Ezra Pound, espía | Letras Libres
artículo no publicado

Ezra Pound, espía

A partir del delirio en sus discursos radiofónicos, una novela que hace de la vida del poeta una trama de espías.

 

El 21 de enero de 1941 fue la primera transmisión de Ezra Pound desde Radio Roma, la primera de una serie que se prolongaría hasta  1943 y que le costaría, al poeta, la detención en un campo del ejército de los Estados Unidos en Pisa y su  confinamiento, tras ser declarado loco, en el pabellón psiquiátrico de St. Elizabeth, en el cual permanecería hasta su liberación, doce años después. A Pound, el gobierno de los Estados Unidos lo acusó de traición a la patria por haber hecho propaganda de manera abierta, activa y contumaz en favor de una potencia enemiga –la Italia de Mussolini, parte del Eje con la cual los Estados Unidos estaban en guerra desde diciembre de 1941.  Pound adujo su derecho constitucional a la libre expresión y así lo pensaron sus defensores, poetas como Archibald MacLeish y Robert Frost, quienes lograron la liberación de un hombre cuyas ideas políticas les parecían siniestras. Y se lo dijeron a Pound, de quien nunca sabremos si estaba loco o se hacía el loco. Lo que importa, lo dijo Alfred Kazin, es que representó fiel, dramáticamente, a la locura, al mal juicio, al desdén brutal por la persona humana y su inviolabilidad que caracterizó las ideas seculares de tantos intelectuales. Pound regresó a Italia, en 1958, haciendo el saludo fascista desde la cubierta del barco en el que venía llegando a Nápoles. Parece que el remordimiento llegó a aturdirlo y muy al final de su vida le confío a Allen Ginsberg que su peor error había sido someterse al antisemitismo, ese “prejuicio suburbano”.

Antes del ataque a Pearl Harbor, el Dr. Ezra Pound (así pedía que lo presentaran) instaba a sus compatriotas que impidiesen la participación de su país en una guerra, según el poeta, maquinada por el capitalismo financiero (fuente de la “usura”) y sus jefes, los plutocrátas judíos. Estos actuaban a través de Roosevelt y Churchill, sus supuestas marionetas, quienes fueron infamados una y otra vez por el poeta, más soez que erudito, convertido en clon de Lord Haw–Haw, el locutor nazi inglés que trasmitía a Londres desde Berlín.

Para leer las transmisiones radiofónicas de Pound se necesita estómago: sólo están un grado por debajo de los panfletos antisemitas de Céline, aún prohibidos en Francia y motivo de que muchos judíos y antirracistas franceses se hayan negado en el 2011 a que con el dinero de sus impuestos se verifique un homenaje en su centenario. Tan descisivo como Céline, lo es Pound para la literatura moderna. Si como panfletarios son moralmente despreciables, tanto De un castillo a otro, del francés, como los fabulosos Cantos pisanos (1945–1946), del cosmopolita nacido en Idaho, expresan la endiabladísima complejidad a la que puede llegar  el hecho literario. Es sobrecogedor tan sólo empezar a leer, primero, los Cantos italianos, en su retahíla de homenaje a la muy dudosa heroicidad de los generales de Mussolini, que en manos de Pound parecen sombras salidas de la Eneida. Y qué decir de los Cantos pisanos, el gran poema de la Segunda Guerra Mundial, según Connolly, cantos memorizados y empezados a escribir en la jaula de dos metros, al aire libre, donde Pound fue enterrado en vida durante sus primeras tres semanas en Pisa.

Los discursos radiofónicos de Pound era tan delirantes, invectivas antisemitas soliviantadas por citas chinas y referencias monomaníacas a los padres fundadores, que un oficial italiano pensó que el poeta era un agente doble trasmitiendo en clave. Esta idea, esta suspicacia, es la materia apasionante de El espía (Anagrama, 2011), la novela del español Justo Navarro (1953), quien reconstruyó, con economía y verosimilitud, no sólo los hechos (al alcance de cualquiera gracias a las  biografías), sino lo que pudo ocurrir (el afán hipotético del novelista osando ejercer su arte) en la mente de Pound desde que fue detenido por los partisanos y les pide ser llevado con el presidente Truman para aconsejarlo con la sabiduría de Confuncio, hasta el juicio, suspendido por la decisión salomónica, conveniente tanto para el acusado como para el gobierno, de declararlo mentalmente irresponsable de sus actos. Lo que pasó después, los años de Pound  en St. Elizabeths, manicomio convertido en la ermita de un sabio obsequiado por sus admiradores o en la torre donde el poder encerraba al loco por decir la verdad, según se vea, sale del foco de El espía. Navarro no  abusa de materia literaria tan rica y abandona a Pound cuando necesita explicarle al lector por qué su personaje –un traductor del italiano aquejado de mal de amor– necesitaba del poeta, decisión que muestra al verdadero novelista y no al mero refriteador de temas históricos, tan abundante hoy día.

Simula Navarro una novela de espionaje y fabula con Manganaro, el policía italiano que a sus cien años sostiene que Pound fue un doble agente; recurre a un argumento más propio del pedagogo que del espía y muy ilustrativo del azoro que un europeo moderno podía sufrir ante la nobleza, la inocencia y hasta la puerilidad de la democracia estadounidense, la que en 1948 le concedió a Pound, preso por alta traición, el Premio Bollingen de la Biblioteca del Congreso. Esa reparación, sostiene Manganaro en El espía, sólo podía ser un pago al agente doble por los costos de su tragedia pues Pound, como todos los fanáticos era un ingenuo, dice el policía, pero no un imbécil.

Me gustó que, en El espía, Navarro no condescienda con Pound y no mime al antisemita con el crédito del genio. Estará de acuerdo el novelista español con lo dicho por Daniel Bell a propósito de Ezra Pound y de sus prisiones: “Debemos distinguir entre quien explora el mal y quien lo aprueba. Apreciemos la obra, penosamente lograda de quien, pagando un costo personal altísimo, pasó una temporada en el infierno. Pero ello no significa honrar a un hombre que abogada por una forma de vida que hacía del mundo un infierno.”