artículo no publicado

El minosaurio va a estar ahí

El lenguaje científico se atarea para no quedarse a la zaga a la hora de retransmitir el caos: ese momento en que la sociedad civil se enfrenta a un dinosaurio que da coletazos como perro resentido.

Ante la generalizada zozobra en que lamentablemente se halla sumida la realidad mexicana, se impone evaluar cómo el lenguaje científico se atarea para no quedarse a la zaga a la hora de retransmitir el caos.

Veamos un ejemplo de esta nueva audacia expresiva en un análisis del popular e internacionalmente conocido científico social mexicano John Ackerman.

Dicho análisis apareció en la revista Proceso y puede leerse aquí.

El lector aguzado habrá topado con ese párrafo que ilustra a la perfección la nueva y digna creatividad que “repiensa” a la escritura como un gran instrumento de indignación social.

El objetivo del párrafo es describir —señala su autor— “la enorme vulnerabilidad del régimen” que, en este caso, es el mexicano. ¿Y qué tan vulnerable es el régimen? Tanto como para ser representado de este modo:

Arrinconado por la movilización social y atrapado en su laberinto de impunidades, el dinosaurio da coletazos sin racionalidad alguna, como un perro herido y resentido.

Más allá de sus aspectos ideológico-políticos —que tendrán su valor y su valía— nos interesan el ingenio retórico y la potencia expresiva. Se trata a simple vista de un párrafo musculoso, no desprovisto de drama y aun tocado por cierto realismo-socialista.

Repasemos la amplia paleta de que echa mano el colorido análisis del profesor. Que ese laberinto sea de impunidades le hace un guiño a Dante, pues mete una idea abstracta (la “impunidad”) en un edificio concreto (el “laberinto”). Nada mal. En tiempos cretácicos no era infrecuente que un dinosaurio quedase atrapado entre las rocas o las arenas movedizas; que este dinosaurio particular se halle dentro de una construcción humana agrega un bemol aterrador. Que la digna movilización social ose meterse a un laberinto ya es encomiable; que lo haga a sabiendas de que ahí moran las impunidades es muy valiente; pero que no la intimide saber que por ahí ronda un dinosaurio, es francamente heroico.

Ahora bien, ¿qué clase de dinosaurio es? Aceptemos por contexto que uno de los grandotes, pues mal se vería la movilización social arrinconando a un dinosaurito inofensivo de esos que tenían si acaso la dimensión y el carácter de un guajolote.  

Por morar en laberinto, se puede suponer que se trata también de una cruza de dinosaurio con aquel Minotauro que masticaba niños en el horrible laberinto que hubo en Creta (que, aunque se llame así, estaba lejos del cretácico). Y sin embargo, con un audaz usufructo de la afinidad fonética, el autor ha propuesto una inaudita categoría: el minosaurio o el dinotauro, a cual más terrorífico.

Como además de gigantesco el referido dinosaurio da coletazos para negociar sus diferencias, se infiere que va a ser necesaria bastante sociedad civil para arrinconarlo. También se deduce que además de contar con buenos líderes, como el digno profesor, esa sociedad civil deberá ir bien pertrechada, pues si el laberinto es proporcional en tamaño al del monstruo, la jornada promete ser larga y agotadora.

Una cosa especialmente dramática es que, vencidos todos los obstáculos, ante la movilización social que por fin lo encuentra y lo arrincona, el indigno dinosaurio da coletazos sin racionalidad alguna. Porque no es lo mismo un dinosaurio que le da de coletazos a la sociedad mexicana razonando, que uno que lo hace sin razonar: hay consenso empírico en el sentido de que cuando un dinosaurio da coletazos sin razonar es muy, pero muy desagradable.

Y aquí es donde el ingenio alegórico del profesor Ackerman alcanza su más sublime tesitura: el indigno dinosaurio no solo da coletazos sin racionalidad, sino que además lo hace como un perro herido y resentido.

Atiza.

Es difícil saber si el perro está resentido porque fue herido, o está herido por resentirse, pero en todo caso, este es un dinosaurio que da coletazos como un perro herido y resentido en un laberinto arrinconado.

Y cuando un dinosaurio se parece a un perro, la cosa va en serio…