artículo no publicado

Hablando de mi generación

Los treintañeros españoles crecieron en circunstancias envidiables: democracia, Estado generoso, rampante bienestar material. Sus expectativas sobre su futuro eran desmesuradamente optimistas. La crisis, como cuenta González Férriz, les ha devuelto a una cruda realidad en la que quizá pensaron que no iban a hallarse nunca: la de tener que vivir con menos que sus padres.

“Nos hemos vuelto estridentemente insistentes –en nuestros cálculos económicos, en nuestras prácticas políticas, en nuestras estrategias internacionales, incluso en nuestras prioridades educativas– en que el pasado no tiene nada interesante que enseñarnos. El nuestro, insistimos, es un mundo nuevo; sus riesgos y oportunidades carecen de precedentes”, decía Tony Judt en el prefacio de Sobre el olvidado siglo XX. Ciertamente, las nuevas generaciones –entre las que hay que incluir la mía, algunos de cuyos integrantes detentan ya importantes cuotas de poder y responsabilidad– no solo no conocen el pasado, lo cual no me parece lo más alarmante, sino que se sienten enteramente desvinculadas de él. No es que hayan olvidado o nunca hayan conocido las fechas de las batallas o el orden de los reyes, es que sienten que nada de eso ha influido en su vida ni puede ayudarles a comprenderla. No sé en qué momento la historia dejó de ser una disciplina considerada útil para que un adulto tuviera una existencia responsable, pero Judt cifra el problema en la educación actual: “En lugar de enseñar a los niños la historia reciente, les llevamos a ver museos y estatuas.” En eso consistió exactamente mi formación histórica. El pasado era un lugar que visitar para descansar de la realidad.

Tal vez esto haya sido así durante toda la historia; tal vez desde siempre los jóvenes hayan querido olvidar las penalidades pretéritas, se hayan convencido de que viven en un tiempo enteramente nuevo y se hayan resignado a soportar, entre la sonrisa y el aburrimiento, las lecciones de los viejos sobre el pasado. Sin embargo, cuando uno lee los relatos de los grandes acontecimientos del siglo XX –el siglo de la megamuerte, como lo bautizó Valentí Puig– se da cuenta de hasta qué punto esa historia es ajena a la mayor parte de los miembros de mi generación. Si para nuestros abuelos el siglo XX es el escenario de las peores matanzas, la peor borrachera ideológica, la más nefasta intolerancia, para muchos de nosotros el siglo XX ha sido, simplemente, el siglo del bienestar.

Tenemos buenas razones para pensarlo así. Es posible que nuestra infancia y nuestra adolescencia hayan sido de las más plácidas que ha conocido el ser humano en toda la historia. Crecimos en democracia, incluso los miembros de la clase media accedimos a comodidades que hasta no mucho antes eran propias de los millonarios –de las tres comidas al día a la calefacción y el aire acondicionado–, tuvimos vivencias asombrosas –de los tempranos viajes al extranjero a las salidas a tomar copas y una entretenida vida sexual–, e incluso la historia de nuestros padres nos pudo hacer pensar que el siglo XX fue el siglo de las maravillas. En mi caso particular, la trayectoria de mi familia es la que va, en un plazo de apenas sesenta años, de la cueva de la sierra granadina en la que nació mi padre y el húmedo sótano de ciudad industrial en el que creció mi madre a su actual piso en propiedad con parqué y Wi-Fi y una sólida vejez apoyada en las pensiones de la seguridad social y la sanidad pública. Y es que, en cierto sentido, el siglo XX, o al menos su último tercio,  fue el siglo de las maravillas.

Esa idea nos llevó a los relativamente jóvenes a pensar que el pasado anterior no iba con nosotros. Es un poco raro decir esto en un país tan obsesionado como España –aunque probablemente todos lo estén a su modo– con el pasado. La Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo están tan presentes en nuestro debate público que afirmar que los nuevos adultos se han desconectado del pasado puede parecer una frivolidad. Sin embargo, creo que así es. Como apuntaba Tony Judt, esos acontecimientos se han convertido en asunto de museos y estatuas, en recordatorios estériles de grandes hazañas; en buenas excusas, a fin de cuentas, para defender nuestro posicionamiento ideológico actual. Pero no han servido, al menos en mi generación, para una de las cosas para las que debe servir la historia: para saber que los buenos tiempos no duran eternamente y que la situación más habitual del hombre, la mayor parte del tiempo, ha sido la escasez y no la abundancia. No quiero decir con esto que nuestra ignorancia histórica sea una amenaza para que vuelvan los acontecimientos trágicos de los dos primeros tercios del siglo XX, ni mucho menos, pero sí ha tenido una consecuencia que solo llegamos a comprender hace tres o cuatro años: la mía es una generación singularmentemal preparada para superar una crisis como la actual. Y no solo porque nos hayamos criado con un grado inédito de bienestar, sino porque nunca nadie nos dijo que exista otra cosa que no sea el bienestar.

Esto no significa, por supuesto, que mucha gente demi generación no haya experimentado dificultades en su infancia y su adolescencia. En absoluto. España ha tenido durante todos estos años unos niveles de desempleo y de subempleo alarmantes, ha sufrido crisis tremendas como la de principios de los ochenta y la de mediados de los noventa, ha tenido un sistema de educación pública precario, y la afirmación de que España es un país con una clase media sólida es una certeza si se compara con nuestra historia, pero no tanto si se la pone al lado de los demás países europeos en la actualidad. Pero, en cualquier caso, lo que sí creo que existió durante los años en que crecimos fue un relato que ningún adulto discutió y que por lo tanto dimos por sentado: toda generación vive mejor que la de sus padres. De nuevo, teníamos razones para creerlo así: casi sin excepción, nuestros padres habían vivido mejor que nuestros abuelos, y ellos mejor que nuestros bisabuelos. La progresión del país, y lo que es más importante, de los individuos, era innegable, no solo en el planomaterial, sino también en el moral. El mundo mejoraba. Había conflictos y breves frenazos, pero una especie de nueva ley histórica –que no era hegeliana, ni marxista, ni siquiera cristiana, sino una mezcla de empirismo y mala memoria– nos decía que el camino de la humanidad, y el nuestro en particular, era una escalera hacia el cielo. ¿Qué no íbamos a conseguir nosotros si nuestro punto de partida era infinitamente mejor que el de nuestros padres, a quienes a fin de cuentas no les fue nada mal?

La historia de la humanidad es en buena medida la historia de la mejora. La aparición del liberalismo, del capitalismo compatible con Estados eficientes y equitativos, supuso además una aceleración de esa mejora con sus incentivos a la competitividad, la invención y la tolerancia. Sin embargo, la historia de la humanidad también es, en una medida comparable, la historia de las crisis. Pero para mi generación, y para mí mismo, el bienestar nunca fue una excepción histórica, sino una asumida constante. Llegamos a dar por hecho que las cotas de progreso material y moral experimentadas a partir de los años cincuenta en Occidente, y llegadas a España con retraso, pero llegadas a fin de cuentas, eran el único escenario posible. El Estado siempre iba a estar ahí, paternal y bien financiado; las empresas no iban a invertir en otros países con mano de obra más barata, sino que lo harían aquí, autoritarias pero generosas; el clientelismo político y el económico iban a ser ajenos al devenir del mundo exterior, y encontrarían un rincón para nosotros, modesto pero seguro. Íbamos a repetir la experiencia de nuestros padres y su mejora constante. Con una salvedad: no queríamos repetir buena parte de la experiencia de nuestros padres.

Mis padres, como los padres de la mayor parte de mi generación, son estrictos contemporáneos de los baby boomers anglosajones y de los soixante-huitards parisinos. Sin embargo, se perdieron buena parte de lo que ellos vivieron. No supieron nada de la nueva sexualidad, del rock, de la literatura de vanguardia ni de las nuevas reivindicaciones políticas. En parte, en mi caso, porque eran instintivamente conservadores, pero también, en buena medida, porque su único empeño era progresar en un entorno social cada vez más abierto –sobre todo a partir de 1982– y un mundo de nuevas posibilidades debidas a circunstancias políticas, demográficas y económicas irrepetibles. Su vida ha sido una historia de modesto éxito, pero, vista con nuestros ojos, un enorme aburrimiento o, si se prefiere, un largo y sostenido ejercicio de contención. Un cierto recuerdo de los sacrificios, un tímido asombro ante lo que iban consiguiendo, un empeño titánico en que sus hijos tuvieran lo que ellos no habían tenido: todo redundaba en que su vida fuera perfectamente ortodoxa, una línea recta trazada casi desde el nacimiento que cubría ordenadamente los estudios, el noviazgo, la mili, la boda, los hijos, el abandono por parte de ellos del hogar y la jubilación. No había espacio para más ni para menos. Sin duda, muchos no siguieron este plan centenario ni conocieron la cultura pop, el sexo prematrimonial y los divorcios. Sin duda, muchos fueron osados políticamente y se implicaron a fondo con sus creencias. Y sin duda, muchos conocieron las súbitas ruinas o fortunas que la nueva economía –la del ladrillo, la del pelotazo, la de los nuevos ricos– alentaba. Pero sin duda también fueron una minoría. Si en buena parte de Occidente el 68 marcó el fin del consenso que garantizaba progreso material pero exigía ortodoxia moral, aunque solo fuera aparente, en España el consenso durópor lo menos hasta el fin del franquismo, y probablemente mucho más allá. Los niños de la democracia tuvimos mayoritariamente una familia tradicional, laxamente católica y privada de grandes experiencias.

En lo que quizá sea la mayor paradoja de mi generación, muchos de nosotros quisimos lo mejor de los dos mundos. Por un lado, sin duda, deseábamos ese progreso material aparentemente constante. Por el otro, evidentemente, queríamos divertirnos. Queríamos reunir, además de más cosas, muchas más experiencias. Quisimos estudiar en el extranjero con la beca Erasmus, pasar los veranos recorriendo Europa con el Interrail, acostarnos con gente exótica. ¡Al fin éramos europeos! También decidimos alargar los estudios con másters y doctorados, entrar muy tarde en el mercado laboral, postergar el matrimonio, disfrutar unos años de la vida en pareja antes de tener hijos, y después tener solo uno o dos.[*] Muchas de estas cosas no eran exactamente decisiones: ciertamente, era complicado ponerse a trabajar a la edad en la que lo hicieron nuestros padres –y por supuesto no hay nada de malo, sino al contrario, en la ampliación de los estudios–, y a consecuencia de ello todo lo demás se retrasaba. Pero lo que sí es cierto es que mi generación se ha divertido, por lo general, mucho más que la de nuestros padres. Ha decidido, como se dictaminó en los sesenta aunque aquí apenas nos enteráramos quince años más tarde, que la juventud es el espacio de la diversión y que debe durar mucho. Puede que esto no se materializara necesariamente en grandes experiencias, sino en pequeñas costumbres que, de hecho, marcaron una inmensa diferencia con respecto a las generaciones anteriores: los restaurantes dejaron de ser un lujo para los domingos, los conciertos y las copas eran habituales, las drogas blandas eran asequibles, la cultura pop era increíblemente absorbente, el consumo –de discos, de entradas de cine, de vídeos, de libros, de ropa de marca– era inmenso, aunque no barato. Después de todo eso, pensábamos, vendrían la estabilidad y el modesto pero progresivo enriquecimiento. Qué digo después de eso: vendrían la estabilidad y el enriquecimiento sin necesidad de abandonar todo eso, o no del todo, porque seguiríamos siendo jóvenes a los cuarenta. Una vez más, no nos hicimos la pregunta correcta: ¿eran esas dos cosas enteramente compatibles? ¿Lo eran si uno era, con suerte, un simple trabajador de clase media y no un exitoso profesional?

No nos hicimos la pregunta, pero si nos la hubiéramos hecho, sé que habríamos respondido que sí. Porque si algo dimos por hecho fue que nuestras decisiones –de estudios, de forma de vida, de procreación– no iban a tener un impacto real en la economía y en la sociedad en general. No quiero decir con esto, ni mucho menos, que uno deba encarar sus grandes encrucijadas vitales pensando en el equilibrio demográfico y la estabilidad macroeconómica; eso es imposible, además de indeseable. Pero sí creo que un adulto debe asumir los costes de sus decisiones presentes y pasadas, y también de las circunstancias en las que han tenido lugar. Y lo cierto es que en el modo en que planeamos nuestra vida –y estoy hablando de los jóvenes que pudimos ir a la universidad, porque los que abandonaron temprano los estudios para ganar dinero en la construcción y las industrias dependientes de ella lo tienen aún peor– no tuvimos en cuenta la posibilidad de una crisis como la actual. Esto no tiene nada de particular: si no la contemplaban los economistas, ¿cómo íbamos a hacerlo nosotros al elegir la carrera o romper con la novia? Sin embargo, si hubiéramos leído los libros de historia adecuados, sabríamos ahora que, simplemente, estamos en una crisis como las que han asediado a casi todas las generaciones, y que de ellas se sale con astucia, riesgos, algo de suerte y, sobre todo, con los brazos abiertos al cambio. Pero como no lo hicimos, la sensación actual es, llanamente, de estafa: nos han robado algo a lo que teníamos derecho. ¿Por qué no vamos a tener trabajos para toda la vida como nuestros padres? ¿Por qué no vamos a tener edades de jubilación tempranas y pensiones como las suyas? ¿Por qué el Estado no va a ser tan generoso con nosotros? Una primera respuesta es sencilla: nuestros padres, además de sacrificarse mucho, han tenido la fortuna de vivir en tiempos pujantes y han construido entre todos unas leyes y unas prestaciones que les benefician, esencialmente, a ellos. La segunda respuesta es farragosa: en parte, porque con nuestras decisiones lo hemos imposibilitado.

No quisiera que esto pareciera un alegato conservador. No estoy propugnando un regreso a los valores de nuestros padres: volver a ellos me parece no solo imposible, sino de nuevo, en muchos casos, indeseable. He vivido como lo ha hecho la mayor parte de mi generación, y esa forma de vida me parece buena, más libre y en ciertos aspectos mucho más rica. Pero lo que no podemos hacer ahora es reclamar una deuda que no hemos contraído con nadie más que con nosotros mismos, o si acaso con nuestros hijos, que van a pagar casi todo lo que el Estado ha hecho por nosotros en estos años. Y debemos asumir las consecuencias increíblemente complejas que nuestra forma de vida va a tener en el futuro. Es indudable que no todos los ciudadanos tenemos el mismo grado de responsabilidad en la aparición de la crisis en la que nos encontramos –y mucho menos la generación que me sigue y llega ahora a una vida adulta particularmente sombría–, pero presentar la calamidad actual y sus inminentes consecuencias como un invento de unos pocos privilegiados de los que todos los demás somos víctimas pasivas es quizá el acto supremo de irresponsabilidad de los que ahora andamos en la treintena. No, nosotros también contribuimos a crear esta crisis con nuestra forma de vida, con nuestras elecciones de formación y consumo, con el exceso de expectativas que depositamos en un cierto conservadurismo –todo debe seguir igual– mezclado con un peculiar progresismo –todo seguirá igual de bien aunque lo cambiemos casi todo–.  Y esta ilusoria receta política nos va a hacer particularmente vulnerables a la vida que tenemos ante nosotros: no ya a nuestras angustias actuales, que muy probablemente superaremos en un momento u otro aunque sea con un número catastrófico de perdedores, sino con respecto a nuestra idea de cómo va a ser el resto de nuestra existencia. Menos Estado, menos estabilidad, más años de trabajo, una jubilación menos dorada. No creo que nada de esto sea necesariamente deseable, y decir que nos lo hemos buscado sería una forma de moralismo repelente. Pero si queremos tomarnos en serio a nosotros mismos debemos reconocer que al menos hemos contribuido a ello. Resulta que sí, que las decisiones tienen consecuencias. Y creer que lo que se consigue en los buenos tiempos es un derecho que nadie puede cuestionar en los malos tiene consecuencias psicológicas y sociales arrasadoras. Para empezar, la amenaza del populismo.

En un estudio reciente sobre la crisis demográfica, el Financial Times afirmaba que:

 

tanto en la Unión Europea como en Estados Unidos, está creciendo la ansiedad ante la idea de que la política esté cada vez más influida por las luchas por los recursos entre generaciones: los jubilados lucharán por mantener los generosos programas sociales y los jóvenes sentirán resentimiento por la carga fiscal que deberán soportar.

 

Esto no se ha producido todavía en España, y es posible que no se produzca por la singular fortaleza de la familia española y el respeto que la mayor parte de nosotros sentimos ante los logros económicos y políticos –y afectivos– de nuestros padres ya jubilados. Pero, en cualquier caso, sí es evidente que, con resentimiento o sin él, debemos empezar a asumir que, en efecto, viviremos en muchos aspectos peor que nuestros padres. En buena medida, porque decidimos que en otros aspectos íbamos a vivir mejor que ellos. Yo creo que con el trueque hemos salido ganando. Tengo la sensación, sin embargo, de que muchos de mis coetáneos creen que no, pero no quieren despojarse de ninguno de los factores de la operación, aunque sea pura matemática. Es una opción, creo, poco responsable. La libertad heredada o ganada no siempre trae consigo una mayor comodidad. La historia está llena de ejemplos de ello. ~



[*] Soy consciente de que yo no cumplo del todo con esa descripción: abandoné los estudios pronto, empecé a trabajar con veintiún años, lamentablemente nunca logré acostarme con una extranjera y, aunque empecé a vivir en pareja relativamente pronto, aún no tengo hijos. En cualquier caso, tampoco mi vida ha seguido la tradicional sucesión de etapas.