artículo no publicado

El sueño del celta de Mario Vargas Llosa

 

La noción de que el secreto de la vida puede descubrirse en la selva es decimonónica, y su más alta expresión fueron la vida y obra de Charles Darwin. El concepto es un subproducto del colonialismo europeo, al que también se deben los inicios de las ciencias sociales, especialmente la antropología, que examinó las culturas primitivas no solo para desentrañar su funcionamiento, sino de rebote el de la sociedad occidental, de la que estas podían ser un origen vigente. Los primeros antropólogos fueron funcionarios coloniales, que empezaron como coleccionistas y observadores aficionados y fueron desarrollando paulatinamente métodos de estudio y exposición que crearon un campo de estudio y una disciplina. Pronto el viajero científico se convirtió en un héroe popular, un aventurero que expone su vida en aras del conocimiento y que, armado no con fusiles y cañones, sino con brújulas, barómetros, sextantes, termómetros, telescopios, plumas, cuadernos, pinceles, y eventualmente cámaras fotográficas, cartografía regiones remotas, suministrando información profesional de tierras y gentes.

El viajero más ambicioso y próximo a nosotros fue el barón Alejandro de Humboldt, cuyos exhaustivos análisis de la emergente América Latina son un modelo de rigor científico e influyeron en el desarrollo de las flamantes naciones desprendidas del antiguo Imperio español. El barón se había propuesto la infinita tarea de redactar una obra totalizadora, Cosmos: essai d’une description physique du monde, que diera cuenta cabal de todo el mundo conocido. No pudo completar tan borgiano empeño, pero sus Voyages aux régions équinoxiales du Nouveau Continent es una magna obra que hasta ha dejado huella en obras literarias latinoamericanas, como Cien años de soledad. El viajero héroe pronto engendró un subgénero literario que he denominado, en homenaje a Rudyard Kipling, “libros de la selva”. El sueño del celta, la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, viene a engrosar la nómina de estos, la cual incluye obras maestras como Heart of darkness (1899), de Joseph Conrad, Green mansions (1904), de W. H. Hudson, La voie royale (1930), de André Malraux, y Los pasos perdidos (1953), de Alejo Carpentier. En nuestro ámbito también contamos, entre otras, con La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera, Canaima (1935), de Rómulo Gallegos, y, del propio Vargas Llosa, La casa verde (1965) y El hablador (1987). Algunos de los viajeros mismos, en la tradición de Darwin, que fue un vigoroso escritor, y Humboldt, que no se quedaba atrás, escribieron espléndidos libros, como Tristes tropiques (1955), de Claude Lévi-Strauss, que tiene tanto en común con la novela de Carpentier, de la cual es casi contemporánea. El paradigma pronto se extendió a la cultura popular con obras tan difundidas primero en forma de libros y luego películas como King Solomon’s mines (1885), de H. Rider Haggard, The lost world (1912), de Arthur Conan Doyle, y Tarzan of the apes (1914), de Edgar Rice Burroughs, y en años recientes las cintas cuyo protagonista es Indiana Jones. Algunos aventureros reales, como John R. Stanley, David Livingstone y P. H. Fawcett, que se perdieron en la selva y fueron objeto de aparatosas misiones de rescate, vivieron en la frontera entre realidad y ficción, al ser elevados a un nivel mítico por la alharaca que sus desapariciones desataron. Terminaron también como personajes novelísticos y cinematográficos.

En los libros de la selva el viajero no solo descubre sino que se descubre a sí mismo, al despojarse del bagaje intelectual y material que trae de Occidente. Semejante renuncia lo conduce a una transformación, a una conversión, para darle el tono religioso que el proceso de ascesis implica. Desnudo, a veces literalmente, el viajero renace, o hace por renacer, luego de reducirse o de ser reducido, como en el caso de Tarzán, a una condición próxima a la animal. La desnudez espiritual y física lo enfrenta a las grandes preguntas sobre la pertenencia del hombre al mundo natural. ¿Formamos parte de la naturaleza, o seguimos expulsados de esta como lo fueron nuestros padres Adán y Eva del paraíso? ¿Podemos pensar en el vacío y crear un nuevo lenguaje? ¿Somos tan primitivos como los primitivos? ¿Somos, en términos éticos, peores que estos? ¿Es la naturaleza vil o bondadosa? ¿Reducido al plano natural, es el hombre bueno o malo? El sentido de superioridad con que parten los viajeros, que se expresa en sus armas intelectuales y mecánicas, sufre una severa desvalorización, acentuada por el viaje hacia el corazón de la selva, es decir, recordando a Conrad, de las tinieblas, que son las de lo humano, de lo terriblemente humano. Aun en las versiones propias de la cultura popular, los libros (y películas) de la selva suscitan todas estas cuestiones, lo cual justifica su supervivencia, que la novela de Vargas Llosa vuelve ahora a corroborar.

Los libros de la selva son obras sobre la transformación de sus protagonistas provocadas por el viaje a la naturaleza virgen: son libros que narran conversiones. Estas, luego del enfrentamiento del personaje con una naturaleza que lo desviste, llevan al personaje frecuentemente a la escritura, a la narración, a la representación de su gradual evolución, revelando así un trasfondo agustiniano que vincula conversión y confesión. En el plano de la vida social del protagonista la conversión aboca al matrimonio, del que este generalmente se salva, a veces por su muerte, como Kurtz en Heart of darkness, o la de su cónyuge, como en Green mansions; otras porque prefiere permanecer célibe para continuar sus aventuras, el caso de Malone en The lost world. El matrimonio o su ausencia implica sumarse o sustraerse de la sociedad occidental y refleja el cambio producido por el contacto del protagonista con otras culturas, que se le ofrecen como más atractivas que la suya. Esto se dramatiza en Los pasos perdidos y Green mansions, en que los protagonistas intentan unirse a mujeres del ámbito primitivo que atraviesan. En otros casos, la abstención del protagonista refleja su deseo de seguir siendo un aventurero joven, casi pueril. Los amoríos, que se trivializan en las películas, tanto en The lost world como en las de Indiana Jones, representan un elemento muy serio porque expresa la posible unión del personaje con una u otra cultura, la suya o la primitiva, y su voluntad, o falta de ella, de llegar a ser adulto y procrear para perpetuarse en vez de seguir siendo un adolescente pasmado. También se refiere a la relación del protagonista con la naturaleza, como en el caso de Tarzán, porque el sexo lo inserta en la periódica renovación de la especie.

Vargas Llosa superpone sobre esa plantilla la vida de Roger Casement, patriota irlandés ejecutado en 1916 como traidor al Imperio británico. Casement, que residió en Alemania tratando de organizar una brigada irlandesa que, con la ayuda de los alemanes, liberara Irlanda del dominio británico, había en realidad intentado detener el alzamiento de Semana Santa porque su gestión en Berlín había fracasado y estimaba que sin el apoyo del káiser la revuelta sería suicida. El presente de la novela lo constituyen los últimos días de Casement en la cárcel, primero esperando que su petición de clemencia, suscrita por muchos, sea oída, y luego aguardando su muerte en la horca, con la cual termina la obra. En ese presente se intercalan recuerdos de Casement en dos escenarios del colonialismo inglés y europeo, el Congo y luego la Amazonía peruana. Al Congo Casement va como agente de una compañía que explota el caucho, cuya demanda, provocada por la manufactura de llantas de automóviles y otros usos, se ha disparado. Testigo de los más espeluznantes abusos contra los nativos, forzados a trabajar en la recolección del látex, Casement sufre una conversión que lo transforma en enemigo acérrimo del colonialismo. El gobierno británico le encarga la redacción de un informe sobre los excesos de las compañías explotadoras, que escribe después de una escrupulosa labor de investigación. La publicación del informe convierte a Casement en una celebridad y hasta es ennoblecido por la corona, que luego lo nombra diplomático en el Brasil, donde pasa algunos años.

Pero la conversión de Casement ha sido más radical. El ejemplo de las depredaciones del colonialismo en el Congo ha despertado en él interés y luego indignación por la potestad que ejerce Inglaterra sobre su nativa Irlanda. Este despertar lo lleva a aproximarse a intelectuales y escritores que abogan por la liberación de su tierra nativa, y al estudio de las costumbres y hasta la lengua, el gaélico, de una patria de cuya situación de sometimiento no se había percatado hasta su experiencia africana. Esta conjunción de conversiones, contra el colonialismo y al amor de su patria, es el hallazgo más valioso de El sueño del celta, una confluencia brillante que integra la evolución espiritual del protagonista a amplios movimientos históricos, enmarcados por la política europea. Esta a la postre conduce a la primera guerra mundial, en la que los países colonizadores luchan entre sí, y con la que los ideales del siglo XIX se vienen abajo, sobre todo aquellos que lanzaron a la selva a los viajeros científicos. Conrad ya había dado el clarinazo en su insuperable Heart of darkness, y hasta Conan Doyle (irlandés también, por cierto) en su más modesta The lost world. Ambos aparecen en la novela de Vargas Llosa, que recoge el legado de los libros de la selva que le preceden de forma explícita y autoconsciente.

La fama de Casement hace que la corona británica le encargue la investigación de otro caso de abuso de indígenas, esta vez por parte de una compañía británica pero liderada por un implacable empresario peruano, en la Amazonía. Casement, que sufre de varias dolencias, no puede sino de todas maneras aceptar y embarcarse en la exigente faena, que requiere, desde luego, una segunda inmersión en la selva, esta vez ya con una perspectiva crítica desde el comienzo, y, dada su notoriedad, con la oposición activa no ya de la compañía, sino también del gobierno peruano. Casement viaja como representante de Inglaterra, integrante de su cuerpo diplomático, que le presta alguna ayuda, pero que también lo enfrenta a colegas que han sido sobornados por la compañía. En la Amazonía los abusos superan en crueldad a los del Congo. Asqueado, pero sin doblegarse, aun ante amenazas, Casement regresa a Inglaterra y redacta su informe, que logra desintegrar la compañía culpable y destruir al empresario peruano que la creó.

Esta segunda aventura ha convencido aún más a Casement de que tiene que luchar por la liberación de Irlanda y, con el comienzo de la guerra, se le ocurre que lo más expeditivo será solicitar la ayuda de la Alemania del káiser, enemiga de Inglaterra. También se dedica a recaudar fondos para la empresa, viajando a Estados Unidos, donde comparece ante organizaciones irlandesas simpatizantes de sus esfuerzos. En Alemania intenta crear una brigada irlandesa con prisioneros de guerra, pero solo logra que una cincuentena se enrole en lo que constituye un acto de alta traición. Por fin logra Casement ser transportado a Irlanda en un submarino alemán, pero con el propósito de impedir que se realice el levantamiento planeado hasta lograr la cooperación del ejército alemán. Casement es capturado, llevado a juicio y sentenciado a la horca, irónicamente por incitar una revuelta que él pretendía frenar. El levantamiento se llevó a cabo de todos modos, con un alto saldo de muertos, lo cual entristece a Roger, que hubiera preferido el martirio a su ambigua situación, porque se da cuenta de que, aunque fracasada, la revuelta ha producido un montón de mártires, y los grandes movimientos históricos, como el cristianismo, los necesitan. Esta meditación forma parte de una tercera conversión de Casement: al catolicismo. Sus cavilaciones sobre esta conversión van acompañadas de la lectura de la Imitación de Cristo, de Kempis, que lee en su celda, y los recuerdos de su madre, muerta joven, católica, que lo había hecho bautizar a espaldas de su padre protestante. Casement encarna los dilemas de Irlanda.

Pero Roger tiene una debilidad que empalma con su eventual vacilación: es homosexual. Esta tendencia, que la novela sugiere surge de sus ásperas relaciones con su padre y del apego a su madre, lo mantiene célibe, lo convierte en paria, y contribuye a que la petición de clemencia sea denegada. Casement no se entrega abiertamente a ninguna causa, de la misma manera que sus encuentros sexuales clandestinos lo condenan al sigilo, la simulación y, mayormente, a la abstinencia. Su empeño en demorar la insurrección es consonante con su reticencia sexual, y le produce igual remordimiento. En el momento y contexto religioso y político en que se desenvuelve, nada podía haber sido más reprobable, y nada podría haber coartado más radicalmente su ansia de acción.

El sueño del celta es una novela de gran aliento, como todas las de Vargas Llosa, y su temática histórica es parecida a la de su obra maestra, que en mi opinión es La guerra del fin del mundo. En esta el mártir es Conselheiro, que se inmola en su esfuerzo por fundar una secta que tiene mucho de cristianismo primitivo. Hay, pues, dos temas fundamentales en Vargas Llosa. Uno, que empieza con La ciudad y los perros, es el de la voluntad de poder y violencia entre hombres, algunos de los cuales llegan a ser militares y dictadores, y cuya elevación estriba en la maldad irrestricta e inútil, que deja siempre a los personajes insatisfechos. Otro es el tema, de base cristiana, del mártir, del individuo que está dispuesto a sacrificarse por un ideal, por fútil que este sea. Son estos inmensos temas, de enorme alcance, los que hacen de Vargas Llosa un escritor digno de figurar entre los grandes de todos los tiempos, y merecedor, desde hace mucho, del Premio Nobel que le acaba de ser conferido.

Sin embargo, El sueño del celta no es su mejor obra. A mí se me hace que le falta poesía y diversidad narrativa. Todo se expresa en la misma prosa acicalada, razonable, excepto por los brevísimos pasajes de los diarios íntimos de Casement, en los que este habla de aventuras homosexuales que no sabemos si son inventadas. En la modernidad estamos acostumbrados a una prosa –en Proust, en Joyce, en Faulkner, en el Vargas Llosa de La casa verde y Conversación en La Catedral– que refleje la intensidad emotiva de la acción o de la atormentada conciencia del personaje, o los personajes. En El sueño del celta nos encontramos con el distanciamiento producido por un narrador omnisciente, en tercera persona, que se expresa como si redactara un informe. ¿Por qué no incluyó Vargas Llosa fragmentos del Kempis que Roger lee en prisión? A El sueño del celta le falta un retorcimiento dostoievskiano a tono con las angustias y dilemas del protagonista. El recurso narrativo de poner en el presente al Roger reo, que espera la decisión de si van o no a conmutar su sentencia de muerte, con interrupciones bien planeadas para contar su vida, es demasiado transparente, se le ve muy fácil la costura, y se vuelve algo mecánico, predecible. Crea suspense, es cierto, así como crea suspense, una vez que sabemos que no se le perdona, la inminencia de la muerte. Pero todo esto me parece demasiado automático y carente de misterio, de poesía. ~