artículo no publicado

¿Dónde jugará el Barça?

Si Cataluña fuera independiente, ¿en qué liga jugaría el Barça? 

La identificación del Fútbol Club Barcelona con la causa del autonomismo catalán es tan legendaria como bien documentada, incluso en la academia. Recuerdo la envidia con que un amigo del postgrado y yo escuchamos la presentación de una de nuestras compañeras sobre su proyecto de tesis doctoral que versaba sobre las políticas de recuperación del idioma catalán, utilizando como una de las fuentes a la hinchada del Barça. “¿Cómo no se nos ocurrió antes?” gritamos al unísono. ¡Pasarse un año con la hermandad culé siguiendo al ballet blaugrana por los estadios de España con una beca Fullbright! En fin, la cuestión es que el estridente catalanismo barcelonista es un lugar común y, por lo mismo, al adelantar una idea o dos sobre la cuestión uno siempre se arriesga a repetir el mismo pase lateral todo el partido. Sin embargo, la tentación de gambetear aun entre argumentos refritos y perogrulladas es demasiado grande para alguien que vive a la caza de metáforas balompédicas.

La más reciente explosión del nacionalismo catalán tuvo una predecible escenificación durante el último Clásico Barcelona-Real Madrid, el pasado 7 de octubre, realizado a menos de un mes de la mayor manifestación por la independencia de Cataluña desde la Guerra Civil. A los diecisiete minutos con catorce segundos (1714, la fecha de la caída de la ciudad de Barcelona ante las fuerzas borbónicas del rey Felipe V con la resultante desaparición de las instituciones del autogobierno catalán), la cancha del Barcelona se vistió con las franjas rojas y amarillas de la senyera y casi cien mil personas gritaron al unísono: “¡Independencia!”, confirmando con ello que el Camp Nou tiene prácticamente el mismo estatus que el Palau de la Generalitat como sede de la identidad nacional de los catalanes.

Por esas mismas fechas empezó a circular, medio en serio y medio en broma, una pregunta que aunque ya se había planteado desde 2010, por lo menos, cobró una relevancia especial en la ola separatista de los últimos meses: Si Catalunya fos independent… a quina lliga hauria de jugar el Barça? (Si Cataluña fuera independiente, ¿en qué liga jugaría el Barça?). La pregunta pega justo al centro de una tensión histórica en el autonomismo catalán: el conflicto entre la vocación cosmopolita, abierta y amiga de la globalización de Cataluña, por un lado, y la función del Gran Otro (Lacan dixit) madrileño, especialmente durante los años del franquismo, en la moderna construcción de la identidad catalana.

Barcelona fue una “ciudad global” (término acuñado por la socióloga Saskia Sassen a principios de los años 90) prácticamente desde sus inicios hace dos mil años. Nodo comercial, político y cultural durante la Alta Edad Media, Barcelona vivió mucho tiempo de frente al vibrante mundo mediterráneo, jalando los hilos de la globalización de su tiempo, y de espaldas al resto de la enjuta y pastoril península ibérica. La súbita transferencia de las rutas de la integración del Mediterráneo al Atlántico dejó a los catalanes en la periferia del nuevo imperio español, con algunas de sus instituciones intactas, pero con la supervisión de un virrey nombrado desde Madrid, en una situación no del todo diferente a la de las colonias americanas. Desde entonces, Cataluña ha debido integrarse al mundo a través de España, recibiendo siempre una parte más pequeña de la que cree merecer en los tiempos de bonanza y compartiendo, quizá con la misma desproporcionalidad, los amargos días de soledad y derrota que siguieron al fin del imperio y el inicio de la dictadura de Franco. En el imaginario nacionalista, los otrora cosmopolitas catalanes fueron  condenados a seguir las directrices de quienes difícilmente podían ver más allá de la meseta castellana.

Por ello, no es de extrañarse que el reclamo independentista catalán de nuestros días tenga un marcado acento globalizador. Al relato de agravios históricos: la represión contra el idioma y la cultura catalanes, la transferencia de recursos de la región al centro, la reivindicación de una identidad extra-peninsular, etcétera, se le añade ahora la apelación al carácter netamente europeísta de Cataluña y, por ende, su derecho de integrarse a Europa en sus propios términos y no en los del Estado Español. Es una situación interesante desde el punto de vista del análisis de los discursos independentistas, en la que los ejes legitimadores de la exigencia del autogobierno son, a la vez, la clásica apelación a la soberanía nacional y la vocación integracionista; un doble sustento tanto en la nación depositaria del derecho soberano como en la entidad supranacional que la acogerá en su seno.

El punto es que Cataluña lleva ya por lo menos un par de décadas integrándose en la globalidad bajo sus propios términos, por lo menos en dos aspectos fundamentales. Existe una gran coincidencia en la apreciación de que los Juegos Olímpicos de 1992 representaron la irrupción desinhibida de la cultura catalana en el escenario internacional. Desde entonces, no solo los interesados en las cuestiones geopolíticas, sino incluso el viajero promedio, saben que Cataluña tiene su propio idioma, costumbres, gastronomía y hasta perspectiva artística. Como nos decía un mesero barcelonés en 2006: “cada año son menos los turistas que me preguntan dónde se puede hallar un tablao de flamenco o dónde queda la plaza de toros.” La ciudad de Barcelona es un excelente ejemplo de un branding global exitoso: una de las capitales mundiales del buen gusto que, sin embargo, debe padecer todavía las impertinencias plebeyas de Madrid, como lo señalan los miles de afiches y el grafiti con denuncias al centralismo que uno encuentra a cada paso.

El segundo gran elemento de la globalización cultural de Cataluña es, por supuesto, el Barça. En los últimos veinte años el FC Barcelona ha pasado de ser el eterno segundón de la liga española, conocido en el mundo más por sus frustraciones que por sus méritos, a constituirse como el modelo de exquisitez futbolística de la actualidad. Cada fin de semana, cientos de millones de aficionados que sufrimos y gozamos por separado a los equipos de nuestros amores, sintonizamos los partidos del Barça por el puro placer estético de ver a Villa, Busquets, Piqué y compañía triangular de primera intención hasta el infinito, anticipando con un cosquilleo en el estómago el mortal cambio de velocidad que enviará a Messi o a Iniesta en un frenético zigzag hacia el área rival, donde habrá nuevas combinaciones improbables y goles que entibian el corazón. El Barça dio un salto cuántico en su nivel de juego justo cuando el fútbol mundial  se llenó de un voyerismo televisivo vertiginoso. Cadena tras cadena de 24 horas de fútbol, las ligas locales desde los confines patagónicos hasta la tundra siberiana, pasando por las rejuvenecidas ligas de la Vieja Europa, el fútbol es, hoy más que nunca, el deporte más popular del mundo y la afición del blaugrana se desparrama por los cinco continentes.

Millones de estos nuevos hinchas llegan también atraídos por el hecho de que, para decirlo llanamente, el FC Barcelona es un equipo políticamente correcto que se rehusaba hasta esta temporada a prestar el espacio sagrado de la camiseta para fines publicitarios (y cuando lo hizo era por una causa noble: UNICEF), representa la vocación autonomista de un pueblo oprimido que un día abandonó el estadio a pie para respaldar una huelga tranviaria, y tiene como su némesis  a un obvio representante del poder y el dinero: el Real Madrid. Quizá nadie haya expresado el punto de vista de esta nueva generación de hinchas no catalanes que llegaron de la mano de la globalización como el periodista estadounidense Frankyln Foer, quien dedicó un capítulo de su libro How soccer explains the world (Cómo se explica el mundo a través del fútbol, Harper 2006) al equipo de sus nuevos amores.  Foer, después de reseñar la historia del club y enlistar las razones por las que el Barça es un objeto legítimo de adoración izquierdista, por un momento deja ver la profunda incomodidad que él, como ciudadano ilustrado del mundo contemporáneo, siente ante la persistencia de los odios atávicos anti-madridistas y el complejo de inferioridad que sigue aquejando a la hinchada culé más tradicional, aquella forjada en las tres décadas negras del club (1960-1990), inmortalizadas por “La Trinca” en esa canción que es un monumento a la sorna autoinfringida “Les alegries del culé”. Si el Barcelona ha ganado todo lo que hay por ganar el mundo futbolístico, ¿por qué seguir atado a esa necesidad de reivindicación que consiste en arrastrar el orgullo del Madrid entre las piernas de Ronaldinho y Messi burlando a placer a la defensa blanca? ¿Por qué descender a los abismos de la irracionalidad cercenando una cabeza de cerdo para arrojarla a los pies del “traidor” Luis Figo?

La pregunta para el futuro de una eventual Cataluña independiente bien puede tener una metáfora futbolística: ¿puede existir el Barça sin el Real Madrid? ¿Ha encontrado el Barcelona en Europa (donde ha ganado 3 de las últimas 7 finales de la Champions League) el consuelo a setenta años de humillaciones reales y ficticias en la liga española? ¿Dejará al fin descansar en paz el alma de Josep Sunyol, político de izquierda y presidente del club asesinado por las fuerzas falangistas? ¿Aceptará de una buena vez que los peores años de la dictadura franquista fueron también algunos de los mejores en la historia del club, los años en que Ladislao Kubala no les entregaba la pelota ni a los representantes del Movimiento Nacional? ¿Enterrará para siempre el affaire Di Stefano? Sería fácil decir que para seguir cosechando el éxito, el Barcelona no necesita más que decantar su maravilloso fútbol, atender esa Academia (con mayúscula platónica) de virtud estética que es la Masía, de donde salió la base del plantel actual, y despreocuparse del detalle más bien logístico de decidir si continúa jugando en la liga española o se incorpora a una mini-liga catalana si se concreta la independencia.

Me incluyo entre los que se resisten a la segunda opción.  No solo porque no podré desarrollar el mismo rechazo visceral por el Espanyol de Barcelona, el Nástic de Tarragona o el Sabadell como el que me surge por el Real Madrid, sino porque me parece que la inmensa desproporción futbolística del Barcelona en una liga catalana a la larga repercutirá negativamente en el nivel del juego blaugrana. De manera más fundamental, me parece que sin el Gran Otro que representa el Real Madrid -el contraste no solo entre estilos de juego sino entre filosofías deportivas- el Barça podría convertirse fácilmente en un nuevo villano de las canchas, una aplanadora desenfrenada. Lo mismo podría pasar con una Cataluña independiente y sus minorías étnicas y lingüísticas. A nivel de las gradas, recordemos que la hinchada culé no ha sido inmune a las tentaciones del nacionalismo de extrema derecha y ahí están los Boixos Nois (“chicos locos”, radicales de izquierda en los 80 devenidos neofascistas en los 90) para probarlo. La historia de estos hinchas skinheads tiene un paralelo en sectores de la sociedad catalana, al menos en el cine. La película Catalunya über alles (Dir. Ramón Terméns, 2011) nos muestra la tenue línea entre el nacionalismo reivindicador de izquierdas y el nativismo antiinmigrante de extrema derecha. Libre de Madrid, Cataluña le apunta a la Europa de la integración, pero nada garantiza que no retroceda a la Europa de la ley del más fuerte.