Humillados y ofendidos | Letras Libres
artículo no publicado

Humillados y ofendidos

Fui al teatro asombrado, y emocionado. Me parecía maravilloso, e increíble, que a alguien se le hubiera ocurrido poner en escena la conversación (completada con "llamadas telefónicas y, más raramente, cartas") que Primo Levi mantuvo con Ferdinando Camon.
     Edizioni Nord-Est publicó esa conversación en Italia en forma de libro en 1987, y en España se editó en septiembre de 1996, en la colección "Europeos sin fronteras" de la editorial Anaya & Mario Muchnik. Mario Muchnik había sido el primer editor de Primo Levi en España: publicó Si esto es un hombre en 1987. No tuvo un gran éxito, diez años más tarde no se ha agotado esa primera edición. (Según el ISBN todavía se puede conseguir: http://www.mcu.es/bases/spa/ISBN/ISBN.html).
     Me parecía maravilloso, e increíble, que alguien se atreviera a subir al escenario a dos actores para encarnar a dos escritores que hablan, sólo hablan, sobre los campos de concentración, sobre el gulag, sobre la culpa, sobre Alemania, sobre los orígenes de la escritura, sobre la incomunicación, sobre el nazismo, sobre el Estado de Israel, sobre la química, sobre la depresión, sobre el racismo, sobre Dios, sobre la ausencia de Dios... Habla Primo Levi, un año antes de suicidarse, y Ferdinando Camon escucha. Habla Ferdinando Camon, y Primo Levi escucha.
     Ferdinando Camon escribe en la presentación del libro: "Decidimos que Primo Levi iba a revisar el texto final mecanografiado para corregirlo y modificarlo con absoluta autonomía. Así ocurrió: la redacción definitiva del diálogo de puño y letra de Primo Levi contiene una considerable cantidad de modificaciones y aquí se tienen en cuenta todas sin excepción".
     Para Primo Levi este diálogo con Ferdinando Camon era muy importante, y siguió fijándolo hasta el mismo día de su muerte. Ferdinando Camon recibió una carta, hablando de la conversación, varios días después de su muerte: "llena de proyectos, de deseos y de expectativas, que resultaba inconciliable con cualquier intención de desaparecer".
     Esta versión teatral habla de hombres reales. Y esos hombres reales utilizaron sus propias palabras. Escribieron sus propias palabras. Ferdinando Camon sigue vivo, y escribiendo; el último de sus libros aparecidos en España fue Sol y lun, ¿qué es eso? (Anaya & Mario Muchnik, 1997). Primo Levi murió en 1986. No son personajes de ficción como Lady MacBeth o como Estragón o como Segismundo. No son, tampoco, personajes de ficción construidos sobre personajes reales, como el Jordi Pujol de las obras de Els Joglars. Insisto en esto porque Mercedes Lezcano, autora de la "versión" y de la dirección, los trata como personajes de ficción. En especial a Primo Levi. Así, hace llorar en escena varias veces a Primo Levi, interpretado por lo demás con mucha dignidad por Manuel Galiana: un llanto que no aparece nunca en el texto original; un llanto que Ferdinando Camon jamás menciona. Más bien al contrario, dice: "hablaba en voz baja, sin sobresaltos ni arrebatos, por lo tanto, sin rencor".
     Pero esa trampa dramática, que supuestamente debe levantar la parte emotiva de la pieza, y la emoción del público, no es lo peor de la función.
     Es más grave la inclusión de numerosas morcillas, que Primo Levi, principal reclamo, no dio por buenas. Ni habría podido dar por buenas. Morcillas de texto puestas en su boca: en especial, y largamente, sobre el Estado de Israel. El Estado de Israel de 1986, claro. Morcillas claramente acusatorias, en las que Ferdinando Camon pasa a convertirse en justicia, juez y tribunal. Morcillas que Ferdinando Camon no debería haber aceptado, de ninguna manera, incluir. Numerosas morcillas visuales, incluidas también para acentuar el dramatismo del texto, proyectadas en una gran pantalla: imágenes de Hitler arengando a las masas, imágenes terribles de víctimas de los campos de concentración, imágenes espeluznantes de desfiles de nazis... y, diez minutos, de imágenes del conflicto del Estado de Israel con Palestina.
     Ahí estaba el truco. Parece que se va a hablar de Primo Levi, pero realmente se trata de hablar de Israel y de Palestina. De cómo es posible que un pueblo que ha sufrido tanto se haya convertido ahora en verdugo. Es decir: los israelíes son ahora los nazis. Ariel Sharon es Adolf Hitler. El Estado democrático de Israel (¿es necesario recordar que es el único democrático de la zona?) es igual que el Estado nazi. Y Primo Levi, que padeció en Auschwitz, que dio testimonio de lo que fue Auschwitz, en escena para validar esa idiotez. Una idiotez muy extendida, por cierto. Y además de idiotez un insulto, y una grave mentira.
     La obra termina con Primo Levi y Ferdinando Camon contemplando la enorme pantalla en la que se proyectan dos textos que, por si alguno de los espectadores no sabe leer o se ha olvidado las gafas en casa, también se escuchan en off: en uno de ellos se denuncia al Estado de Israel, y en el otro se dice que Primo Levi se suicidó en 1987. Toma ya.
     Mi asombro y mi maravilla por el valor de poner en escena una conversación de escritores se había convertido en poco más de hora y media en humillación e indignación.
     Lo más terrible de la función es que desmonta todas las palabras que Primo Levi le dijo a Ferdinando Camon para explicar, una vez más, que las cosas deben tener un sentido: Primo Levi era científico y no podía renunciar a esa premisa, que le guiaba.
     Se repite, una vez más, el sueño que Primo Levi y otros prisioneros del campo tenían a menudo: "soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba, pero no me escuchaban. La persona que tengo delante no me escucha, se da mediavuelta y se marcha". Algo así, sin duda, le ha pasado a Mercedes Lezcano: le decían las palabras y no las escuchaba. -