artículo no publicado

Hey, “puto”, no me llames “frijolero”

Molotov defiende el derecho de los mexicanos a no ser estereotipados en Estados Unidos, así como el derecho a reaccionar en consecuencia. Sin embargo, cuando la petición de cuidar el uso de su lenguaje se dirige a ellos, lo que defienden es su “libertad de expresión” frente a los intentos de “censura”.

Desde hace años la fama de Molotov los persigue allende las fronteras de México. Estos días, la banda está envuelta en una nueva controversia por su vieja canción sutilmente titulada “Puto”. El centro geográfico del conflicto es el venerable teatro Fillmore en Silver Spring, Maryland, literalmente a tiro de piedra de mi casa en el barrio washingtoniano de Takoma, y sede de un concierto de Molotov programado para el 26 de agosto próximo.

La controversia es parte de un patrón familiar. Miembros de la comunidad LGBT en el área metropolitana de Washington, D.C., de la cual forma parte Silver Spring, le solicitaron a la banda que no incluyera el tema “Puto” en el concierto que ofrecerá el 26 de agosto; los miembros de Molotov rechazaron la petición; la organización nacional “Alianza Lésbico-Gay contra la Difamación” (GLAAD, por sus siglas en inglés) lamentó la insensibilidad de la banda y lanzó una campaña de presión que incluye la exigencia de cancelar el concierto, secundada por el Alcalde del Condado Montgomery, dentro de cuya jurisdicción se ubica el teatro en cuestión.

Toda la originalidad que le dio a Molotov esa reputación de “iconoclasta” -que intelectuales como Juan Villoro se encargaron de apuntar- se quedó guardada en un cajón al momento de redactar la respuesta a la solicitud de retirar el tema del concierto. Molotov abunda en lugares comunes tan pedestres como desacreditados. En la respuesta oficial que dieron por Twitter dicen que la canción no insulta a la comunidad lésbico-gay, por la cual expresan un gran “respeto y apoyo”, sino que arremete contra todos los “políticos corruptos”, contra  “los cobardes que atentan contra la gente y… contra la humanidad”. Es un argumento que venimos oyendo como letanía desde hace mucho tiempo. Las palabras parecen copiadas de otras “explicaciones”, como las del manager de béisbol venezolano Ozzie Guillén, quien al balbucear una disculpa por haber llamado “maricón” a un periodista crítico, repitió el mantra: “en mi país, esa palabra no se usa para referirse a la sexualidad de la gente, sino a su valor.” Más claro ni el agua.

De lectura obligada a este respecto son las excelentes refutaciones de Genaro Lozano a la falacia del uso “inocente” de epítetos como “puto” y “maricón”. Es hora de dejar de escudarnos en una pretendida resistencia a la censura de lo "políticamente correcto": “puto” no significa “cobarde”; “puto” es un insulto contra los hombres homosexuales, quienes son estereotipados como “afeminados”, “débiles”, “poco hombres”, y sí, “cobardes”, en contraposición a un ideal machista de “hombría” como “valor”. La asociación es indisoluble.

Sin embargo, el punto no es reciclar aquí la pobreza argumentativa de unos ni los llamados a la sensibilización de otros. El punto en realidad es expresar la perplejidad que me causa la capacidad de los miembros de Molotov de defender simultáneamente, a través de dos de sus canciones,  dos posturas en conflicto en una misma cuestión. ¿Cómo se puede entender que la misma banda que se desboca en insultos baratos contra los “putos” en una canción, y defiende a ultranza su derecho a emitir vituperios homofóbicos, se levante –altiva, digna, contundentemente- en otra canción contra el empleo de un término igualmente despectivo, discriminatorio y humillante como “frijolero”?

“Yo ya estoy hasta la madre de que me pongan sombrero (o sea, de que me estereotipen), escucha entonces cuando digo: no me llames ‘frijolero’ (es decir, sé sensible hacia a mi petición de no dirigirte a mí con términos discriminatorios)”.

Más adelante:

“No me digas ‘beaner’, Mister Puñetero, o te sacaré un susto por racista y culero (en otras palabras, me reservo mi derecho a reaccionar contra tu actitud discriminatoria)”

Ahora desde la perspectiva de un hipotético hombre homosexual que les pidió no incluir “Puto” en el concierto:

“Yo ya estoy hasta la madre de que estereotipen mi orientación sexual como cobardía, escucha entonces cuando digo: no me llames ‘puto’… o te sacaré un susto por homofóbico (intentado, por ejemplo, cancelar tu concierto)”

En pocas palabras, los miembros de Molotov defienden el derecho de los mexicanos a no ser estereotipados en Estados Unidos, así como el derecho a reaccionar en consecuencia. Sin embargo, cuando la petición de cuidar el uso de su lenguaje se dirige a ellos, lo que defienden es su “libertad de expresión” frente a los intentos de “censura”.

Aunque hay canciones de Molotov, como “Gimme the power 2”, que me parecen tan rebuscadas y rimadas a la fuerza como las canciones de Arjona, yo no espero que las letras de esta banda expresen un programa político coherente. El asunto, sin embargo, rebasa el ámbito del talento para escribir letras. El doble-pensar de Molotov es un ejemplo de esa falta de “reflexividad” (perdonando el anglicismo “self-reflection”) desafortunadamente muy común en muchos activistas en contra de la discriminación: feministas que discriminan contra los pobres, judíos y latinos con prejuicios contra los negros, activistas LGBT que hacen comentarios misóginos, un comprometido defensor de los derechos indígenas en los 90s que no quería que nuestras reuniones se convirtieran en “una cena de negros”, etcétera. Se ignora que los estándares anti-discriminatorios que uno exige en todas las personas también aplican para uno mismo.

La pregunta lógica es: ¿por qué pensamos que estamos exentos de esa auto-examinación que prescribimos para los demás? ¿Por qué los miembros de Molotov no tuvieron la capacidad de ver reflejada una canción en la otra? Una posible respuesta es que todos tenemos una predisposición a presumir una plena soberanía de nuestros pensamientos y actos. Queda claro que el prejuicio opera a través de los resquicios que deja el libre albedrío; a través de usos sociales del lenguaje, a través de prácticas socialmente aceptadas que los individuos reproducen acríticamente. No es fácil aceptar que uno es tan susceptible al prejuicio como las personas que vemos discriminar abiertamente. Sin embargo, esa plena conciencia de la propia capacidad de prejuzgar, junto con la toma de previsiones para evitarlo, es la única forma de dotar de calidad moral a nuestros llamados contra la discriminación. No se puede esperar que algunas personas dejen de ser llamadas “frijoleros” mientras otros siguen siendo llamados “putos”.