artículo no publicado

El velero

El letrero que anunciaba la venta era tan pequeño que, cuando sacó una tarjeta del bolsillo del saco para anotar el número de teléfono de la agencia, le costó trabajo distinguir las cifras y tuvo que pedirle a un joven que pasaba que lo ayudara a descifrar los últimos dos números. El letrero estaba colocado justo en la ventana de la habitación que había sido suya y de su hermano. Dio unos pasos hacia atrás para contemplar el edificio de cinco pisos. Era idéntico a como lo recordaba, pero frente a los nuevos inmuebles que habían invadido la ciudad, su aspecto vetusto era notorio. Cruzó la calle para entrar en un café, cuyo local había sido ocupado en su infancia por una verdulería y luego un salón de belleza. Se dirigió al teléfono y marcó el número. Le contestó una voz de mujer. Ricaño dijo que le interesaba ver el departamento que estaba en venta y la mujer le hizo una somera descripción del mismo antes de decirle el precio. Él, después de escuchar el precio, confirmó que quería verlo, y la otra le advirtió: “Todavía está habitado por los que lo rentan. Se lo digo porque hay personas que no les gusta ver un departamento si hay gente adentro.” Ricaño dijo que para él era mejor así, porque uno se daba una mejor idea del espacio cuando tenía muebles. Se citaron para la tarde en la entrada del edificio y la mujer dijo que hablaría en seguida a los inquilinos para anunciarles su visita. Cuando le preguntó su nombre, él contestó “Santibáñez”. Colgó y pidió un café en la barra. Decidió esperar un rato, el tiempo que tardaría la mujer en llamarles a los inquilinos para pedirles que estuvieran listos para recibirlo. Se dio un plazo de veinte minutos; pidió un segundo café y echó una ojeada al periódico deportivo que alguien había dejado sobre una de las mesas, luego pagó, cruzó la calle y tocó el timbre del interfono. Le contestó la voz de una niña. Dijo que era la persona interesada en comprar el departamento. La niña dejó el aparato y unos segundos después una voz de mujer preguntó quién era.

–Soy Santibáñez, la persona interesada en comprar el departamento.

–¿No iba usted a venir en la tarde?

 

Ricaño dijo que sí, y explicó que, puesto que se encontraba frente a su casa, le habría convenido verlo de una vez. Oyó un ruido rasposo, como cuando se tapa la bocina con una mano. La mujer le dijo que esperara un momento. Él pegó la cara al portón, haciéndose sombra con una mano para ver a través del vidrio. El interior del edificio casi no había cambiado. Reconoció el pasillo alfombrado que conducía al elevador y a las escaleras. Pasaron algunos minutos y estaba a punto de volver a tocar el timbre, cuando vio a una muchacha que se acercaba desde el  fondo del pasillo. Ella llegó al portón, lo miró a través  del cristal y, por fin, se decidió a abrir.

–¿El señor Santibáñez? –preguntó.

–El mismo.

 

La muchacha lo invitó a pasar. Él le calculó unos dieciséis años. Subieron los cinco escalones que conducían al pasillo de los departamentos de la planta baja y la muchacha tocó el timbre en la primera puerta a la derecha. En la pequeña placa junto al timbre leyó el nombre de Del Valle. Abrió una mujer de unos cuarenta años, en cuyas facciones se espejeaban las de la muchacha.

–Mucho gusto –dijo sin tenderle la mano–. Disculpe el tiradero.

–Quien se disculpa soy yo –dijo Ricaño, y le bastó pararse en el vestíbulo para tener la certeza casi traumática de haber sido un niño entre esas paredes. Lo estremeció volver a ver los dinteles y los picaportes de las puertas y, sobre todo, las baldosas del piso. Sin darse cuenta, se había inmovilizado, y la mujer, al verlo cohibido, le dijo: –Pase por aquí, por favor–, pero él, en lugar de seguirla, se apretó con fuerza el puente de la nariz para contener la emoción. Ella, entonces, le preguntó si se sentía bien. –Disculpe –dijo Ricaño, y un sollozo le quebró la voz. La mujer y su hija se miraron. En ese momento apareció una niña, tendría cuatro o cinco años.

–¿Por qué llora el señor, mamá? –preguntó.

 

Un segundo sollozo obligó a Ricaño a voltear la cara hacia un lado para que la niña no lo viera. Se dio media vuelta y abrió la puerta para marcharse, pero estaba asegurada con una cadena. Intentó destrabarla y la muchacha acudió en su ayuda, quitó la cadena y abrió la puerta. Ricaño salió y se detuvo en el rellano.

–¿Se siente mal, señor Santibáñez? –volvió a preguntar la madre de las niñas. Él sacó unos kleenex del bolsillo del saco, se secó los ojos y volteó a mirarlas.

–Disculpen –dijo–, esta casa me trae muchos recuerdos.

 

Aquí viví toda mi infancia –volvió a apretarse el puente de la nariz y sonrió débilmente–: Voy a serle franco, señora, no tengo intención de comprar el departamento.

Vivo en el extranjero desde hace cuarenta años. Siempre que regreso, vengo aquí. Hace diez años me animé a tocar el timbre y me contestó un anciano, le pedí permiso para entrar y él se negó. La gente se ha vuelto muy desconfiada. Por eso, cuando vi el letrero de la venta, no lo pensé dos veces, me dije: ahora o nunca.

 

–¡Nos dijo una mentira! –exclamó la muchacha, mirando a su madre. Ricaño se guardó el kleenex en un bolsillo e hizo el ademán de retirarse.

 

–Espere, puede pasar y mirar el departamento –dijo la madre. La muchacha, entonces, tomó de la mano a la niña, le dijo: “¡Ven!”, la llevó a una de las habitaciones y se encerró dando un portazo. La mujer miró a Ricaño:

 

–Por aquí, señor Santibáñez.

–No me llamo Santibáñez –dijo él–. Le di a la señora de la agencia el nombre de un amigo mío, no sé por qué. Me llamo Ricaño, mire –sacó la cartera, extrajo una credencial y se la mostró a la mujer, que le echó un vistazo y dijo–: No le haga caso a mi hija, no está de ánimo, cayó usted en un mal día, hoy hace tres meses murió mi esposo.

–Lo siento, señora. Escogí un día pésimo para molestarlas.

–Venga, aquí está la cocina.

–Lo sé, y esta es la puerta del baño. Viví aquí once años.

 

La mujer le mostró el departamento y en cada habitación Ricaño se asomó a la ventana; todas las ventanas daban a la calle y en cada una se detuvo un rato, como si las diferentes vistas le trajeran recuerdos diferentes. Cuando entraron en el cuarto de la muchacha, esta se llevó a su hermanita al cuarto de junto. Por último, entraron en el baño. Lo primero en que se fijó Ricaño fue en las losetas del piso; se sentó en el borde de la tina para mirarlas  y le dijo a la mujer: –¡Dios mío, recuerdo cada una de las manchas de estas losetas! Fíjese en esta, parece la cabeza de un dragón, y esta es la del viejito del bastón... ¿lo ve?

 

La mujer se inclinó para mirar la mancha. Él dijo:

–Mire esta otra... ¿qué le trae a la mente?

–No sé... un velero, tal vez.

–¡Exacto! ¡No sabe cuántos pleitos tuve con mi hermano por esta mancha! Él insistía en que era un tiburón, por esta raya de aquí, pero para mí fue claro desde el principio que era un velero. Más claro no podría ser.

–También podría ser un tiburón –dijo la mujer.

–¿Y la aleta? Siempre le dije a mi hermano que, para ser tiburón, le falta la aleta.

–Aquí está –dijo ella, señalando con un dedo una excrecencia menuda.

–Demasiado chica –se rió él–. Usted es peor que mi hermano.

 

En ese momento la niña hizo su aparición, pero no se atrevió a entrar.

–Ven, Anita –dijo su madre–, dime qué ves aquí.

 

La niña se acercó y observó la mancha que le señaló su madre.

–No sé –dijo, y soltó una carcajada.

–¿No se parece a ningún animal? –le preguntó su madre.

–Señora, está llevando agua a su molino –protestó Ricaño. Entre tanto, también la hija mayor se había parado en la puerta del baño y los observaba.

–Rosario, acércate –dijo la madre–. Mira esta mancha y dime qué parece.

 

La muchacha, sin mirar a Ricaño, se acercó a mirar la loseta.

–Creo... parece un velero –dijo.

–¿Ya lo ve? –exclamó Ricaño.

–Dime si no parece también un tiburón –dijo su madre, seria.

 

La muchacha volvió a fijarse en la mancha y dijo:

–Sí, pero no tiene la aleta.

–¿Qué le dije? –prorrumpió de nuevo Ricaño, y acarició a la hija menor, que estaba junto a él. Luego dijo–: ¡No lo puedo creer, volví a ver el velero!

–¿No gusta un café? –le preguntó la mujer.

Ricaño miró de reojo a la hija mayor y tomó su expresión distraída como una autorización a quedarse.

–Me encantaría, pero ya les quité mucho tiempo –dijo.

–Lo hago en un minuto –dijo la dueña de la casa. Los cuatro se trasladaron a la cocina, Ricaño se sentó en una silla y la mujer preparó una cafetera para exprés, la puso sobre la parrilla y encendió el fuego. La muchacha regañó a la niña por acercarse demasiado a la estufa. Ricaño le preguntó a la mujer cuánto tiempo llevaban rentando el departamento y ella le contestó que dos años.

–Teníamos una mesa muy parecida a esta, señora, pero en aquel rincón, no aquí –dijo él.

–¡Se lo he dicho un montón de veces –exclamó la muchacha–, pero no me hace caso! Dice que en este rincón hay poca luz.

–La verdad sea dicha, ganarían ustedes espacio, señora, y en cuanto a la luz, no se crea, hay más que suficiente.

–¿Qué caso tiene hacer cambios ahora? –dijo la mujer.

–¡Mamá, el letrero de venta lleva seis meses! –dijo la muchacha–. Puede que pasen otros seis antes que se venda –y, dirigiéndose a Ricaño, le preguntó–: ¿Usted me ayuda, señor?

–¿A qué?

–A mover la mesa.

–Si no le molesta a tu mamá...

–Haz lo que quieras –dijo su madre, y apagó el fuego debajo de la cafetera. La hija se acercó a la mesa, Ricaño se puso de pie, entre los dos la escombraron, quitaron el mantel y la transportaron hasta el rincón más alejado de la ventana.

–Mire usted, señora, cuánto espacio se gana –dijo Ricaño.

–Sí, pero la mesa queda a oscuras –replicó ella.

–Por culpa del refri, pero si ponemos el refrigerador aquí, como lo teníamos nosotros, la mesa tendrá luz suficiente.

 

Él y la muchacha movieron fatigosamente el refri de lugar, mientras la mujer servía el café en dos tazas pequeñas. En efecto, la mesa, sin el refri de por medio, recibía bastante luz.

–¡Se ve mucho mejor! –dijo la hija.

–¡Así era! ¡Justo como está ahora! –exclamó Ricaño, mirando la nueva distribución de la cocina. Tomó la taza de café que le ofreció la mujer y volvió a sentarse. Estaba cansado por el traslado del refrigerador. La muchacha quiso saber cuál había sido su cuarto y él le contestó que el mismo donde dormían ella y su hermana.

–¿Tenían las camas como nosotros las tenemos? –preguntó ella.

–No, estaban colocadas en ángulo. Si quieres, te muestro.

 

Los cuatro se trasladaron al cuarto de las niñas. Ricaño les mostró cómo su cama y la de su hermano habían formado una escuadra entre una pared y otra.

–¡Qué extraño! ¿Y dormían bien? –preguntó la hija.

–Si te fijas, es la mejor manera de ponerlas. Si lo hicieran así, ganarían espacio para un escritorio.

–¿Dónde?

–Aquí –dijo Ricaño, abriendo los brazos para indicar el tamaño del mueble. La muchacha visualizó en seguida la nueva disposición del cuarto y miró a su madre:

–Ma, no perdemos nada con probar. Aprovechemos que el señor nos puede ayudar. Si no nos gusta, volvemos a poner todo como estaba.

–Haz lo que quieras, voy por más café –repitió su madre, y regresó a la cocina. Ricaño y la muchacha quitaron los libros del librero para desplazarlo más fácilmente y luego movieron las dos camas. Cuando terminaron, la mujer había vuelto de la cocina y se sentó en una de ellas. No había traído más café. Ricaño respiraba con fatiga.

 

Mover el librero y las camas había resultado más duro que desplazar el refrigerador. La muchacha era la más animada.

–Queda lugar hasta para un pequeño librero –dijo–. Podemos ponerlo aquí.

–Mejor acá –sugirió Ricaño, indicando el rincón junto a la ventana.

–¡Basta! –gritó la madre, y se puso de pie. La hija palideció, miró a Ricaño y le preguntó a su madre qué ocurría.

 

Ella la miró con rabia–: ¿De qué sirve cambiar los muebles de lugar, si nos vamos a ir? Y usted, señor Santibáñez...

–Ricaño –corrigió él.

–Ricaño o como se llame... llega usted y nos mueve todo de lugar, porque cuando era usted niño la mesa estaba ahí, y el librero acá, y la cama de tal manera, y el refri lejos de la ventana... ¡Usted y su infancia! Me dejé llevar por sus lágrimas.

–Señora, yo...

–¡Vino nomás a alborotarnos! –se dio media vuelta y salió de la habitación.

Ricaño miró a la muchacha, que se sentó sobre la otra cama y parecía haber perdido de golpe su entusiasmo.

–Hoy hace tres meses que murió mi papá, mi mamá está muy sensible –dijo.

–Lo sé, me lo dijo hace poco.

–Tiene razón ella. ¿Para qué mover todo, si nos vamos? Es mejor que se vaya.

 

Ricaño se puso de pie, se acercó a la ventana y miró la calle, empañando el vidrio con su aliento. Estaba todavía jadeando por el esfuerzo. Volteó hacia la muchacha y le dijo: –Pregúntale a tu mamá si quiere que ponga las cosas como estaban antes.

 

La muchacha fue a la cocina, él las oyó discutir brevemente, luego la hija reapareció.

–Que deje las cosas como están –dijo. Él, entonces, salió de la habitación y caminó hasta la puerta. Trató de abrirla, pero estaba asegurada con la cadena. La hija destrabó la cadena, abrió la puerta y, cuando Ricaño salió, la otra cerró la puerta a sus espaldas con algo de brusquedad. Ricaño permaneció en el rellano sin moverse, luego bajó los cinco escalones que conducían al zaguán, caminó hasta el portón, lo abrió y salió a la calle; cruzó hasta el café de enfrente y pidió un exprés. Desde la barra podía ver las ventanas de su antiguo departamento. Se imaginó a la madre y a la hija discutiendo, indecisas si dejar las cosas como estaban o devolverlas a su sitio. Les había hecho un favor y ellas lo habían echado. Al menos, le habría gustado averiguar si terminarían por acatar sus modificaciones o no. A lo mejor, no moverían nada ahora, pero al otro día, en la mañana, mirando las cosas con nuevos ojos, regresarían todo a su lugar, como si él no hubiera existido.

 

Tomó el exprés en dos tragos, se dirigió al teléfono, que estaba junto al baño, y marcó el número de la agencia. Le contestó la mujer con quien había hablado dos horas antes.

–Soy Santibáñez –dijo.

–Sí, señor Santibáñez, dígame.

–Acabo de ver el departamento –dijo.

–¿Ya lo vio?

–Sí, después de hablar con usted me acordé de un compromiso que tengo en la tarde, y como ya estaba aquí, decidí verlo de una vez. Le toqué a la señora Del Valle y ella me hizo el favor de enseñármelo.

–¿Y qué le pareció?

Ricaño se aclaró la garganta.

–Me gustó mucho –dijo.

–Me alegra –dijo la mujer.

–Pero ya sabe, es difícil hacerse una idea de una casa si se ve solo una vez.

–Entiendo, quiere echarle una segunda mirada. ¿Le parece bien mañana en la tarde, a las cuatro?

–Sí.

–Hasta mañana, entonces, frente a la entrada del edificio.

–Hasta mañana –dijo Ricaño, y colgó, fue a la barra y pidió otro exprés. ~