artículo no publicado

Hermano narco

Para la jerarquía católica mexicana, la limosna entregada por las vidas acabadas es digna de encomio, pues se usa en obra social que beneficia a las comunidades.

Cuatro narcotraficantes entran a la casa de una familia. En medio de la noche asesinan a tiros al padre y la madre. Durante el funeral, la hija ve entrar a los asesinos con una corona de flores mientras se le escucha decir, voz en off: “Muchos dicen que eres malo y que hay que matarte, pero tal vez a tus padres les hicieron lo mismo o ellos nunca te abrazaron […] diosito no quiere que matemos; yo por eso te regalo un abrazo y te perdono”.

El cortometraje dura siete minutos, se llama Hermano narco  y lleva la bendición de la Arquidiócesis de México y del cardenal Norberto Rivera Carrera.

http://youtu.be/pktoSqDn3uY

 

Se trata de una pieza que simplifica el problema y que desdeña uno de los pocos mensajes duros y concretos de la Iglesia —pronunciado por Benedicto XVI  durante su visita a México— sobre el tema del combate a las drogas en nuestro país: “Es responsabilidad de la Iglesia educar conciencias, enseñar responsabilidad moral y desenmascarar al mal […] desenmascarar las falsas promesas, las mentiras, el fraude que está detrás de las drogas”.

Por décadas, la jerarquía católica mexicana ha sido cómplice silenciosa, confesora y líder espiritual de criminales, y en ocasiones ha hecho uso del púlpito para exaltar los valores de jefes del narco. En 1997, el sacerdote Raúl Soto, canónigo de la Basílica de Guadalupe y juez del Tribunal Eclesiástico resaltó durante una homilía la “labor social” de los delincuentes incluso con grandes limosnas para la Iglesia: “Hay gente, pues no pecadores, pero al menos gente poco recomendable como Rafael Caro Quintero, que ya quisiéramos hacer las limosnas que él hace y la ayuda que da a la gente... gente como Amado Carrillo, que a veces daba para hacer grandes obras por su pueblo, por la gente, lo cual no le quitaba que fuera traficante de drogas”.

Luego vino Ramón Godínez Flores, comisionado de la Conferencia del Episcopado Mexicano para asuntos educativos, quien no veía mal rechazar las limosnas del narcotráfico, pues consideraba que se purificaban al llegar a manos de la Iglesia.

En 2005 se negaba categóricamente que los ministros de culto recibieran dinero producto de actividades ilícitas, aunque la Iglesia era generosa al sugerir el altruismo y no la cárcel  para los delincuentes que desearan redimirse: “Si un narcotraficante se arrepiente y desea regresar al buen camino, dejando de ser un criminal, entonces tiene la obligación de dar buen uso al dinero malamente ganado, debe restituirlo haciendo el bien directamente o por medio de instituciones de caridad”.

Para 2010, después que se conociera que Heriberto Lazcano, jefe fundador de Los Zetas, apoyó la construcción de un templo en Hidalgo, el semanario católico Desde la fe salió de inmediato reconocer que comunidades católicas eran beneficiarias del “más sucio y sanguinario negocio” y a justificar el haber recibido dinero bajo el argumento de que no existe sector de la población que no esté involucrado “con el poder corruptor del narcotráfico y la delincuencia que de allí se deriva”.

Los evangelios dicen que arrepentido de haber entregado a un inocente, Judas intentó devolver las 30 piezas de plata que había recibido por su traición, pero los sacerdotes se negaron a echarlas con las ofrendas del templo, pues eran “precio de sangre”. Se dice que el emperador Vespasiano, en busca de recaudar más, creó un impuesto al uso de urinarios públicos. Cuando su hijo le dijo que la medida era inmunda, él le dio a oler una moneda y respondió: “el dinero no tiene olor”. Como advertía hace muchos años el diplomático Carlos González Parrodi, si el dinero de las narcolimosnas tiene algún olor, hay que hacer algo antes de que el hedor cunda.

Para la jerarquía católica mexicana, la limosna entregada por las vidas acabadas es digna de encomio, pues se usa en obra social que beneficia a las comunidades que deciden no reducir a cenizas; hay que entender que probablemente al asesino nunca lo abrazaron.

Javier Sicilia fue uno de esos personajes que en un momento de grandeza ofrecieron perdón a los asesinos de su hijo; sin embargo, el escritor subrayó que ese perdón no puede estar desvinculado de la justicia. De la misma manera en que Alejandro Solalinde pidió perdón a Los Zetas por lo no hecho, la Iglesia le debe a la sociedad el reconocimiento de complicidad y el acompañar las exigencias de sanción a los criminales y reparación para las víctimas. “Te regalo un abrazo y te perdono” no es suficiente.