artículo no publicado

El mariachi, todavía

El origen de la palabra mariachi se pierde en una espesa noche etimológica, histórica, floclórica, eruditamente enrededada: un lingüista dice que el mariachi surgió en el país durante el imperio importado de Maximiliano, cuando a partir de la palabra mariage (boda) se nombró así a los conjuntos musicales que actuaban en las nupcias de afrancesados; otro, asegura que el vocablo deriva de una madera de Nayarit llamada mariache de la que estaban hechas las tarimas para los músicos; otro más afirma que el origen es el nombre María, el de la Virgen de Guadalupe; y le he oído a un lexicógrafo amateur que se les llamaba "los de María Chi" a los trovadores de una señorita llamada... María Chi.

La discusión se extiende a la geografía. Así como diversos pueblos de Grecia se disputan la gloria de ser la patria chica de Homero, hay orgullosos ciudadanos de Esmógico City que, anecdotario mediante, juran que el mariachi y los mariachis nacieron en el cantinón El Tenampa, Plaza Garibaldi; hay en Nayarit y Sinaloa poblaciones llamadas Mariachi, quién sabe si desde antes o después de inventada la cosa; y el charro cantor Jorge Negrete proclamaba que “de Cocula es el mariachi, de Tecatitlán los sones”.

Un buen conjunto de mariachi actual suele estar formado de violines, guitarra, guitarrón, contrabajo (o tololoche), trompeta (que es aportación tardía), una primera voz cantante y un coro vocal aportado por los instrumentistas, alguno de los cuales está encargado de emitir el escalofriante grito ¡iiiiijaiiiijaiiijaiiii!, muy gustado por los turistas en busca de emociones fuertes pero espeluznante para el novelista tequilófilo Malcolm Lowry.

La Plaza Garibaldi, si acaso no la cuna del mariachi, ha sido por años Mariachilandia, y desparrama sus mariachis por todos los barrios y las colonias citadinas. Cada vez que un vecino, de madrugada, por causa justificada de boda o cumpleaños o asunto amoroso o 10 de mayo, o mero gusto, celebra su mexicana desgarrada alegría, se regala un mariachazo importado de la Garibaldi y de paso lo regala a todos los vecinos para que se desvelen en mexicana alegría.

La música mexicana frecuentada por el mariachi es un rico epítome cultural. Las letras honran bellezas femeninas locales (“No hay ojos más lindos en la tierra mía que los lindos ojos de una tapatía”), paraísos provincianos ("Guadalajara, Guadalajara, hueles a pura tierra mojada”), sadomasoquistas bravatas (“Ábranla, que llevo bala, no los vaya a salpicar”), didactismos rudos (“Traigo pistola al cinto y con ella doy consejos”) o parrandas homéricas (“Ay, cuánto me gusta el gusto y todo se me va en beber”). Se trate de valses, de corridos, de rancheras o boleros arrancherados, la languidez romántica (“Morir por tu amor”) se aparea con el brío macho (“Me he de comer esa tuna aunque me espine la mano”) sublimando a la mujer amada (“Eres mi luz, eres mi cielo, eres mi amor”) o escarneciéndola como la culpable de todo (“Y dicen por ai, que Dios hizo a la mujer, para regalo del hombre, pos ah qué caray, que nos quitan desde el nombreee, hastaaa... el mooodo... de andaaar”). En cuanto a la música, el pequeño conjunto sopla o rasca fuerte con pujos de total orquesta filarmónica mientras la dulce feminidad de las cuerdas combate con el brío heroico de la trompeta (de lo cual resulta casi siempre el aplastamiento de aquéllas).

El mariachi ha perdurado en la identidad nacional gracias sobre todo a las películas de ranchos, palenques, sombrerudos, bigotudos y pistoludos machos y a la cantina a la vuelta de la esquina. Entendido como apéndice de la radiofonía y de la hoy prehistórica victrola, el cine mexicano propagó los mariachis para que, emitiendo canciones que a veces por desgracia son inolvidables, acompañen en sus torbellinos de pasión a fuertes hombres con espuelas y dulces mujeres con rebozo.

Hay unas cuantas hermosas piezas de mariachi: la tradicional “La Negra” o la esperpéntica “El zopilote mojado” o la simpáticamente cursi “La Bikina”, etc. Hay, además, y ya en el nivel de la música culta, esos Sones de Mariachi a toda orquesta que compuso Blas Galindo para resucitar y hacer bailar a los muertos y cuyo único defecto es estar tan oídos y reoídos en la radio cultural como los del también excelente e igualmente trillado Huapango de Moncayo. Lo atroz es la enorme morralla que sobrelleva el género y su ejecución vulgar por tantos ciudadanos que acaso porque han fracasado en otros negocios como la mecánica de automóviles, el puesto de fritangas y quizá el secuestro express, se embuten en lentejueados trajes de seudocharros negros para, a tantos pesos la pieza, cantarle a usted "ai lo que sea de su corazón, jefecito".

Con los recamados trajes, los sombreros galoneados, los bigotazos, las desenfadadas barrigas, las pistolas al cinto y el épico grito que aspira a la eternidad: ¡iiiiiijaiiiiiijaijaiiiiii!, son la demostración altiva de que como México no hay dos y de que no debemos dar tanto brinco estando el suelo tan parejo: los machos no se rajan, se quiebran pero no se doblan, y la modernidad y la globalización les hacen lo que el viento a Juárez. Hoy los mariachis siguen siendo un heroico bastión de la identidad nacional. (Pero, ojo, ya en Japón están fabricando tequila... y hasta se dice que hay en Tokio mariachis japoneses.)