artículo no publicado

“España no es diferente”

John H. Elliott (Reading, 1930) ha iluminado muchos aspectos de la historia de España: la tensión entre unidad y diversidad, la relación con América, la decadencia y los intentos de reforma, el clima intelectual y los límites de la política. Ha desmontado leyendas y tópicos, ha situado el siglo XVII español en un contexto amplio, y ha participado en los grandes debates de su disciplina. Su obra incluye clásicos como La rebelión de los catalanes (Siglo XXI), La España imperial (Vicens Vives), El Viejo Mundo y el Nuevo (Alianza), El conde duque de Olivares (Crítica) o Imperios del mundo atlántico, pero también colecciones llenas de ensayos memorables como España y su mundo (1500-1700) y España, Europa y el mundo de ultramar, o una autobiografía sobre su trayectoria como historiador, Haciendo historia (estos cuatro últimos libros publicados por Taurus). En toda ella hay un impulso desmitificador, una búsqueda rigurosa de la exactitud y un esfuerzo por comprender y explicar la complejidad de los mecanismos históricos.

A lo largo de su carrera ha criticado la idea del excepcionalismo español, la creencia en que la historia de España no era homologable con la de otros países. ¿Hasta qué punto perdura esa visión y cómo describiría la relación de los españoles con su historia?

He pasado la vida intentando desmitificar y eliminar ese concepto. Cada país siente que es excepcional. En ese aspecto, España no es diferente. Pero tal vez este sentimiento sea más intenso, por varias razones. En primer lugar, por haber sido el gran pionero del imperialismo europeo. En segundo, a causa de su declinación parecía un país atrasado desde el punto de vista de otros países europeos de los siglos XVIII y XIX. El fracaso de tantos intentos de modernizar España desde fines del XVIII hasta casi fines del siglo XX produjo un sentimiento muy arraigado de España como fracaso. Hay una combinación de autocrítica y de la visión de los otros. Por ejemplo, cuando la generación del 98 buscaba las causas de los fracasos de España, encontró una esencia que no se prestaba a la modernidad. Pero también había otra visión: la de quienes estaban orgullosos de que España no hubiera seguido la trayectoria de otras partes de Europa occidental, y de que hubiera conservado lo que veían como los valores trascendentales de la antigua España: su pureza religiosa, la idea de defender y proteger los valores que otras naciones habían perdido con la secularización y el racionalismo... El Ministerio de Información y Turismo de Franco, que dirigía Manuel Fraga, escogió el lema de “España es diferente”, una exaltación de la singularidad de España. Ahora ese sentimiento no está tan enraizado: España se siente un país europeo, modernizado, mucho más laico y, en muchos aspectos, equivalente a otros países europeos.

Vino a España por primera vez en 1950. ¿Cómo recuerda esa primera visita?

Era un país muy diferente: miserable, con muchísima pobreza. Recuerdo a los niños mendigos. Al mismo tiempo me impresionó la dignidad de los españoles en un momento en el que el ambiente político era sofocante: la presión, la insistencia del régimen en la pureza de su ideología, el rechazo de cualquier alternativa a las actitudes e ideología del régimen. Notaba eso especialmente en Cataluña. Por primera vez, como joven inglés, vi lo que era vivir en un país con un régimen autoritario que no permitía libertad a sus ciudadanos. También fui a una España ensimismada, encerrada. Sus contactos, especialmente intelectuales, estaban limitados por la censura, por la falta de recursos que no permitía a los jóvenes viajar fuera del país. Todo eso ha cambiado.

Es un cambio que llega con la transición.

Influyó mucho en la conciencia de las generaciones de las últimas tres décadas del siglo XX. Vino un nuevo optimismo con la europeización y la modernización, con el gran impulso económico. Ha cambiado la manera en que la nueva generación de historiadores españoles, algunos de los cuales son muy buenos, piensa en la historia de su país. Ahora no hay tanta preocupación por los fracasos de España o sus diferencias. Se han interesado más por la capacidad de supervivencia del Imperio español en las Indias durante tres siglos. Temo que con la depresión económica pueda desaparecer ese optimismo. Hay un peligro de regresar a la historia de España como una historia fracasada. No creo que vaya a pasar, en parte porque otros países están sufriendo los mismos problemas económicos. Pero yo, por lo general, soy optimista y creo que hay una nueva generación muy formada de españoles.

¿Qué usos tiene hoy el estudio de la historia?

Hay una gran falta de conocimiento de la historia. Ocurre en otras partes de Europa: generaciones que solo piensan en su momento, que desconocen o distorsionan la historia, como vemos en la manipulación que realizan los nacionalistas. Es un peligro. Hay que poner estas crisis en una larga perspectiva, y eso pasa igualmente con los estadistas. Si no tienen sentido histórico, surge la posibilidad de perder el rumbo, de caer en el oportunismo sin pensar las consecuencias de lo que están haciendo. Lo vemos en políticos europeos contemporáneos. Los historiadores tenemos que mostrar la complejidad de cualquier momento histórico importante: probar que había varias opciones abiertas, que hay que entender por qué se escogió una y no otra, comprender el papel de los individuos, de la cultura política del momento. Y también enseñar que nuestra generación no tiene las mismas preocupaciones que las del XVII o el XVIII, por ejemplo, que reaccionaron de otra manera porque tenían otras prioridades, como la defensa de la fe, que no es una preocupación de este momento.

Al leer sus libros es curioso ver la persistencia de algunos problemas: las dificultades de financiación, los límites de lo que se puede hacer en política. El proyecto clave de un gran estadista como Fernando el Católico es la política sucesoria, pero no termina como él esperaba.

Es la contingencia. Cuando Harold Macmillan era primer ministro, le preguntaron sobre las dificultades más graves a las que debía enfrentarse. Su respuesta fue: Events, dear boy, events. “Los acontecimientos, hijo mío, los acontecimientos.”

Una de las características que ha destacado de la historia de España es la tensión entre la unidad y la diversidad.

Es un aspecto fundamental, aunque no únicamente español. Se percibe en Gran Bretaña, en Estados que surgen de monarquías compuestas desde el siglo xv. Empecé a ser consciente de la pluralidad al comenzar mis investigaciones sobre la historia de Cataluña en el siglo XVII. Vi la tensión permanente entre Cataluña y la región castellana cuando hablé con el historiador exiliado Josep Maria Batista i Roca, en Cambridge, antes de empezar mis investigaciones sobre la época del conde duque de Olivares, y cuando fui a Barcelona para investigar en los archivos y me reuní con historiadores tradicionalistas, especialmente con Ferran Soldevila, quizá el último de una gran generación de historiadores un poco románticos, nacionalistas. Vi que la historia de España no se puede narrar desde el punto de vista del gobierno central o de Castilla. Es algo parecido a lo que pasó en Gran Bretaña, donde el relato inglés ha dominado la historia de las islas hasta hace unas décadas. En España se construyó un relato basado en Castilla. Había dos narraciones distintas con elementos de verdad y elementos de ficción. Viniendo desde fuera y con cierta imparcialidad, quería desmitificar tanto la historia castellana como la historia catalana. En mi primer libro, La España imperial, esa tensión era el hilo conductor. Los anhelos de unir la península se ven en muchos momentos, no solo en el siglo xv y xvi bajo los Reyes Católicos y los Habsburgo, sino también en las Cortes de Cádiz. Y surge esa cuestión: ¿es uno catalán o español, aragonés o español? Hay una tensión eterna tanto dentro de las sociedades como de los individuos. Quería identificar por qué en unos momentos esas tensiones fueron tan importantes y en otros no, qué hace que en unos momentos los escoceses o catalanes hayan pensado en tomar el camino de la secesión y no en otros.

¿Por qué el nacionalismo catalán ha elegido como punto de referencia el 1714, que acaba con la supresión de los fueros, y no el éxito inicial de 1640?

En 1640 la sociedad estaba más dividida. Luego, 1714 es más cercano. Pero no siempre ha tenido la importancia en la mentalidad colectiva de los catalanes que tiene ahora. Se han exaltado, y con razón, muchos logros de la Cataluña medieval y se ha hablado de la pérdida de sus constituciones. Pero después, durante el siglo XVIII, hubo una creciente aceptación de la presencia de Cataluña como parte de España, e incluso un proyecto de los catalanes para catalanizar España. Ahí 1714 perdió algo de importancia. Últimamente se ha renovado, sin duda en parte por la coincidencia del tricentenario con este nuevo auge del nacionalismo y por la explotación del acontecimiento por los políticos actuales. La mayoría de las naciones deciden recordar sus grandes victorias. Sin embargo, los catalanes han elegido el momento de la derrota, lo que apunta a un tipo de victimismo que ha influido mucho en la historiografía catalana de fines del XIX y del siglo XX, hasta la llegada de una nueva generación encabezada por Vicens Vives, que quería eliminar esa postura, donde existe la tendencia a culpar a los otros de los lastres de Cataluña y no se piensa en la complejidad de un momento y de las divisiones internas dentro de la propia sociedad.

Uno de sus grandes libros es la biografía del conde duque de Olivares. Hubo una época en la que era un género desprestigiado por movimientos como la escuela de los Annales.

Me impresionó mucho la magna obra de Braudel, pero los planteamientos de los Annales siempre me parecieron demasiado deterministas. Desde el principio fui consciente del papel de los individuos y cuidé no perder de vista la función de los acontecimientos en el desarrollo histórico. Desarrollé ese interés por el conde duque de Olivares en parte gracias al retrato de Velázquez que vi por primera vez en el año cincuenta. En comparación con Richelieu, había muy poco en la historiografía europea que hablara de manera inteligente del conde duque y sus políticas, ya que la historia suelen escribirla los vencedores y no los derrotados. Cuando decidí estudiar España y la decadencia, vi que una manera de entrar en esa sociedad era investigar las ideas, los planteamientos, la política doméstica e internacional del conde duque como el hombre que llevó la dirección de España desde 1621 hasta 1643. Me daría una idea a la que no se podía llegar solo a partir de la estadística de las remesas de plata de América, o incluso de los cambios demográficos o las pestes. Aunque esas cosas tienen una gran importancia hay que pensar también en la política. La historia política estaba algo desprestigiada, especialmente por los franceses, no tanto por los ingleses, después de la Segunda Guerra Mundial. Y yo quería reconstruir el equilibrio entre el individuo, la sociedad, la política y la economía. Puesto que Olivares se interesaba por todo y veía la decadencia de España como algo que debía frenar, pensé que sería fascinante seguir la trayectoria política e intelectual de este gran hombre de Estado: en los últimos años de hegemonía española en Europa, estudiar por qué fracasaron sus intentos y las consecuencias de ese fracaso. No fue fácil, debido sobre todo a la destrucción de su archivo personal a finales del XVIII. Tuve que buscar documentos, recuperar sus ideas en cartas enviadas a otras personas, en informes de embajadores extranjeros. Fue una búsqueda de quince o veinte años, aprendí muchas cosas. Pero cuesta mucho estudiar una vida y hay peligros en un planteamiento biográfico. Ahora existe un grupo, dirigido por Isabel Burdiel, que investiga la biografía como una forma de estudiar la historia y es interesante ver cómo en España la biografía histórica seria va ganando prestigio. Se han publicado buenos libros: el de Cayetana Álvarez de Toledo sobre el obispo Palafox es una obra de gran importancia histórica para entender no solo la época olivarista sino la América española y sus relaciones con España. La biografía tiene su papel en el gran reto historiográfico y me alegro de que tenga más impacto que hace años. Los extranjeros han contribuido mucho, como mi antiguo alumno Geoffrey Parker, con su biografía de Felipe II.

También ha estudiado la conquista de América. Ha prestado una atención especial a los cambios sociales, culturales y políticos que produjo no solo en América, sino en la propia Europa.

Se había hablado mucho del impacto de Europa sobre las civilizaciones americanas, pero no tanto del impacto sobre España y sobre Europa. Desde finales de los sesenta, me interesaba el tema de la relación mutua entre esos dos mundos. Utilicé en el título de uno de los capítulos de El Viejo Mundo y el Nuevo el sintagma Atlantic world, que ahora se usa a menudo: la historia atlántica. Los departamentos de historia de España y de historia de América española estaban separados en las universidades españolas. No había intercambio, lo que era absurdo, porque la influencia mutua era constante entre ambos lados del Atlántico. He intentado promocionar la idea de la historia atlántica. Hay historiadores como Bernard Bailyn que hacen lo mismo para Inglaterra y Estados Unidos y Canadá. Cuando me jubilé en el año 97 tenía el proyecto de comparar los dos mundos, las colonias británicas y españolas, pero no solo desde el punto de vista de lo que estaba pasando en el nuevo mundo, sino también de la influencia de América sobre Europa y de Europa sobre América. Era una historia demasiado ambiciosa pero que aspiraba a mostrar las posibilidades de una visión de conjunto.

Al comparar la América española y la América británica, desmonta la idea de un imperio de conquista frente a un imperio comercial.

Son estereotipos reduccionistas y simplistas. Si uno piensa en Hernán Cortés, fue un gran conquistador pero también un gran empresario: con la fabricación de azúcar o las exploraciones de la costa pacífica de la Nueva España. No había falta de capacidad en cuanto a proyectos dinámicos. Pero había muchas cosas en contra, especialmente la política internacional: los Habsburgo y sus constantes deudas, la necesidad de recurrir a los banqueros genoveses que fueron acaparando la economía española y destruyendo las posibilidades de los financieros españoles nativos. La gente más rica de la España del xvi puso su dinero en inversiones más seguras que apoyar a sus monarcas. Hubo una serie de factores que obstaculizaron el desarrollo económico de España desde finales del xvi y principios del XVII. Hay que tener en cuenta todos estos hechos y evitar otro tipo de esencialismo que diría que los españoles no son capaces de crear economías vibrantes. Mucho depende del momento elegido, de la política escogida por la clase gobernante. No todo fue la extracción de plata en el Imperio de las Indias. También hubo mucho desarrollo económico. Había otra diferencia con respecto a la América británica: poblaciones sedentarias de indios mucho mayores que en América del Norte. Eso influyó mucho en el desarrollo de la América española, por la necesidad de incorporar a los que quedaron tras la catástrofe demográfica del xvi en una sociedad que se veía como una sociedad orgánica según los planteamientos de los grandes teólogos medievales. Intentaron cosas que no interesaron tanto a los ingleses, que se encontraron con poblaciones menores que expulsaron a los límites de sus colonias. En cambio, los españoles exportaron con gran éxito una civilización urbana: se esparcieron por toda América fundando ciudades. Dentro de ellas se construían sociedades que se sentían parte de un conjunto presidido por un monarca benévolo, al menos en principio, a pesar de lo que hacían sus funcionarios, a menudo corruptos, y sus ministros. Esa visión de una sociedad atlántica perduró hasta las Cortes de Cádiz. Ambos lados del Atlántico formaban una sola nación, tanto en la mentalidad de los ministros de Carlos III como en la de los grandes reformistas de las Cortes de Cádiz. Pero, por otras razones, entonces era demasiado tarde para salvar esa visión.

Ha escrito que la historia refleja las obsesiones del presente. Y que cuando decidió estudiar la España del siglo XVII había un paralelismo con el Reino Unido después de la Segunda Guerra Mundial.

También hubo razones historiográficas. Se había hecho mucho sobre el gran siglo y había poco interés en el siglo XVII, salvo en la literatura y su arte, que se habían estudiado mucho. Pero la decadencia en sí no se había estudiado tanto y cuando se investigaba era generalmente desde el punto de vista de la historia económica. Yo era de la primera generación británica de la posguerra. Habíamos ganado una guerra a un precio enorme. Luego llegó la pérdida de la India y otras partes del Imperio británico. Se hablaba ya a finales de los años cincuenta y sesenta de la decadencia de Gran Bretaña en comparación con lo que había sido en los siglos XIX y XX. Quizá por eso me interesó el tema de la decadencia y tomé cierta simpatía a esa generación gobernante que intentaba frenarla: es lo que intentaban hacer algunos de nuestros políticos en esos años. Quizá no fue casualidad que un inglés de la época posimperial estudiara la España en parte posimperial o poshegemónica. Entendía lo que querían hacer y por qué querían hacerlo.

Antes de que se produjera la decadencia ya había un discurso sobre la decadencia.

En la civilización europea hay un tema tradicional sobre el auge y la caída de los imperios. Los españoles metieron su historia dentro de una visión cíclica del movimiento de la historia. El ejemplo de Roma fue fundamental. Al principio se preciaban de ser los nuevos romanos que conquistaban el mundo. Después pensaban que con la conquista llegó la riqueza, con ella la afeminación de las élites y con esta la decadencia. Creían que ese ciclo se repetía. Y les ayudaba a explicar lo que estaba pasando. Pero también hay una visión del papel de la providencia en la historia de la civilización que no tenían los romanos. Nada estaba determinado porque Dios lo dominaba todo y, si Dios no quería el hundimiento de España, la salvaría. Eso pensaban Olivares y Felipe IV. Cuando las cosas iban mal, se acusaban de sus propios pecados y esperaban que la providencia interviniera para cambiar lo que parecía predeterminado.

España se encuentra con un imperio y durante un tiempo improvisa la forma de gestionarlo. Pero después parece que hay una especie de cierre.

Ese cierre se produce, en parte, por razones de religión y por el impacto de la Inquisición: la falta de tolerancia, el rechazo de la pluralidad intelectual por la dominación de una Iglesia bastante, aunque no totalmente, monolítica. En el siglo XVII los holandeses primero y luego los ingleses se dieron cuenta de que era posible la coexistencia de dos o más religiones en una sociedad sin destruirla. Fue una gran novedad y vino muy poco a poco. Pero el éxito de los holandeses como una sociedad que toleraba a los católicos y a pesar de eso prosperaba iba en contra de todas las ideas recibidas. El cierre se ve incluso en el siglo XVIII en la reacción ante obras como la Historia de América de William Robertson, que al principio se aceptó y luego recibió grandes críticas, o con los problemas que tuvo La riqueza de las naciones de Adam Smith. No se aceptaban, por razones religiosas y tradicionalistas, las nuevas ideas que venían de otras partes de Europa. Hay núcleos, como Sevilla a finales del XVII, donde entraban nuevas ideas sobre la medicina gracias a la presencia de mercaderes europeos. Había partes de España más abiertas que otras. Pero dominaba una visión muy monolítica en una época en la que otras partes de Europa descubrían las posibilidades que ofrecía el pluralismo intelectual y religioso.

Olivares tenía una preocupación más: la pérdida de calidad de las élites.

Se quejaba de que los nobles no querían luchar en los Tercios, por ejemplo, o de que faltaban cabezas. En parte, quizá, porque marginaba algunas de estas posibles cabezas siendo muy autoritario. Parece que hay un colapso de la visión que influyó mucho en las generaciones anteriores, de esa lucha por España, por la fe, por la defensa de sus valores, la defensa de Europa frente a los turcos y los herejes de todo tipo. Los grandes gastos de esas guerras llevaron a un agotamiento y a una creciente preocupación por su impacto y por la gran expansión de la monarquía en Castilla, en España, por cómo afectaba, si tenía tanta importancia conservar Flandes. Olivares, en un momento de exasperación, se pregunta: ¿Qué han hecho todas esas grandes conquistas en América por nosotros? Hay un proceso de ensimismamiento. Al principio, los arbitristas buscaban las causas de los problemas de principios del XVII. Algunos llegaron a conclusiones muy acertadas. Detectaron que era una sociedad que dependía demasiado de instrumentos de crédito, como juros y censos, y que no estaba invirtiendo en la agricultura y la industria. Algunos ofrecieron soluciones inteligentes a esos problemas, pero permanecía el afán de salvar la hegemonía española en Europa y al final España no pudo aguantar los gastos. Las rebeliones de Portugal y Cataluña en 1640 son para mí el momento clave: alguna gente empieza a pensar que España hace demasiadas cosas, se cree que los holandeses y los ingleses están superando a España y que hace falta cambiar la sociedad, modernizar. Olivares lo estaba intentado, pero quería reformar y conservar la reputación de España al mismo tiempo. Y las dos metas resultaron incompatibles.

¿Por qué Portugal siguió siendo independiente y Cataluña regresó a la Corona doce años después?

Es un tema interesante que ni siquiera ahora se ha estudiado a fondo. En primer lugar Portugal se incorporó tarde, en 1580. Tenía la tradición de ser un Estado distinto, con sus propios monarcas, y entró con la aceptación de las clases dirigentes portuguesas, en parte por el enorme lastre de la batalla de Alcazarquivir, en el norte de África, donde murió una generación de nobles portugueses. Pensaban, con razón al principio, que España era más capaz de conservar el imperio asiático, africano y atlántico que habían ganado en el siglo xv y xvi. Había una tradición de independencia, una familia real que sobrevivía hasta cierto punto con los duques de Braganza y un imperio. Cuando empezó a perder ese imperio, en los reinados de Felipe III y Felipe IV, por los ataques de los holandeses y los ingleses, no había tantas razones para mantenerse dentro de la monarquía hispánica. Al producirse la sublevación de Cataluña en junio de 1640, algunos portugueses pensaban en la posibilidad de recuperar la independencia perdida y de hecho hubo una conspiración, un golpe de Estado, a principios de diciembre. En ese momento no estaba nada claro que fuera a prosperar la rebelión portuguesa. Pero tenía ventajas que no tenía la catalana. El imperio en sí era una ventaja, sobre todo por el azúcar de Brasil. Otros europeos tenían mucho interés en esa riqueza. Los ingleses y los holandeses apoyaron el movimiento independentista en Portugal. En cambio, el Mediterráneo no ofrecía las posibilidades del Atlántico. Otras naciones no tenían intereses para apoyar la rebelión catalana: los franceses lo hicieron por razones políticas, pero cuando buscaban la paz con España estaban dispuestos a retirar su apoyo. Y ocurrió lo mismo con los ingleses en 1714: no había recursos económicos que hicieran atractivo apoyar a los catalanes. En cambio durante todo el siglo XVIII, como en el XVII, Inglaterra fue el gran aliado de Portugal, con toda su riqueza brasileña. También hay que tener en cuenta que la incorporación de Cataluña y la Corona de Aragón en la monarquía fue en el siglo xv. Cataluña no fue un Estado único porque formaba parte de una confederación aragonesa y los reyes aragoneses se incorporaron a la dinastía que regía toda la península. Al principio de su rebelión se encontraba aislada, no tenía el apoyo de Aragón ni de Valencia. Después de unas semanas de intento de independencia, se puso bajo la protección de los franceses y luego los franceses retiraron su apoyo. Para ellos no fue una prioridad apoyar hasta el final una política que había iniciado Richelieu en Cataluña. Marginados, aislados, no pudieron sobrevivir como Estado independiente, y lo mismo ocurrió en 1714.

Las monarquías compuestas como la España de esa época se han considerado estructuras problemáticas, anticuadas. Usted señala que hay paralelismos entre ellas e instituciones supranacionales actuales.

La historiografía europea durante el XIX y buena parte del XX estaba obsesionada con la construcción del Estado-nación, sin tener en cuenta que había muchos Estados compuestos de una manera u otra. Había presiones desde abajo que venían del siglo XIX, del romanticismo, como las teorías de Herder sobre la esencia de la nación, pero aumentaron con la política de Woodrow Wilson en Versalles, según la cual cada nación tenía derecho a la autodeterminación. Eso facilitó el auge de los pequeños nacionalismos. Ahora la Unión Europea, la globalización y las organizaciones supranacionales han traído presiones sobre el Estado-nación desde arriba. Estamos adaptándonos a esta nueva política, que en mi opinión hará necesario incrementar la descentralización. Habrá que conservar el Estado nacional para grandes proyectos como la cobertura sanitaria, pero muchos otros se pueden dejar en manos de las regiones e incluso de las ciudades. El Estado también tendrá que mediar entre las entidades supranacionales y las locales. Encontrar soluciones a estos problemas será el gran reto de las próximas generaciones de políticos. Hasta cierto punto las monarquías compuestas funcionaban bastante bien y durante mucho tiempo pudieron al menos disminuir la fuerza de los nacionalismos. No sabemos lo que habría pasado sin la Primera Guerra Mundial con respecto a esos Estados compuestos. Pero lo que se ve cada día con más claridad es que hay que ser muy flexibles para adaptarse a nuevas situaciones, pensando en soluciones del pasado de las cuales a veces podemos aprender algo, y ver si se pueden utilizar para afrontar los grandes retos que tenemos en este momento.

¿Reino Unido o España deberían volver a pensar en ese sistema para afrontar sus problemas actuales?

Tienen que hacerlo. Un Estado demasiado centralizado sería fatal en este momento. Aunque las situaciones son distintas: Reino Unido dio mucha más flexibilidad a Escocia en el XIX. Fueron siempre semiautónomos. Los catalanes han gozado de mucha autonomía desde la transición, pero durante mucho tiempo no tenían la flexibilidad de los escoceses. Otra diferencia es que hemos tenido muchos primeros ministros escoceses. No veo a muchos catalanes presidiendo gobiernos españoles desde Prim. Es una cuestión de flexibilidad por las dos partes, de un diálogo constante. Es imprescindible. Si no hablas con el otro no vas a entender nunca su punto de vista.

También ha trabajado sobre el arte del siglo XVII, y Velázquez ha sido influyente en su carrera.

Es una manera de entrar en otra sociedad. El Museo del Prado es un lugar fantástico para ello. Cuando estaba en Princeton tuve una gran amistad con Jonathan Brown y decidimos estudiar el Palacio del Buen Retiro como un aspecto de la política del conde duque, para iluminar la cuestión de la importancia del mecenazgo, tanto del rey como de la clase dirigente. Fue un buen tema, aunque difícil por la destrucción del palacio. Resultó fascinante buscar los documentos que pudimos encontrar y reconstruir poco a poco lo que se puede llamar una historia total del palacio, tanto los gastos de construcción, los usos, los cuadros que se consiguieron para decorar sus paredes, el papel del Salón de Reinos con su gran serie de cuadros de batallas, entre ellos La rendición de Breda de Velázquez. El edificio, hasta hace unos años el museo del ejército, todavía existe y en este momento ha quedado vacío y me gustaría verlo restaurado a su antiguo esplendor. Un palacio para el rey fue uno de los libros que más me gustó escribir. La vida del historiador es solitaria y es una suerte tener la oportunidad de discutir con otra persona, que ha visto la misma documentación que tú y tiene un punto de vista algo distinto como historiador del arte, con sus propios enfoques sobre los cuadros. Como vivía al lado de nuestra casa, nos veíamos tres o cuatro veces por semana y pasamos unos meses juntos en los archivos de España. Velázquez es importante para mí: tenía una visión muy sobria pero al mismo tiempo psicológicamente penetrante. Supo conservar la dignidad del rey y mostrar al mismo tiempo la flaqueza de ese hombre, las debilidades, sin perder la gravedad del más grande monarca del mundo. Y luego está su técnica extraordinaria.

Una parte del trabajo del historiador es la transmisión. Usted es maestro de muchos historiadores.

Me gusta compartir mis ideas y aprender de otros. He tenido la suerte de tener estudiantes muy buenos: Cayetana Álvarez de Toledo, Geoffrey Parker, Richard Kagan, James Casey sobre Valencia, Peter Bakewell sobre Potosí... Es importante dialogar, discutir, cambiar ideas, y la docencia es una manera de hacerlo. Te fuerza a exponer con claridad tus ideas, que a veces están muy mezcladas. Cuando tienes que dar un conferencia de cincuenta minutos debes hacer un esfuerzo de concentración, y tienes que conservar la atención de tu público.

Eso también está presente en su escritura.

Intento ser accesible, en parte es una tradición de la historia británica. Cuando estudiaba en Cambridge, cada semana debía escribir un ensayo de siete u ocho páginas y debatir y defenderlo ante el profesor. Desarrollas la necesidad de escribir bien dentro de tus posibilidades y de exponer con claridad tus argumentos. Y tenía un reto adicional. La gente no se interesa por la historia de otros países, o muy poco. Tenía el reto de hacer accesible la historia de España para los lectores británicos y norteamericanos y mostrar por qué un conocimiento de la historia de España era importante para ellos. Mi objetivo era demoler estereotipos que, como el de la leyenda negra, todavía no han desaparecido. Es una lucha constante. Si solo escribes para los historiadores no consigues la meta de presentar tu tema como un asunto importante del que debe saber algo la gente culta.

¿Siempre ha pensado que la desmitificación era una de las funciones del historiador?

Viviendo en Cataluña y al lado de Vicens Vives no había otra posibilidad. Vi la importancia de desmitificar constantemente. No vas a saber nunca la verdad total sobre ningún tema, pero si puedes hacer una reconstrucción plausible en cuanto a su aproximación a la verdad, y aceptable para tu propia generación, que tendrá intereses distintos de otras generaciones, estás consiguiendo algo.

Muchos de sus libros ponen la historia en contacto con otras disciplinas. Parece que, por ejemplo, cada vez le interesa más la historia comparada.

Forma parte de la idea de destruir el provincianismo que todos tenemos con respecto a nuestra propias historias. Es un estrechamiento de horizontes y estoy constantemente luchando contra él. La historia comparada es una manera de abrir un campo cerrado. Estoy trabajando en un libro que compara la historia de Escocia y de Cataluña. La historiografía escocesa es buena, pero todo se juzga dentro de un contexto escocés. Quería mostrar las similitudes y diferencias entre lo que pasaba en las relaciones de Escocia e Inglaterra y las que había entre Cataluña y Castilla. Espero que ayude a todos a ver sus problemas bajo perspectivas distintas. Pero estoy encontrando muy difícil escribir este libro, en parte por la dificultad de dominar dos historiografías, y en parte porque hay importantes diferencias como también hay semejanzas.

¿Cuáles son las diferencias más destacadas?

No hay un equivalente escocés en el XIX de la Renaixença catalana. Tener un idioma distinto es importante, pero aquí surge otra comparación: ¿por qué hay un movimiento secesionista en Escocia, que no tiene su propio idioma, y no en Gales, que lo tiene? Son problemas históricos fascinantes y probablemente sin solución. Pero tienes que intentar explicarlos en la medida de lo posible. El gaélico que se hablaba en los Highlands fue en general extirpado, mientras que el inglés en su versión escocesa se hablaba en los Lowlands. En Gales hubo una traducción galesa de la Biblia en el siglo xvi, y eso ayudó a conservar el idioma. Y otra enorme diferencia es la cuestión del Imperio británico. Los escoceses formaron parte del gran proyecto imperial británico de los siglos XVIII y XIX. Pero con la marginación de la Corona de Aragón de la conquista y colonización de América, y luego con la pérdida del imperio americano entre 1820 y 1830, no había tantas posibilidades para los catalanes de participar en un proyecto general. Había mucho interés económico por parte de los empresarios catalanes del siglo XIX en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero los catalanes nunca tuvieron la escala de la penetración de los escoceses en el Imperio británico, con sus posesiones en América del Norte, el Caribe, India y África. Es impresionante la contribución de Escocia al imperio. Y, mientras duró, hubo más interés por quedar dentro de la monarquía compuesta y del Estado compuesto por parte de los escoceses que por parte de los catalanes.

¿Qué constituye la identidad escocesa?

Están orgullosos, y con razón, de su larga historia como nación distinta y de sus grandes contribuciones a la civilización europea y mundial. En este momento hay una cierta exasperación con Londres, hay una sociedad más izquierdista que la inglesa, que siente, a veces de manera justificada y otras no, que los ingleses no los entienden, como dicen los catalanes de los castellanos. Y también el colapso de los otros partidos: el de los conservadores bajo Thatcher, y luego el de los liberales y del Partido Laborista en las últimas elecciones, ha creado un vacío de poder en el que ha entrado el Partido Nacional Escocés. No hay rivales y tienen algunos políticos muy hábiles. El desplome del Partido Laborista por autocomplacencia ha sido fundamental. Habían dominado la política escocesa durante mucho tiempo y después se han hundido. Nadie esperaba eso. El gran peligro, a mi modo de ver, es que si mi país sale de la Unión Europea, lo que no es imposible dada la locura de algunas personas, los escoceses pueden reclamar su independencia para seguir dentro de Europa. Lo veo muy peligroso. Y no es totalmente imposible. Los escoceses, como los catalanes, ven su destino en Europa, en la Unión Europea.

Una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión.

Hay otra gran diferencia: la existencia de una constitución escrita, que disminuye las posibilidades de flexibilidad en España. La ausencia de una constitución dio a David Cameron la oportunidad de decir a los escoceses: si queréis un referéndum, podéis tenerlo. Cameron fue bastante oportunista y no calculó los riesgos. Sorprendió lo que pasó en las semanas anteriores al referéndum, pero ya era demasiado tarde para cambiar el tipo de pregunta, entre otras cosas. Pero si los escoceses quieren su independencia y Londres no quiere o no puede impedirlo, tendrían la posibilidad de ponerse a la cola para entrar en la Unión Europea. No sé qué pasará si Londres permite la independencia de Escocia, pero estarían muy preocupados los belgas, los españoles, los franceses, por los peligros de imitación.

¿Ha llegado a alguna conclusión en el tiempo que lleva trabajando en su nuevo libro?

Mi visión general es que nada está predeterminado en esta vida. Hay momentos de un gran impulso nacionalista en el centro o en la periferia. Pero eso no quiere decir que venga la secesión o la independencia. La historia está abierta, no sabemos cómo va a terminar ni en Cataluña ni en Escocia. Eso es lo fascinante para un historiador. Puedes estudiar el pasado y seguir algunas pistas, pero no predecir el futuro. Por otro lado, también puedes mostrar que siempre hay varias opciones o caminos. Lo interesante es saber por qué una sociedad escoge un camino y no otro en un momento determinado. Es lo que intento hacer. ~