artículo no publicado

De homenajes, plagios, dominios públicos y, como tantas veces, Borges

Otra crónica de la lucha entre las fuerzas del proteccionismo y la cerrazón de la obra y los partidarios de robustecer el domino público y la apertura de las obras artísticas. 

1.

Los hechos del affaire Agustín Fernández Mallo-María Kodama son de dominio público (vaya expresión para empezar a hablar de este asunto). Quien no los conozca se puede poner al tanto con este post de Jorge Téllez. Lo esperamos.

 

2.

Más allá de la inevitable polvareda levantada en torno a El hacedor (de Borges), Remake, de los dimes y diretes, de las motivaciones e intereses de todos los que opinan, de la calidad literaria del libro, más allá de todo eso, la cuestión principal en esta historia sigue brillando con su propia luz: ¿es válido el reclamo de María Kodama? Más y mejor: ¿dónde están los límites de la intertextualidad, de la cita, de la referencia, del guiño, del plagio?

En busca de respuestas, repasemos otro pequeño escándalo literario (podría hablarse ya de estos casos como un subgénero del policial), ocurrido a comienzos de 2007 en Buenos Aires. El jurado del Premio de Novela del diario La Nación revocó el fallo por el que había galardonado a la obra Bolivia Construcciones, de Sergio Di Nucci, tras descubrirse que el texto era demasiado parecido, a lo largo de unas 150 páginas, a la novela Nada, de Carmen Laforet.

Lo más curioso del caso fue que, después de varios días en los que nadie puso en tela de juicio que se había tratado de un plagio en toda regla, una veintena de especialistas en literatura de la Universidad de Buenos Aires firmaron una carta en la que se expresaban en contra de tal acusación. Según ese manifiesto, Di Nucci había usado el método de “transformar pasajes de otros textos con una finalidad estética precisa (…), un uso corriente en las literaturas occidentales desde la Antigüedad, del que tantos autores se han valido notoria y brillantemente”. “Consideramos —concluye la carta— a la vez injusto y paradójico que se pretenda una limitación de Bolivia Construcciones aquello que constituye una de sus excelencias, que una rica trama de intertextualidades sea confundida con un grosero plagio”.

La carta pasa por alto que en la novela no había ni una sola mención a Nada, ni a Carmen Laforet, ni ningún indicio que permitiera inferir el supuesto juego intertextual. Y aquí está la clave. La delgada línea que separa la intertextualidad legítima del plagio se basa en que la obra “secundaria” brinde las pistas que permitan reconstruir el itinerario andado y poder llegar a la obra “primaria”. Si, como les ocurrió a Hansel y Gretel, las huellas del camino se las comen los pájaros, hay algo que no funciona, algo que va mal.

Otro caso, reseñado hace poco por Damián Tabarovsky: el escritor argentino Pablo Katchadjian dio a conocer en 2009 un libro con el título El Aleph engordado. Fueron apenas 200 ejemplares, publicados por la pequeña Imprenta Argentina de Poesía, en la que el propio Katchadjian es editor. El Aleph engordado no es otra cosa que un experimento, un juego de taller literario: el relato de Borges, sin quitar ninguna palabra ni alterar su orden, pero con otras palabras intercaladas. De ahí su “engorde”: pasa de las (más o menos) 4.000 palabras del original a 9.600 en la versión con sobrepeso. Imposible hacer la referencia intertextual más explícita. Y sin embargo, hasta allí llegaron Kodama y su tropel de abogados. También Pablo Katchadjian sufre hoy una demanda en su contra iniciada por la viuda de Borges.

Volviendo a El hacedor (de Borges), Remake: es el caso opuesto al de Bolivia Construcciones. Desde el propio título explicita su afán y luego apenas remite al texto “primario” u “original”. ¿Se puede siguiera usar la palabra plagio? ¿Un plagio que no plagia nada?

 

3.

Es cierto que María Kodama no habló de plagio. Hasta donde sabemos, dijo “falta de respeto”. Pero el affaire posee un combustible indudable: el dinero. Es decir, el problema es que Fernández Mallo y Alfaguara ganen dinero hablando de Borges. Kodama luce el cargo de guardiana de la marca Borges y, por tal motivo, se considera dueña de un título (de libro) y de una serie de subtítulos puestos en un orden determinado (de textos dentro de un libro). Y la justicia parece darle la razón.

Hay además otra cuestión, a la que se han aferrado quienes en esta historia critican a Fernández Mallo: una declaración, citada por el diario El País, en la que revela haber pedido permiso a Nutrexpa —empresa dueña de la marca comercial Nocilla— para poder utilizar tal palabra en el título de su trilogía Nocilla Project. ¿Debió el autor prever la protesta de Kodama? Sus detractores aseguran que sí. Él se mostró “sorprendido” (según el artículo de El País), ya que “nunca pensó que debiera pedir permiso para homenajear” a Borges, a quien él considera “el primero en usar las mismas técnicas de apropiación y reescritura”. ¿Debió preverlo Alfaguara? Quizás. Los detractores imaginan incluso que lo hizo adrede. Se sabe: escándalo igual a mayores ventas, etcétera.

Hace tiempo, un amigo jugaba con la idea de un futuro en el que todas las palabras estuvieran patentadas, y no se pudiera usar ninguna sin pagar un canon a quien poseyera los derechos sobre ella, y que las calles estuvieran llenas de inspectores encargados de detectar el eventual empleo de palabras sin permiso, al margen de la ley. Pensemos en la siguiente posibilidad, quizá no tan remota: alguien diseña un programa informático capaz de generar en un lapso razonable todas las combinaciones posibles de letras y números en un determinado espacio, por ejemplo 300 páginas. Una vez se hace de la biblioteca de Babel, la da de alta a su nombre en el registro de la propiedad intelectual. Sería la muerte del libro: desde entonces, nadie podría publicar nada sin violar sus derechos de autor.

La realidad, por suerte, da la sensación de ir en sentido contrario. Cada vez el autor es menos dueño de su obra, y dicen los especialistas que el propio concepto de autor se irá difuminando. Los textos circulan, se transforman, se apropian y se reapropian, ahí están las licencias de Creative Commons, gana entidad el concepto de wiki: -pedia, -leaks y los que vendrán… ¿Cuántos cráneos y cuántas manos hubo detrás de la Ilíada y la Odisea, de la Biblia, de Las mil y una noches, de los incontables relatos populares transmitidos de una generación a otra por los siglos de los siglos? ¿Cuántos puede haber detrás de las obras maestras del futuro?

 

4.

Por ahora, los autores siguen aquí. Y el dinero. Y los derechos de autor y las disputas y la necesidad de autorizaciones y los libros retirados de la venta, como El hacedor (de Borges), Remake. O no tan retirados: por allí andarán esos ejemplares en las librerías de usados, pasando de mano en mano entre lectores deseosos de decidir por su propia cuenta si la obra vale la pena o no…

Así que no nos dejemos amedrentar por María Kodama y sus abogados. Todos podemos animarnos a usar con la obra de Borges las técnicas de apropiación y reescritura que, como bien señala Fernández Mallo, Borges tanto aplicó. No podemos esperar a que El Aleph, Ficciones y sus demás textos pasen a dominio público. Para eso falta mucho tiempo, y vaya uno a saber por dónde andaremos a esas alturas.