artículo no publicado

Hombre mirándose la nuca

Magritte, además de acaso sugerir en ese cuadro que cualquier hombre es uno y es también otro, cuestiona a la pintura misma como supuesto reflejo o percepción de la realidad.

Magia de los espejos y/o del arte: el cuadro “Retrato de Mister James”, pintado en 1937 por René Magritte con un detallismo casi fotográfico, presenta a un hombre de juvenil figura y cabello elegantemente rizado que nos da doblemente la espalda mientras contempla su reflejo en un gran espejo de pared, al pie del cual yace el libro que el personaje o el pintor estarían leyendo por entonces y cuyo título es legible: una edición francesa de Las aventuras de Arthur Gordon Pym (la novela fantástica con la cual Edgar Allan Poe quiso mistificar a sus lectores presentándola como la crónica de un real viaje por un mar ilimitado en cuyo cegador cielo enormes aves blancas lanzan el grito ululante y misterioso: ¡te-ke-li-liii!).

Es un cuadro raro, “incorrecto”, que miente o delira: el personaje visto de espaldas se mira la nuca tal como se la muestra el espejo. “Reproducción prohibida” es el título. ¿Prohibida por qué? Podría ser, según una lectura rápida, la conminación a respetar el copyright de la obra, pero, en una segunda lectura tal vez entenderíamos que el artista quiso negar la estética de la llamada pintura realista, que prohibiría reproducir así a un personaje que mira a su reflejo y se ve también de espaldas, cuando el espejo, según las leyes naturales de este mundo, debiera presentárnoslo de frente y dando la cara.

Ese cuadro falsamente realista, ese dizque retrato que contemplé por primera vez en el año 72 del siglo pasado, en la londinense galería de la James Foundation, es emblemático del arte “fantástico” de Magritte, de su inquietante actitud de cuestionar la tradicional, conformista y convencionalmente asumida relación de la pintura figurativa con el mundo de las apariencias. Casi todo en ese cuadro, como en otros del artista, parece atenerse a las apariencias generalmente asumidas de “la realidad”, pero el detalle que inquieta a nuestra acostumbrada percepción de las obras pictóricas, es que allí el dizque retratado se mira a sí mismo como de ningún modo podría verse en un espejo real, uno de esos espejos tan comunes y tan utilitarios, tan copiones y tan desprovistos de imaginación que siempre nos reproducen de frente y con el rostro acostumbrado. Yo sé que si me miro en un espejo puedo ver mis rasgos faciales y hasta mi mirada mirándome, pero sólo si usara a la vez un espejo más, situado detrás de mi nuca, podría verme tal como me vería algún otro ser situado atrás de mí. En cambio, en el cuadro de Magritte, puesto que no hay allí un segundo espejo, mister James estaría ante un espejo de poder mágico como aquel que atraviesa la Alicia de Lewis Carroll para correr aventuras en el otro lado del mundo real, o como los espejos que desde niño aterraban a Borges y que lo llevarían a decir que, como la cópula, son abominables porque acrecientan el número de los seres.

Magritte, además de acaso sugerir en ese cuadro que cualquier hombre es uno y es también otro, cuestiona a la pintura misma como supuesto reflejo o percepción de la realidad, es decir: cuestiona el arte como copia del mundo meramente visible, y propone el arte atento al modelo interior, como exigía André Breton.

Se diría que bajo el sombrero hongo de modesto oficinista bruselense (tal como se “autorretrató” tantas veces y como lo perpetúan las meras fotografías), René Magritte se dedicó a la tarea, o al juego, o a la magia poética, de inquietar nuestro modo de ver la realidad común. ¿Por qué un castillo sólidamente erigido sobre una gran roca no flotaría en el aire? ¿Por qué llueven gotas de agua sobre los ciudadanos en lugar de que una lluvia de hombrecitos (todos con magrittianos sombreros hongos) caiga sobre la ciudad? ¿Por qué una enorme montaña rocosa de perfil de águila gigantesca no incubaría enormes huevos pétreos? ¿Por qué, si se dispara a la sien de un busto de mármol, la sien no ha de sangrar? ¿Por qué en una imagen de una calle no sería noche con un farol encendido, y, a la vez, un día de cielo azul resplandeciente sobre los techos?

Hay dos cuadros que nos plantean la estética surrealista de Magritte, quien, pintor poeta y leal a la libre musa de la analogía, buscaba el modelo interior en el modelo exterior. En uno de esos cuadros nos presenta un caballete con un cuadro ya pintado que se confunde, se funde, con el paisaje “copiado” tal como es visto a través de una ventana. Es la mirada irónica ante la obra pictórica superficialmente “realista” que se presenta como registro más o menos subjetivo, pero servil, de las apariencias de la “realidad objetiva”. Y en otro cuadro, tal vez el más emblemático, el más provocador de los suyos, Magritte ofrece una pipa convencionalmente pintada y con una frase manuscrita en la tela misma:”Esto no es una pipa”, incorporada como un elemento plástico más. El cuadro es una imagen y es a la vez una idea.

Y finalmente (¿finalmente?) me pregunto si este inquietante artista intelectual, René Magritte, el del eterno sombrero hongo y traje de burócrata bruselense, es un pintor realista del mundo como no es… o, mejor dicho, del mundo como de otro modo es.