artículo no publicado

El nacimiento de la crítica

El gran crítico del siglo XIX, Charles-Augustin Sainte-Beuve, y uno de sus más torrenciales creadores, Victor Hugo, fueron buenos amigos. Sin embargo, Sainte-Beuve inició una relación amorosa con la esposa de Hugo, Adèle, y la amistad terminó. Esa ruptura tendría también grandes y profundas implicaciones literarias. 

a Ed.V.M.

Jeune, avide, inconnu, j’ai désiré la gloire,
j’ai voulu quelque éclat à mon front ennobli;
puis, quand j’eus obtenu plus que je n’osais croire,
j’ai soudain demandé l’oubli.
Sainte-Beuve, Livre d’amour, XIV

 

Cuatro personas se dieron cita, el 29 de octubre de 1885, para llevar a cabo un peculiar auto de fe, la quema de las cartas de amor cruzadas durante once años entre el crítico Charles-Augustin de Sainte-Beuve y Adèle Hugo. Adèle, Foucher de nacimiento y esposa del poeta Victor Hugo desde 1822, había muerto en 1868, Sainte-Beuve en 1869 y Hugo apenas el 22 de mayo de ese año de 1885, en calidad de gloria nacional y poeta predominante en el universo.[1]

Los cuatro pirómanos, entre los cuales estaba Paul Foucher, sobrino de Adèle, obedecían los deseos de ambas familias, los Foucher y los Hugo, interesadas en borrar la huella de un adulterio célebre. Menos que el buen nombre universal de Hugo, justificado en su bigamia y en sus aventuras galantes más notorias por la bardolatría que lo rodeaba, se trataba de defender el buen nombre de madame Hugo, quien había tolerado con estoicismo a su poeta, llevándole impecable y sufridamente su casa, la cual había sido visitada por el luto: su hija mayor, la recién casada Léopoldine, se había ahogado junto con su marido, en un naufragio ocurrido en el Sena, en 1843, protagonizando un episodio mediático grabado en la memoria colectiva. No vivió Adèle lo suficiente para ver del todo loca, extraviada, a Adèle II, su hija menor y famosa en el siglo siguiente gracias a una película que unió a François Truffaut con Isabelle Adjani, en 1975. Sí le alcanzó el tiempo, a madame Hugo, para escribir un libro dizque anónimo y escrito en colaboración con su marido, Victor Hugo raconté par un témoin de sa vie(1863), que sigue siendo la principal fuente biográfica sobre el poeta. Conservar desesperadamente, recurriendo al fuego, el buen nombre de Adèle significaba, para no pocos literatos de la Tercera República, nacida tras los fracasos de las monarquías y de los imperios, limpiar al nuevo orden republicano de toda sospecha de liviandad y asociarlo con la virtud familiar. Aquella –la de la inocencia de madame Hugo– fue una causa moral, hasta los años veinte, de la Acción Francesa, causa promovida primero por Jules Lemaître y Émile Faguet y al final por Léon Daudet, emparentado con los Hugo. Todos ellos osaron disputarle la hugolatría a la izquierda.

La historia, doblemente romántica por su intensidad sentimental y por ocurrir en el hogar mismo de la poesía romántica, comenzó en 1827 y relata el enrollo entre el poeta, su esposa Adèle y el joven crítico que además de darle a su obra una inigualable sonoridad pública fue durante varios años su amigo más querido. Para Sainte-Beuve, quien de los tres es el que me importa, sus amores con madame Hugo fueron el acontecimiento capital de su vida. Adèle, para él, resultó ser mucho más que la materia sublimada de su única novela (Volupté, 1835) y de un par de relatos (“Arthur”, escrito a dos manos con Ulric Guttinguer y “Madame de Pontivy”) que se regodean, obsesivos, en aquello que, con su siempre atinada y siempre genial pedantería los franceses llaman “la razón adúltera”.[2] Adèle fue la fuente (líquida, lacustre, estacada, según Jean-Pierre Richard[3]) de su poesía, tan infravalorada, y el tema de una curiosa autobiografía poética, Livre d’amour.

Sainte-Beuve, empeñado en 1827 en escribir una reivindicación muy osada de Ronsard y de los poetas del siglo XVI que será canónica para los románticos, publica dos artículos, en Le Globe, sobre Odes et ballades de Hugo. No solo elogiosos, sino inteligentes y sustanciosos, los textos concitan la emoción del poeta, quien, al írselos a agradecer personalmente al crítico, descubre que han sido vecinos sin darse cuenta: Hugo vive en el 90 y Sainte-Beuve en el 94 de la rue Vaugirard. El flechazo de la amistad es inmediato y pese a todo, duradero: las causas de fuerza mayor que los separaron nunca borraron del todo a la complicidad apasionada que los unió. Vivieron y murieron extrañando aquellos días inaugurales en que Sainte-Beuve, un provinciano que vivía modestamente con su madre, se convirtió en un miembro más de la familia Hugo, visitándola hasta dos veces al día, ocasiones festejadas por un Victor de veintiséis años y por Léopoldine, la hija mayor, quien hizo del crítico, su querido tío postizo, un munidor de regalos y ternuras. Adèle, en esos primeros meses, aparece en segundo plano. En noviembre de 1830, habiéndose cambiado los Hugo a una casa más grande, en el 11 de la rue Notre-Dame-des-Champs, mamá Sainte-Beuve e hijo los siguen, instalándose de manera esta vez voluntaria, y ya hasta belicosa e intrusiva, en el número 19 de la misma calle.

Pluma alabada por su erudición y valor en las páginas de Le Globe, el diario liberal cuyo viraje a la izquierda acabará por convertirlo en propiedad de los sansimonianos, Sainte-Beuve, en ese entonces, no es todavía Sainte-Beuve, es decir, no monopoliza, todavía, a la crítica como profesión y como vicio. En 1827, y ello es crucial saberlo para entender la relación establecida entre él y los Hugo, es un poeta muy prometedor gracias a Vie, poésies et pensées de Joseph Delorme, donde, en una operación entonces en buena medida inédita, el yo lírico se duplica en un otro yo capaz de mayor libertad para la confesión y el autoanálisis, procedimiento que llevará hasta el patetismo en el Livre d’amour y que en ese primer libro queda resuelta de una manera decisiva: a los poemas les siguen los pensamientos de Joseph Delorme; a la poesía, su comentario, su crítica.

Hugo no ve en Sainte-Beuve, al principio y menos aún cuando se va enterando de los amores entre él y su esposa, solo a un crítico cuyos servicios le son indispensables sino a una verdadera competencia como poeta. Por ello, Les feuilles d’automne (1831) es una demostración dirigida lo mismo para el todavía muy amigo que para Adèle, ya convertida en la depositaria tanto secreta como pública de la poesía del crítico, de que él, Hugo, también puede escribir gran poesía en el tono menor cultivado con tan rara maestría en Les consolations (1830), el segundo libro de poesías de Sainte-Beuve. Tan importante fue entonces el Sainte-Beuve poeta que Léon Séché, uno de sus biógrafos y no precisamente el más amistoso con su memoria, llamó al mundillo romántico de 1830 “el cenáculo de Joseph Delorme” y no el de Hugo, para acabar calificándolo, al crítico, como “el Judas del cenáculo”.[4]

A la distancia, puede decirse, sin temor a errar, que Sainte-Beuve, uno de los grandes poetas menores, no tenía el vuelo de Hugo pero que lo obligó a demostrárselo, cortándole las alas con Les feuilles d’automne. Pero en 1830, Hugo, cuyo destino todavía dependía de su consagración teatral (Hernani, por la cual Sainte-Beuve batalla en primera fila, se estrenó el 25 de febrero de ese año), pensaba y temía otra cosa. Su mujer se estaba enamorando del crítico.

Una carta de Sainte-Beuve a Adèle, del 6 de octubre de 1829 y enviada desde Bélgica, todavía muestra cierta timidez o corrección en el trato entre el amigo y la señora de la casa mientras que, en julio de 1830, el crítico comienza a desnudarse pero con Hugo, ante el cual admite el desorden de su alma. Aquello todavía podía atribuirlo Hugo a otras, muchísimas cosas que estaban pasando, como –nada menos– la Revolución de Julio que les brindó a los románticos una oportunidad insólita que antes de la caída definitiva de los Borbones no habían contemplado, la de volverse radicales no solo en estética sino en política, inaugurando una combinación desde entonces usual. Sainte-Beuve estaba entonces ligado a los sansimonianos, más a la izquierda que Hugo, y lo obligó a radicalizarse: al crítico, las sucesivas revoluciones lo volverían un moderado más afecto al orden que a la justicia, al contrario de lo ocurrido con el poeta, quien habiendo asistido en 1825 a la consagración de Carlos X como invitado de honor culminará su vida como santón de la Francia republicana, socialista y utópica. Esas mudanzas le impidieron a Hugo darse cuenta cabal de la manera escogida por Sainte-Beuve para cortejar a Adèle: entre septiembre y octubre de ese año de 1830, el crítico escribió una semblanza de Diderot en varias entregas y usó las cartas apasionadas que este dirigió a Sophie Volland, más de medio siglo atrás, como mensajes, a la vez públicos y encriptados, que madame Hugo seguramente leyó.[5]

Al aumentar la temperatura de la relación con Adèle, Sainte-Beuve da el paso que lo complica todo, empezando a distanciarse, como crítico, de la obra de Hugo. Se atreve a preguntarle, en una carta de febrero de 1830, si el destino de su obra no acabaría por ser, como la de Napoleón, una imposibilidad. Al crítico lo que más le gustaba de Hugo, era el poeta, aquel que más se parecía, si no a él mismo, a Joseph Delorme: la batalla pública de Hernani, la estridencia del teatro y su continuación natural, la política, enfadaban a Sainte-Beuve, lo mismo que las novelas hugolianas, que reseñó de mala gana, llegando a decir que solo había algo peor que leer Nuestra Señora de París (1831): releerla. Cualquier comparación con la empresa napoleónica, para bien o para mal, era muy delicada en ese entonces y más lo sería para Hugo, hijo de un general del emperador del cual se liberó volviéndose monárquico y legitimista durante su juventud. Por otro lado y no tan paradójicamente, entre más se alejara Hugo de la poesía, más tranquilo se sentiría Sainte-Beuve, monopolista del lirismo frente a Adèle.

El 19 de septiembre de 1830 fue el bautizo de Adèle, la segunda hija de los Hugo, la enloquecida, la que tanto dará de que hablar, la cual tuvo como padrino a Sainte-Beuve, quien, fiel a su principio de no engendrar y no legar nada de lo suyo, aceptó apadrinar a la niña siempre y cuando no le fuese dado ninguno de sus nombres, ni Charles ni Augustin. La rareza persiguió desde el principio a esta hija de sangre del romanticismo, quien murió en un asilo en 1915. Su madre la esperó, la parió y la mandó a amamantar con una cabra estando enamorada, cada vez más, de Sainte-Beuve, y este, en el poema más vituperado del Livre d’amour, jugó con la posibilidad de que Adèle II fuera hija suya y no de Hugo, lo cual ha sido descartado: si como todo parece indicar hubo sexo y mucho, entre el crítico y Adèle, ello no fue sino a partir del verano de 1831.

Tras haber hecho público su amor, oblicuamente, citando a Diderot, al fin, en una carta del 7 de diciembre de 1830, Sainte-Beuve le confesó a Hugo que amaba a Adèle haciendo una paráfrasis dantesca. “Es por mucho amor que nuestro amor cesa”, le dice el crítico al poeta, asumiendo como lo estaba en buena parte del siglo XIX y lo autoriza, en francés, el verbo aimer, que el amor viril entre dos amigos (sin la menor sospecha, muy propia del universo postfreudiano, de una relación homosexual) había sido superado por otra clase de amor, más fuerte y todavía casto: el sentido por Sainte-Beuve hacia madame Hugo.[6]

Las respuestas –fueron varias, reiterativas– de Hugo hirieron profundamente la autoestima del crítico. El poeta comprendía y lamentaba la situación, tratando a Sainte-Beuve (solo le llevaba dos años) como un colegial enamorado de su maestra o un poeta adolescente, confiando en que esos sueños, pesadillitas, se disiparían en poco tiempo, restableciendo la armonía en el nido romántico, aquel triángulo del que emanaba toda la nueva literatura. “Nada se ha roto”, lo consuela un magnánimo Hugo, quien lo tranquiliza diciéndole que Adèle está al tanto del giro que ha tomado la correspondencia y convalida su patriarcal respuesta.[7]

Se tardó mucho Hugo en entender cómo y cuándo había Sainte-Beuve comenzado a abusar de su hospitalidad y una vez enterado puso, notablemente, por encima de la traición del amigo (pues así acabó por considerarla), no solo los intereses políticos y literarios comunes, sino el inmenso cariño que sentía por Sainte-Beuve, cuya franqueza e inteligencia como crítico era agua de rosas para un hombre rodeado, desde la temprana juventud, de la más venenosa de las adulaciones. No es tampoco que no le importara Adèle. Famosamente, Hugo se casó virgen para alcanzar con ella la iniciación sexual y no tuvo otra mujer hasta que, probado el amor de Adèle por Sainte-Beuve, se fue tras la actriz Juliette Drouet en 1834, iniciando su célebre bigamia: veinte años después, exiliados todos los Hugo en las islas del Canal, la amante los siguió, viviendo siempre a solo algunos kilómetros de distancia. Pero en la crisis de 1830-1831 Hugo sufrió de la negativa de Adèle a seguir cogiendo con él, negativa que entonces se consideraba natural tras cinco partos y que el poeta consideró contra natura, consecuencia de que su mujer amaba a otro hombre. Muerta Adèle, Hugo no quiso casarse con Juliette.

Los hugólatras, una vez que salieron a defender el honor de Adèle, hacen víctima a su ídolo de las debilidades de su buen corazón. La magnanimidad de Hugo fue interpretada, según ellos, por el vípero Sainte-Beuve como complacencia. El poeta tomó medidas precautorias y en la Navidad de 1830 le pidió a su amigo que se alejara de casa por un tiempo, gesto del que se arrepintió. Leyendo la correspondencia Hugo-Sainte-Beuve pareciera que el verdadero drama conyugal ocurre entre el poeta y el crítico; suyo es el terreno movedizo de los suspiros, de los arrepentimientos, del toma y daca, pues Adèle, la esposa, estaba excluida de la complicidad de la correspondencia e ignoramos, desde luego, lo que los Hugo se decían entre sí (y hay motivos para creer que no se decían mucho). De Adèle, la amante, venturosamente, sabemos algo más.

Durante el primer semestre de 1831, Sainte-Beuve se aleja no tan voluntariamente del hogar de los Hugo, aunque se sigue escribiendo con ambos, jugando a la reconciliación con el poeta. Juntos despachan –esa es la palabra– asuntos políticos y literarios ajenos tanto al amorío como al matrimonio aunque es notorio que Sainte-Beuve busca escapatoria, ya sea en la política radical sansimoniana o en la academia, aplicando para una cátedra en Lieja. Al final, se decepciona de los compañeros utópicos por cuya causa se ha ido a predicar sin mucho entusiasmo a la provincia y la invitación belga no sale porque requería de tomar la nacionalidad del reino vecino, decisión muy arriesgada. A la vez, el crítico coquetea con el catolicismo heterodoxo del abate Lamennais, en lo que, según algunas versiones, habría sido una jugarreta para pasar por devoto frente a Adèle, a quien sus defensores póstumos tenían por muy creyente como contrapeso al escandaloso deísmo de su marido.

En esos meses, Sainte-Beuve entrega la primera biografía de Hugo para una enciclopedia popular y empieza a escribir Volupté.[8] En el verano habría habido, al fin, un encuentro sexual entre el crítico y Adèle. Según los secretarios (Jules Levallois, A. J. Pons y Jules Troubat, el último heredero universal del crítico solterón) que a Sainte-Beuve le dio por contratar a partir de 1850, y ellos mismos un capítulo fascinante como vendedores de confidencias, esa visita, y otras tantas, la habría realizado el crítico vestido de mujer para engañar al vecindario. Como creo que Sainte-Beuve y sus secretarios leían mucho a Casanova, no le doy crédito a ese travestismo. Convengamos en que el marido dio por consumado el adulterio y le ratificó a Sainte-Beuve lo dicho desde marzo: que puesto a elegir entre él y su mujer, escogía a su mujer. Por las notas que el crítico agregaba a las cartas que recibía de Hugo, sabemos que era él quien se sentía injuriado, víctima de un juego doble por parte de un cornudo que lo habría alentado a actuar para luego castigarlo.

Durante 1832 y 1833 los amigos se encaminan al rompimiento, aunque a la hora de la verdad es siempre Hugo quien retrocede. Tienen broncas políticas y literarias y el poeta percibe, con razón, que el crítico se aleja, le cierra puertas, obstaculiza el camino de sus amigos y aduladores. Sainte-Beuve alaba a Hugo, el poeta, por Les feuilles d’automne y es solidario, por carta, con Lucrecia Borgia, otra obra de teatro; pide noticias sobre la familia entera, alarmado por la epidemia de cólera en París y le cuenta a medio mundo que odia al poeta pese a la cordialidad que están forzados a aparentar. El rompimiento definitivo se debe a un estudio sobre Mirabeau, publicado por Sainte-Beuve el primero de febrero de 1834 en la Revue des Deux Mondes, en el que el crítico desdeña a Hugo, asociado a los grandes hombres de prosa enfática, falsamente predestinados, en los cuales el asumido poeta menor –Sainte-Beuve– no cree. El crítico, quien moriría como senador del Segundo Imperio y confidente de la princesa Matilde, es quien detesta lo que hay de napoleónico en Hugo, el enemigo público número uno de Napoleón el Pequeño, tal cual él lo calificó.

“Me gustarían menos elogios y más simpatía”, le espeta el poeta en una carta del primero de abril de 1834, no la final pero sí la última cruzada en clave de amistad, y luego le dice: “Adiós, amigo mío, enterremos cada uno por su lado, en silencio, eso que ya está muerto en usted y aquello que vuestra carta mata en mí. Adiós.”[9]

La ruptura según parte de la crítica, la más contemporánea, fue esencialmente literaria y en ella, dicen, Adèle nunca fue decisiva. Sainte-Beuve detectó la hugolatría en el interior de la obra del poeta, trató de impedir que se desbordara hacia la elocuencia y no pudiendo hacerlo, tomó su propio camino, el de un romanticismo clásico, de tono menor, más asociado al culto de los antiguos que al escándalo de los modernos encabezados por el tronante Hugo. Esta posición, plausible en tanto reivindica la autonomía del crítico y la soberanía de la crítica, acaba por ofrecerse como prueba, en términos biográficos, de que, una vez rota la complicidad literaria entre Sainte-Beuve y Hugo, el amor entre el crítico y Adèle empezó a esfumarse, en su calidad de consecuencia doméstica y fenoménica de un hecho literario. Sin A de por medio, aplicando la más elemental teoría del triángulo amoroso, B y C dejaron de atraerse. Verdad a medias, me parece.[10]

Recurramos a las dos fuentes durante décadas puestas en duda pero que han ido tomando su lugar como lo más cercano a la verdad: el Livre d’amour y el resumen de las cartas entre Adèle y el crítico. Se trata de la providencia documental que tomó uno de los incendiarios de 1885 al haber resumido por razones legales, en un atestado, lo que iba a quemarse horas después. Este prohombre de la memoria literaria se llamó Henry Havard, un oscuro inspector de Bellas Artes.[11]

Durante todos esos años, Sainte-Beuve no solo escribió una novela donde Victor y Adèle aparecen sublimados bajo las figuras de madame de Couaën y su marido, sino compuso el Livre d’amour, un verdadero caso en la historia no solo de la poesía sino de la bibliografía. El libro documenta en verso, con fechas más o menos confiables, la historia de sus amores. Este diario lírico narra, en poemas a veces chabacanos y la mayoría de las veces admirables, toda la historia, aclarando cómo fracasaron en su propósito (tal cual lo confesó el crítico en una de las muchas explicaciones dadas a Hugo), de hacer de su amor una relación casta.[12]

El Livre d’amour es detallista: cuenta encuentros clandestinos en las iglesias, el uso del coche de punto como lecho ambulante, las peleas y las inconstancias. Pinta a Hugo como el esposo ogresco que mantiene encerrada a la amada. Particularmente violento resultó para sus contados lectores la intervención lírica concedida por Sainte-Beuve a Adèle II, a sus cuatro años, convertida en testigo secreto del amorío. Es poesía lírica confesional de una llaneza inusual en aquellos tiempos. Junto al Livre d’amour, el Lamartine íntimo, mejor poeta, siempre parece estar posando. Leída hoy día, para quien sea insensible a su música, la confesión de Sainte-Beuve puede parecer banal o sentimentaloide, pues ese género hoy día lo práctica cualquier hijo de vecino. Cuando se escribió este libro secreto, era una novedad y una osadía. El 12 de agosto de 1832, cumplido un año del connubio, Sainte-Beuve escribió, por ejemplo: “Quiero un lago sin fondo donde nada disminuya... / y sus gloriosos dones vengan sin cesar / a aumentar mis bienes ocultos y mi botín de amante.”[13]

Sainte-Beuve mandó a imprimir, en secreto, quinientos ejemplares de un libro impublicable en el más inoportuno de los momentos, cuando estaba negociando, nada menos que con Hugo, su admisión a la Academia. Además, la impresión del libro fue anunciada en el muy leído boletín bibliográfico francés, lo cual volvió imposible que el matrimonio Hugo no se enterara, al menos, de su existencia y menos de dos años después, habiendo circulado algunos ejemplares entre los amigos más cercanos del crítico, un ejemplar cayó en manos del periodista Alphonse Karr, quien denunció la existencia de esa infamia, un verdadero “libro de odio” perpetrado contra la honra del gran poeta y de su bella y abnegada esposa. Karr contó la novelesca historieta de un obrero tipógrafo que, ultrajado por estar imprimiendo el Livre d’amour, sustrajo un ejemplar y lo llevó a sus manos justicieras. Como fuese, el indignado anuncio de Karr, aparecido en Les Guêpes, una revista chismosa y satírica muy leída, provocó que Sainte-Beuve tomase la dudosa precaución de destruir más de la mitad del tiraje para legar solo doscientos cuatro ejemplares a su amigo Juste Olivier con el propósito de que los resguardara hasta que él y todos los involucrados muriesen. Quedan poquísimos ejemplares en el mundo de esa edición.

Hugo, sorprendentemente, no hizo nada. A fines de 1835, en el punto más violento de la pelea, quiso retarlo a duelo por haber publicado una reseña de Les chants du crépuscule donde ¡Sainte-Beuve mismo! lo regañaba por haber mezclado, en ese libro, alabanzas del amor conyugal a madame Hugo junto a sus descarados elogios de la novedad de Juliette, su amante. Previsiblemente, Adèle impidió que se batiesen sus dos hombres. En el ínterin, en 1837, se encontraron en los funerales de la hija de una amiga común e hicieron juntos el viaje en carroza hasta el cementerio, rodilla contra rodilla, sin hablarse ni mirarse, según contó el tercer pasajero. Pero ante la publicación del escabroso Livre d’amour, Hugo se contuvo porque estaba en duelo por la muerte de Léopoldine (ante la cual Sainte-Beuve no consideró necesario hacer público ningún pésame) y porque era demasiado reciente el escándalo en el cual fue sorprendido en adulterio flagrante con Léonie Biard. Esta señora fue a la cárcel por dos meses pero el poeta se libró del arresto por ser par de Francia. El 27 de febrero de 1841 Sainte-Beuve había presentado su discurso de recepción en la Academia y a Hugo le tocó contestarle. Entre los papeles del poeta se encontró un poema para publicarse después de su muerte, titulado “A S...-B”: “Se me anuncia un libelo póstumo / Tuyo / Nada de ti me sorprende / Arribista pérfido / Nunca olvidaré tu mirada monstruosa / El día en que te eché de mi casa, vil truhán.”[14]

¿Y Adèle? ¿Se enteró de la impresión del Livre d’amour? ¿Lo leyó? Sus defensores, hablando desde la misoginia más imperturbable, partieron de la base de que ella ignoraba esa infamia pues de haberla conocido no habría seguido recibiendo, como lo hizo, a Sainte-Beuve en público y reuniéndose con él, espaciadamente y en privado, hasta que el exilio del poeta, en 1851, la alejó de París. Es imposible, contra lo que dijeron los hugólatras, que madame Hugo, administradora de la obra de su marido, ignorara la impresión del Livre d’amour o no tuviese medios para pedirle a su viejo amante un ejemplar. Acorralados, esos mismos defensores, primero negaron que Adèle se hubiese acostado con Sainte-Beuve hasta que se esparció el contenido de las cartas quemadas, diciendo que el Livre d’amour era la invención poética, caprichosa, de un calumniador desairado. Pasó casi medio siglo hasta que Jean Bonnerot, el principal experto en Sainte-Beuve, asumiera lo que indican el sentido común y todos los indicios: “La impresión del Livre d’amour parece haber sido hecha con el consentimiento de aquella a quien los versos están dedicados.” El bibliógrafo agrega que en el manuscrito original, que se conserva, hay unas líneas escritas por otra mano, con letra femenina, donde se concede esta suerte de anónimo imprimatur: “Prueba de amistad y de confianza de él a mí. Prueba de amistad y reconocimiento de mí a él.”[15]

Es un tanto necia la pregunta, insistente entre los viejos hugólatras, de por qué lo publicó Sainte-Beuve: el Livre d’amour es el testimonio impreso del amor-pasión y del amor-placer que lo unió con Adèle, un poemario insólito en ese entonces y ahora, como quiso probarlo su autor al arriesgarse a imprimirlo. Algunos de esos poemas clandestinos aparecieron en la edición hecha por el propio crítico, de sus Poésies complètes, en 1863.

Faltaba el testimonio de ella. Para ello consultemos lo que Havard (también acusado de haber inventado y fabricado el atestado) salvó, resumiéndolo, del fuego. Se trataba de 334 cartas cruzadas: ocho correspondientes a 1831, noventa correspondientes a 1834, cincuenta y siete al periodo que va desde enero a octubre de 1835, noventa y ocho de diciembre de 1935 a septiembre de 1836 y sesenta y ocho de 1838 a 1842. En la correspondencia, iniciada cuando Adèle está embarazada de Adèle II, se enriquece y se precisa lo anotado líricamente en el Livre d’amour: con la complicidad de la tía de Hugo, Martine, una joven viuda, los amantes se encontraban en las iglesias parisinas de Saint-Paul, Saint-Eustache, Saint-Germain, Saint-Sulpice y entre las tumbas del cementerio de Montparnasse para luego encontrarse en la leonera rentada por Sainte-Beuve con nombre falso (Joseph o Charles Delorme, como se apellida el héroe de Volupté), en el número 2 de la Cour du Commerce, en el pasaje de Saint-André des Arts, dirección a la cual le escribía Adèle, quien, además, pagaba la renta del departamento. Gracias a Havard tenemos la crónica, casi cómica, del viaje que Sainte-Beuve y madame Hugo hicieron a Angers, en julio de 1835, para asistir a las bodas de Victor Pavie, un amigo común, escapada dichosa para la cual se montó todo un operativo de ocultación del cual fue cómplice Pierre Foucher, papá de Adèle, un bonachón que compartió su habitación con el crítico.

La silenciosa Adèle, que parecía solo la prenda de una disputa entre machos, toma la palabra. No solo le cuenta a su amante que se fingirá enferma para que Hugo no retome “sus derechos de marido” sino que, de alguna manera, controla el grado de enfrentamiento entre el crítico y el poeta, modulando la situación para prolongarla. En sus cartas, nerviosas y tenaces, cuya esencia salvó Havard, Adèle, quien se confiesa “mediocremente dotada de la facultad de la esperanza”, en 1839, cuando la relación declina, le dice que lo ha amado, a Sainte-Beuve, más que a sus hijos. Sin el Livre d’amour y sin la leyenda de las cartas de Adèle, no se habría escrito Madame Bovary.

No sabemos cuándo fue la última vez que se vieron Adèle y Sainte-Beuve: después de 1851, cuando Hugo partió al exilio, su esposa fue a ver al crítico para cerciorarse de que dado su carácter de perseguido político, Sainte-Beuve, amigo del nuevo régimen, no lo atacara. Así fue. Todo indica que siguieron recorriendo melancólicamente, ya viejos, los sitios consagrados por su aventura.

Su relación con madame Hugo fue, sin duda, la causa suficiente de la suspicacia que hizo de Sainte-Beuve no solo arquetipo, casi vodevilesco, del amigo traidor sino sospechosa a toda su obra crítica, vista desde entonces y gracias a un adulterio mutuamente anhelado y consentido, como fruto podrido por los pecados de la infidelidad, la doblez, la hipocresía abyecta.

Rastrera, la crítica habría demostrado su incapacidad para la elevación desde el momento en que esta historia picante que involucra al crítico coronado por el siglo XIX no podía contarse sin el concurso asfixiante de la política literaria (política-política, sillones en la academia, presiones sobre reseñistas y protagonismo de directores de los diarios, dineros, tráfico de vanidades y de influencias, ilusiones revolucionarias) indiscerniblemente mezclada con la amistad entre Hugo y Sainte-Beuve y con el amor entre el crítico y Adèle. Los adúlteros por su debilidad escénica, y no solo por ello, no pueden ser puros pues engañar, ya se sabe, es transigir. Al amor que los une, indudable (las cartas fueron quemadas no para negarlo sino para arrancarle lo sexual y liberar la memoria de Adèle del fardo de haber caído), lo maltratan los intereses de los tres involucrados. A los del crítico, legendariamente tenidos por innobles a pesar de haber conservado su independencia de criterio ante la obra de Hugo, se unen los de la esposa que, en un mundo donde el divorcio era una meta poco accesible, trata de cuidar al mismo tiempo a su amante, a su esposo y a sus hijos. En cuanto a Hugo, convencido de que el talento era una magistratura pero el genio un apostolado, es irreal pedirle pureza. El genio es gasto y es interés. A Sainte-Beuve mismo le fastidia la magnanimidad con que Hugo lo trata una vez que le confiesa que está enamorado de su mujer, suficiencia absoluta que oculta los intereses personales, inmediatos, del genio mismo y los intereses generales de la escuela cuya jefatura ostenta: el crítico era irreemplazable en la batalla romántica, alfil en los periódicos amigos y en los periódicos enemigos, eso en 1833 y una década después, necesario como colega en la Academia Francesa, en la cual el poeta, tragándose el sapo, lo recibe haciéndole honores que a ratos parecen arcadas.

La crítica moderna, no contenta con ser sospechosa por razonables motivos epistemológicos, nace así rebajándose, olerosa a melodrama cósmico, gracias a algo más. El frustrado que no puede crear y por ello abandona la poesía y la novela para ser solo crítico es también, si no el impotente, sí el monstruoso y el infértil. Sainte-Beuve, muerto soltero y sin hijos, sino que se niega, con convicción encratista, a heredarle cualquiera de sus nombres a Adèle II, a la que apadrina en Saint-Sulpice, también padece, según confiesa su álter ego Amaury en Volupté y también el propio Sainte-Beuve en alguna carta, de “una pequeña incomodidad fisiológica”, compartida nada menos que con Rousseau, el hipospadias, malformación congénita del pene debido a la cual el agujero de orinar no se localiza donde debe, provocando, entre otras cosas, una eyaculación dolorosa.[16]

No es necesario extrapolar demasiado para comprender que, al cometer adulterio con la mujer del archipoeta, el crítico parecía intentar, miserablemente y según la leyenda negra derivada del Livre d’amour, robar en el mismísimo tálamo de Victor Hugo, acaso el creador más abundante en la historia de la poesía, el fuego de la creación. El acto de amar se asemeja al de crear en su dolor y el crítico literario será desde entonces, gracias a la maldición sibilinamente arrojada por Sainte-Beuve contra sí mismo, el eunuco que no puede hacer el amor pero sabe cómo hacerlo porque vive en el harén y lo ve hacerse todos los días.

Sin haber leído el Livre d’amour, que solo circulara comercialmente en 1904 y sin conocer el atestado de Havard publicado hasta 1927, Nietzsche olió aquello que se tramaba en el tiempo y escribió, en El crepúsculo de los ídolos (1889), que nada viril había en Sainte-Beuve, lleno como estaba de “una rabia pequeña contra todos los espíritus viriles” pues era “bastante poeta y semihembra para sentir todavía lo grande como poder; constantemente retorcido como aquel famoso gusano...”[17] ~

 


[1] Jean Bonnerot, Un demi-siècle d’études sur Sainte-Beuve 1904-1954, París, Société d’édition “Les Belles lettres”, 1957, pp. 35-36.

[2] Ernest Seillière, Sainte-Beuve: agent, juge et cómplice de l’évolution romantique,Société d’Économie Sociale, París, 1921, p. 20.

[3] El ensayo capital sobre la poesía de Sainte-Beuve sigue siendo el de Jean-Pierre Richard, “Sainte-Beuve o el objeto de la literatura” enEl romanticismo en Francia, traducción de María Asunción Oliva, Barcelona, Barral, 1975.

[4] Léon Séché, Le cénacle de Joseph Delorme (1827-1830), París, Mercure de France, 1912, y Jean-Marc Hovasse, Victor Hugo,I. Avant l’exil, 1802-1851, París, Fayard, 2001, p. 458.

[5] Sigo la crónica más puntual del caso, la uno de los “reivindicadores” de Adèle, el abogado Edmond Benoît-Lévy, Sainte-Beuve et Madame Hugo (París, La Renaissance du Livre, 1927).

[6] Sainte-Beuve,Correspondance générale, i, edición de Jean Bonnerot, París, Stock, 1935, p. 210.

[7] Benoît-Lévy, op. cit., p. 70.

[8] Es Judas el biógrafo del Maestro, como diría Oscar Wilde. (Esta nota a pie de página siempre aparece en las biografías de Sainte-Beuve. Cumplo con la tradición.)

[9] Ibid., p. 425.

[10] Michel Brix, Hugo et Sainte-Beuve.Vie et mort d’une amitié«littéraire,París, Kimé, 2007.

[11] Sainte-Beuve, Volupté, edición de André Guyaux, París, Gallimard, 1986, pp. 463-475.

[12] La bibliografía sobre el Livre d’amoures todo un subgénero de los estudios beuvenianos. Destaca la edición comentada de G. Michaut, de 1905. Hovasse, nacido en 1971 y el más reciente de los biógrafos de Hugo, se burla, con razón, de que la historia del Livre d’amourfue un tema más apasionante para los críticos de hace un siglo que la génesis de los poemas de Rimbaud.

[13] A la espera de un traductor al español de su poesía –no suele aparecer Sainte-Beuve ni en nuestras antologías de poesía romántica francesa– ofrezco mi versión, un borrador, del pasaje que involucra a la pequeña Adèle como testigo del adulterio de su madre: “Apenas sabrás mi nombre, sin que te digan nada / estas visitas, niña, que se esconden como un crimen. / Por muy escasas que sean / van a cesar apenas tu lengua haya aprendido a decir una palabra. / Feliz, ansiosa de robarte la palabra / rivalizarás con los sonidos alegres de la voladora abeja. / Entonces podrás contar, sin obstáculos, a cada uno / la vida y sus dulzuras. / Se te hizo subir muy alto, hasta un cuarto estrecho y retirado, / pero hasta donde tu buen amigo te rodeó de alegrías. / Habré de no verte nunca, querido objeto. / Pero no siempre te alejan de mí y en mis oscuros regresos, / sin rebajar jamás su alma, tu madre se obsede sobre ese punto y te enseña el silencio, / para que ni hermano ni hermana puedan ser un peligro. / Si sobre sus rodillas tu padre te llegara a sentar, para interrogarte mejor, nada se filtrará hacia él / e ignorando por qué, sabrás no decir nada” (Livre d’amour, XVI, “A la petite Ad...”, prefacio de Jules Troubat, París, Mercure de France, 1906, p. 111).

[14] No está documentada ninguna escena de que Hugo haya echado a Sainte-Beuve de su casa de la manera en que el poema lo sugiere (Sainte-Beuve, Volupté, op. cit., p. 455).

[15] J. Bonnerot, nota a Sainte-Beuve, Correspondance générale, VI, op. cit., pp. 112-113. A la misma conclusión llega A. G. Lehmann, autor de la mejor biografía sobre el crítico, por desgracia parcial: Sainte-Beuve: a portrait of the critic, 1804-1842(Oxford, 1962). Los franceses no suelen citar este libro sintético y elegante, de los pocos interesantes que sobre Sainte-Beuve se han escrito en otras lenguas.

[16] J. M. Hovasse, op. cit.,p. 544; Michel Crépu,Sainte-Beuve,París, Perrin, 2011, p. 233. He llegado, creo que por otro camino, a conclusiones similares a la de Crépu.

[17] F. Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos,traducción de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 1973, pp. 86-87 (ha tenido enemigos poderosos Sainte-Beuve: Nietzsche, Proust y los muchos que durante el siglo XX lograron que no se reeditaran la mayoría de sus libros).