artículo no publicado

Eat your mole, panzón

Ni la imaginería visual de Julie Taymor, reconocida escenógrafa y directora de Titus (2000), el delirio gore que adapta a William Shakespeare a un contexto atemporal con resabios fascistas; ni el trabajo de cinco guionistas —entre los que están Gregory Nava, director de Selena, y Walter Salles, director de Estación Central— inspirados en la biografía de Hayden Herrera publicada en 1983; ni un reparto integrado por actores de probada capacidad como Alfred Molina, Geoffrey Rush, Ashley Judd y Edward Norton; ni la inclusión francamente absurda aunque políticamente correcta de cantantes como Lila Downs y Chavela Vargas, que en un insólito número musical inserto en la trama, encarna a la Muerte —así, con mayúscula— al ritmo de "La Llorona"; ni el apoyo de tres compañías productoras entre las que se encuentra Miramax Films, que tanto ha hecho por buena parte del cine independiente contemporáneo; ni las locaciones en Puebla, San Luis Potosí, Teotihuacán y la ciudad de México; ni la inversión de doce millones de dólares, un presupuesto bajo para los estándares de Hollywood pero considerable para los de nuestra industria; ni el haber sido seleccionada para abrir la Muestra de Cine de Venecia: nada puede salvar del naufragio al Titanic rebautizado como Frida (2002).
     La culpa, en este caso, no es de los tlaxcaltecas, sino de uno de nuestros productos de exportación más inexplicablemente cotizados de los últimos años: Salma Hayek. Dicen los rumores que dos reinas del imperio hollywoodense, Madonna y Jennifer Lopez, estaban interesadas en el papel de la Kahlo; que en el proyecto de la primera se hallaba involucrado Marlon Brando, que interpretaría a Diego Rivera, y en el de la segunda Francis Ford Coppola, que fungiría como productor. Nuestra célebre veracruzana, no obstante, se impuso a ambas gracias a su insistencia, sus relaciones cada vez más saludables con Hollywood, la intervención de su propia compañía productora (Ventanarosa Productions)... ¿y qué más? ¿Su talento como actriz? Un repaso de su filmografía —de regular a mala, hay que decirlo— basta para confirmar que está a años luz de ser el relevo de Dolores del Río, María Félix o Katy Jurado, algo que sin duda añora. ¿Su destreza para venderse como la nueva Mexican curious, la chaparrita guapa y de buen cuerpo que ha llegado para quedarse en la Meca del cine ("Hey, boys! Right here my chicharrones crunch too!")? Ya nos vamos acercando.
     ¿Hay algo rescatable en esta flamante, pomposa, insulsa Frida de Julie Taymor, que ignora por completo la versión de 1984 de Paul Leduc? En términos visuales es posible que sí: sobre todo las secuencias en que varios cuadros de la Kahlo cobran vida para que la Taymor haga lucir el maquillaje, el vestuario y los conceptos escenográficos que le han dado fama. Pero los lastres —interpretativos, argumentales, aun técnicos— son tantos que arrastran los pocos hallazgos hasta el fondo. Ejemplo número uno: los miscasts que se suceden sin parar: ahí está Alfred Molina, entregando un Rivera bonachón y adicto a las enchiladas que de una escena a otra encanece y pierde pelo; o un pésimo —el pleonasmo es intencional— Antonio Banderas, que convierte a Siqueiros en un borrachín infumable que discute sobre comunismo frente a una botella de tequila; o una Ashley Judd disfrazada de morena, que reduce a Tina Modotti a una femme fatale que baila con Frida una especie de tango tocado por un conjunto a caballo entre el mariachi y el trío; o un Geoffrey Rush al que le queda grande el saco —y la barba, especialmente la barba— de Trotsky. (El miscast de Salma está implícito.) Ejemplo número dos: el modo dizque ingenioso de resolver la llegada de Diego a Nueva York (contratado por los Rockefeller, se transforma en King Kong y trepa por un rascacielos para representar la conquista de la Gran Manzana) y la estancia de Frida en París (en lujosos duotonos, la observamos seduciendo a hombres y mujeres para llevárselos a la cama con una elegancia que Zalman King, uno de los reyes del soft porno, envidiaría). Ejemplo número tres, sólo para ilustrar los errores de continuidad: con uno de sus cuadros bajo el brazo, Frida acude a conocer a Rivera, que trabaja en un mural —una descripción esquemática para una cinta esquemática—; en el transcurso del diálogo vemos que uno de los personajes del mural aparece primero bosquejado y luego pintado en su totalidad y luego, nueva e increíblemente, bosquejado.
     Más allá de la irritante sarta de clichés sobre la identidad mexicana, más allá de los gazapos típicos de un cineasta con escasa noción de la puesta en escena, la pata de la que cojea la Frida de Julie Taymor es producto de una falla de origen. ¿Para qué contar una historia que ya ha sido contada de muchas y mejores maneras, y a la que únicamente se agregarán lugares comunes? Repleto de giros y situaciones que se despeñan en el humor involuntario, el guión vacía a los personajes de sustancia y los vuelve robots que formulan frases como la que Frida le espeta en algún momento a Diego: "Eat your mole, panzón." A lo que se antoja contestar: No, Salma, cómetelo tú. Y que te aproveche. ~