado si pienso que la mejor literatura se concentra en el segundo grupo, mientras que en el primero abundan los publicistas, agentes comerciales, relaciones públicas… y mucho dinero.

 

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En cualquier caso, se trate de una editorial gigante o minúscula, hace falta gente. Es necesario a partir del propio sentido de la palabra “presentación”. ¿Se puede presentar un libro a un auditorio inexistente? ¿Hace ruido un árbol que cae en medio de un bosque donde no hay nadie? En los cines, si a una función no asiste ni un solo espectador, la proyección se interrumpe unos veinte minutos después de comenzada, para ahorrar lo que sería un gasto inútil. En la presentación de un libro podría pasar que, a los veinte minutos, el autor interrumpiera a su acompañante en medio de un elogio hacia la obra para decirle: “No va a venir nadie, déjalo ya”.

Aunque también podría pensarse en una presentación conceptual, no figurativa. Se anuncia la presentación de un libro, a realizarse en un lugar de acceso dificilísimo y en un horario intempestivo. Se lo hace coincidir con un pronóstico de tormenta o con la final de la liga de fútbol. No va, como es lógico, nadie. Ni el autor, ni los editores. Pero salvo estos, nadie sabe que no ha ido nadie. ¿Alguien se animaría a afirmar que el libro no se presentó?

A mí me gusta pensar que el libro La poesía inmortal y pobre de Borges, de Andrés Fisher, se presentó en Madrid gracias a mí. Que si yo no hubiese ido, aquellos tres hombres se hubieran quedado conversando en la vereda, tan contentos, y después se habrían ido a tomar algo, como de hecho hicieron, pero saltándose el obstáculo de la formalidad.

 

(Imagen)