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Las batallas políticas de Peña Nieto quedan de manifiesto desde la formación de su gabinete, la firma del Pacto por México y las trece decisiones señaladas desde el primero de diciembre.

 

La toma de posesión de Enrique Peña Nieto como presidente marca una coyuntura importante tanto por razones estrictamente locales como por el entorno en el cual ocurre. Terminan doce años de presidencias panistas que, con sus aciertos y fracasos, mostraron que la alternancia es posible, y que el manejo económico técnicamente correcto y la seriedad fiscal no tienen por qué tener colores partidistas.

Ahora, PAN y PRD tienen que redefinirse como partidos de oposición. El primero porque después de una abrumadora derrota electoral tiene que decidir si quiere ser un partido moderno de derecha, evitando ser el partido proteccionista y provincial de antaño, que promueva una economía más competitiva, alejada de condiciones oligopólicas y dispuesto a sumarse a las iniciativas del gobierno cuando estas sean sensatas. El liderazgo de un funcionario serio como Ernesto Cordero en el Senado es motivo para ser optimista con cautela en tanto no quede claro qué facción dominará el futuro del partido.

El PRD tiene un reto más grande. ¿Será capaz de constituirse en una izquierda moderna, responsable y propositiva que se aleje del colosal y creciente lastre implícito en la formación de Morena y la retórica de López Obrador? Marcelo Ebrard demostró ser un gobernante capaz en la ciudad de México y ahora Miguel Ángel Mancera tratará de dar continuidad a un proyecto interesante y pragmático que pudo desarticular a mafias que parecían intocables, como la del transporte público y la de los vendedores ambulantes. Si el camino del PRD es ese, más le valdrá quitarse de encima a gente con el perfil de Dolores Padierna, quien afirmó que Hugo Chávez es “un ejemplo para todo el continente”, y desconoció la firma del Pacto por México que hizo su coordinador en el Senado Miguel Barbosa, con el apoyo de Jesús Ortega y Graco Ramírez.

López Obrador marcó el tono que mantendrá en los próximos años: “resistencia pacífica, pero activa” y, la irresponsable actuación de Ricardo Monreal acusando desde tribuna la primera muerte de la administración peñista señala no solo la desesperada y peligrosa búsqueda de mártires que legitimen su causa, sino también un distanciamiento con el gobierno de la capital que, de hecho, es a quien se le hubiera “colgado” el muerto.

Las batallas políticas de Peña Nieto quedan de manifiesto desde la formación de su gabinete, la firma del Pacto por México y las trece decisiones señaladas desde el primero de diciembre. Es positivo empezar por la reforma educativa, aunque no es claro si el camino más corto para conseguirla pasa por una guerra campal entre Emilio Chuayfett y Elba Ester Gordillo. Por otra parte, el alcance de la indispensable reforma energética parece peligrosamente acotado por el lenguaje utilizado en el Pacto por México, y eso es motivo de preocupación y alarma.

Las pensiones para las personas mayores de 65 años me parece una mala implementación de una idea justa. Cuando la edad de retiro se estableció en 65 años en Estados Unidos, la esperanza de vida era de 63; hoy es de 78 años y otorgar ese tipo de derechos es siempre más fácil que financiarlos una vez que la población envejece. La de México va en ese camino y parece miope echarse la soga al cuello cuando las estructuras de pensiones están quebrando al Estado. El costo político de hacer cambios más adelante será colosal. Alemania, de hecho, acaba de incrementar la edad de retiro a 67 años y podrían buscar aumentos subsecuentes. En México, sería mucho más sensato y responsable establecer 70 años como punto de partida (la esperanza de vida es de casi 77 años), y de una vez ajustar la edad de retiro a la evolución futura de la esperanza de vida en un mundo donde no solo se vive cada vez más, sino que la provisión de salud se encarece conforme la ciencia avanza y las terapias se personalizan. Al reducirse la escala en los tratamientos médicos estos se vuelven más efectivos, pero también exponencialmente más costosos. El gobierno de Peña Nieto daría un buen ejemplo de responsabilidad evitando caer en la tentación populista, a sabiendas de que en una o dos décadas la provisión del subsidio se complicará irremediablemente.

En mi opinión, la mayor razón para sentirse optimista es el lenguaje que Enrique Peña Nieto eligió en su primera visita a Washington y el nombramiento de José Antonio Meade en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Peña Nieto decidió, acertadamente, resaltar el componente económico de la relación con el vecino del norte, evitando caer en la estéril retórica de los temas de migración y narcotráfico. México es el socio que exporta mil millones de dólares diarios de manufacturas a Estados Unidos y produce 40% de todos los bienes que ellos exportan al resto del mundo. Meade deberá apuntalar esa condición y formar equipos fuertes que aprovechen la negociación del TPP (la alianza transpacífica) para renegociar NAFTA (TLCAN) “por la puerta trasera” (como dijera el embajador Arturo Sarukhán, el mejor que ha tenido México en décadas), sin generar oposición legislativa en un lado u otro de la frontera.

Es en el entorno internacional donde está la gran oportunidad para el gobierno peñista. Estados Unidos está inmerso en un enorme problema económico. Después de crecer a tasas promedio de 3.3% anual por las últimas seis décadas, el crecimiento potencial estadounidense (quizá alrededor de 2% en este momento) se encuentra mermado por el alto endeudamiento de las familias (y ahora también de su gobierno), por el envejecimiento de su población, y por el agotamiento del proceso de incremento en la productividad que tanto benefició a las empresas de ese país en los últimos años. Si Obama quiere tener la más mínima esperanza de reducir el alto, persistente y preocupante desempleo, la única alternativa realista proviene de una agresiva política energética combinada con una revolución en materia de manufacturas. En ambos de esos factores, México es un socio indispensable.

Obama tendrá que olvidar sus sueños de energía renovable y resignarse a la explotación de shale gas (gas de esquisto) que le permitirá acceso a energía también limpia, pero no renovable. Esa explotación generará decenas de miles de millones de dólares de inversión y le dará a Estados Unidos acceso a energía barata y les permitirá ser autosuficientes en términos energéticos, lo que geopolíticamente no podría ser más oportuno dado el escenario actual de Medio Oriente. Tan solo en el shale gas que está en el subsuelo del estado de Pennsylvania hay más BTU que en todo el petróleo del subsuelo saudiárabe. Estados Unidos podría producir energía a la quinta parte del costo que Europa paga por gas ruso. De hecho, las empresas alemanas Bayer y BASF anunciaron públicamente su preocupación porque les será imposible competir con empresas estadounidenses una vez que estas tengan acceso a gas a ese costo.

Ese costo de energía permite que sea factible y realista el desarrollo de una nueva capacidad manufacturera estadounidense. Sin embargo, Estados Unidos no puede hacerlo solo. Los procesos productivos de ambos países están irreversiblemente integrados y la creciente competitividad mexicana, en relación a competidores como China, es evidente e incuestionable. Si además hacemos lo propio para permitir inversión privada cuando menos en la producción de gas y en la industria petroquímica, el crecimiento de la economía mexicana se irá por las nubes. Consideremos también que esto ocurre cuando México, por primera vez en años, está recibiendo más inversión de portafolios que Brasil, cuyo crecimiento ha decepcionado a los mercados internacionales y además no aprovechó sus años de bonanza para quitarse de encima lastres estructurales.

Peña Nieto tiene poco tiempo. Su luna de miel será breve y los retos políticos son evidentes. Podrá echar mano de experimentados políticos –Osorio, Coldwell, Rojas- y de técnicos capaces –Videgaray, Meade, Lozoya, Guajardo-, con Rosario Robles en Sedesol puede articular una política social eficaz, “robándole” algo de agenda social a la izquierda. Pero para ello primero tiene que atreverse. Es momento para forjar alianzas públicas y privadas, internas y externas; tiene que redefinir, pronto, la relación con Estados Unidos y aprovechar que ellos también tienen prisa. Al hacerlo, sentará sólidas bases para resolver problemas migratorios y de seguridad a los que les vendría muy bien quitarles el reflector de encima para permitir encontrar soluciones que beneficien a todos.

La oportunidad está ahí. A Peña le sonríe la suerte, ahora es momento de mostrar que sabe cómo aprovecharla. Al final del día, requerirá de una mezcla de valor y visión. Ojalá se lance, la recompensa potencial rebasaría las más optimistas expectativas.