artículo no publicado

Elegía por Siria

Un ataque militar de Estados Unidos en contra de Siria quizá no logre todo lo que se cree que esta acción conseguirá. 

Un ataque encabezado por Estados Unidos contra el régimen de  Bashar al-Assad podría iniciarse en los próximos días. Dejando de lado consideraciones sobre la legalidad de este ataque, que muy probablemente no obtendrá la autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, vale la pena apuntar que si los objetivos que se pretenden con esta nueva estrategia parecen difusos e inanes es precisamente porque, en efecto, es muy poco lo que pueden conseguir. No extraña por tanto que incluso los aliados más cercanos muestren un persistente rechazo a semejante insensatez.

Si lo que se pretende es que los bombardeos provoquen el colapso del ejército y con este la caída de Assad resulta pertinente recordar la campaña aérea de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en la todavía Yugoslavia de 1999. Entonces, cerca de 38 mil misiones áreas durante cuatro meses seguidas por el despliegue de tropas no provocaron el colapso del ejército yugoslavo (tres veces menor que el sirio) ni la caída de Milošević, que finalmente ocurrió un año más tarde y vía elecciones.

Pero lo que sí logró esa campaña fue el desmembramiento del país, un éxodo masivo de refugiados y miles de bajas civiles (que dependiendo de la fuente oscilan varían entre 500 a diez mil).

Pretender que esta nueva fase podría concluir el conflicto sirio es absolutamente pedestre, y más bien evoca irremediablemente aquella imagen del Presidente George W. Bush, hace  exactamente 10 años, en un portaaviones con un letrero monumental a sus espaldas con la leyenda “misión cumplida”…

De suceder, debe esperarse que se acentúe aún más la profunda polarización entre los múltiples actores y que los ánimos del ejército sirio en contra de las guerrillas, y los de las guerrillas en contra del ejército se exacerben a un grado inédito. En este conflicto, el horror de una barbaridad es prontamente superado por la siguiente, aún más cruenta, prácticamente inverosímil. Obviamente, las narrativas de los grupos más radicales (como aquellos que claman la formación de un emirato islámico que abarque Siria e Irak) se inflamarán aún más, ganando así nuevos adeptos a lo largo y ancho del mundo musulmán.

Pero el verdadero infortunio de esta nueva estrategia recaerá en la población civil, de por si masacrada y humillada. Es simplemente aterrador el hecho de que la tercera ciudad más grande de Jordania se haya creado en un par de meses con refugiados sirios, o que casi dos millones de personas vivan en condiciones miserables en campos de refugiados desperdigados por la región. Si hay algo que comparten los gobiernos de Siria, Estados Unidos, Arabia Saudita, Turquía, Rusia y otros tantos es la corresponsabilidad, por acción u omisión, por los castigos infligidos a la sociedad siria.

Esta nueva fase es, a todas luces, un despropósito, que no tenderá puentes de comunicación y acrecentará aún más la animadversión entre  las partes, que tarde o temprano deberán sentarse en la misma mesa y entablar una negociación que les permita avenirse en paz. La única salida a este conflicto que se arrastra dolorosamente por más de dos años ha sido, es y será política.

En 2010 visité ese país. De manera por demás azarosa encontré a un amigo sirio, Omar, saliendo de un restaurant, no muy lejos del bazar de Damasco. Hace poco supe que debió abandonar Siria con la ropa que llevaba puesta ese día para cruzar la frontera con Líbano. Afortunadamente,  con su familia, logró establecerse en Estambul.

Cualquiera sea el resultado de estas nuevas medidas militares, y nada apunta que traigan aspectos positivos, ese país que conocí pertenece ya al pasado. La destrucción física de las ciudades y los campos,  de la economía y de su tejido social han dejado un país exangüe, desfigurado. Cuesta trabajo pensar que para Omar y para otros veinte millones de sirios un buen día, que por lo visto se encuentra todavía muy lejano, deberán habitar una realidad que les es ajena, cuyo único referente tangible se encuentra en la memoria. 

 

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