artículo no publicado

Doce años después: SRE

Aciertos y desaciertos de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

El primer día que Jorge Castañeda llegó a la cancillería como secretario de Relaciones Exteriores del gobierno del presidente Vicente Fox hizo algo que reflejó el espíritu del momento, la promesa de cambio que –para algunos– representaba Fox y su canciller: Sonriente y poco ceremonioso, Castañeda fue de escritorio en escritorio estrechando manos, preguntando qué hacíamos y si estábamos contentos con nuestros trabajos. Luego nos pidió unos momentos para contarnos cuáles eran sus planes para los próximos años. Yo era en ese momento uno de los eslabones más pequeños en la cadena alimenticia que siempre han supuesto las burocracias: jefa del Departamento de Cooperación Antinarcóticos de la Dirección General para América del Norte (reto a que alguien lea el cargo sin tomar aire a la mitad de la lectura).

Para el primer gobierno panista el país debía transmitir en su política exterior el cambio interno que acababa de experimentar al darle la vuelta a la página de 71 años de gobiernos priístas.

Las apuestas fueron dos, en orden de importancia: la construcción de una relación estratégica más equitativa con Estados Unidos (enfatizando el tema migratorio) y la participación activa de México en  áreas que, hasta entonces, habían visto participaciones tibias o abiertamente ambivalentes por parte de la diplomacia en épocas priístas: la protección y el desarrollo del derecho internacional de los derechos humanos.

El capital político de la administración de Vicente Fox, la buena relación entre él y su homólogo estadunidense, George W. Bush, dieron esperanzas y razones para pensar que algunos de los temas más importantes de la relación bilateral iban a avanzar de manera importante. Íbamos, en palabras de Castañeda por la “enchilada completa”, al buscar que Estados Unidos aprobara una reforma migratoria integral para regularizar a los más de 7 millones de mexicanos indocumentados que había en ese entonces..

La posibilidad de la “enchilada completa” se canceló con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. El 9/11 significó que cualquier conversación con Estados Unidos pasara por el tema de la seguridad. La relación se volvió absolutamente monotemática y la mirada del Ejecutivo, Legislativo y opinión publica estadunidense se volcaron hacia Medio Oriente. Poco o nada se avanzó en la agenda bilateral.

El impulso multilateralista de la administración del presidente Fox también encontró otras limitantes importantes, algunas provocados por el hostil entorno internacional y otras por la impericia e imprudencia presidencial. Sobre estas últimas, basta recordar el infame episodio del “comes y te vas” a Fidel Castro.

Mi trabajo en la cancillería terminó un par de meses antes de los atentados. Me fui para hacer un posgrado y a mi regreso, dos años después, todo había cambiado. Castañeda y los aires de renovación se habían ido, la política exterior del gobierno de Fox se había quedado sin ideas, o por lo menos sin ideas claras y articuladas. Al frente de Relaciones Exteriores estaba Luis Ernesto Derbez, economista que había luchado, sin éxito, por ser secretario de Hacienda y que –decían los trascendidos en los periódicos– no estaba contento con el encargo que le había impuesto Fox. Al malestar del canciller, se sumó un clima internacional complicado: la intervención estadunidense en Afganistán e Irak.

Yo volví a la cancillería, en esta ocasión como asesora de Luis Ernesto Derbez. Días después de haber firmado mi contrato,  Derbez anunció su intención de postularse al cargo de Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA). A partir de entonces, la posición de México en el exterior terminó de deteriorarse. Buscando conseguir los votos necesarios para encabezar la OEA, Derbez se peleó con la mitad de los países de América Latina y jamás consiguió un apoyo absoluto por parte de Estados Unidos. Después de un proceso largo y desgastante, Derbez decidió retirar su candidatura. Sin embargo, el daño estaba hecho: ni América Latina ni Estados Unidos. México quedaba aislado y debilitado.

Para cuando arrancó el sexenio de Felipe Calderón, pocos creían que algo cambiaría en términos de política exterior por el simple hecho de que algunas de las condiciones básicas que habían impedido avanzar la agenda continuaban siendo las mismas que después del 9/11. En particular, Estados Unidos todavía no estaba interesado en abordar seriamente los temas en la agenda bilateral, hablar de migración o abrir nuevas avenidas de cooperación entre los dos países. Como durante la mayor parte del sexenio foxista el único tema que importaba era la seguridad.

Los retos diplomáticos del nuevo gobierno fueron dos: recomponer las relaciones fracturadas por Fox (particular, pero no exclusivamente, con América Latina), y no meterse en más problemas en el exterior (particular, pero no exclusivamente con Estados Unidos). Recordemos que por desgracia "romper" relaciones es mucho más fácil y notorio que enmendarlas después.

Quizá por ello Felipe Calderón se decidió por Patricia Espinosa como nueva canciller. De estilo más bien discreto, Espinosa, miembro del Servicio Exterior Mexicano, se dedicó silenciosa y diligentemente a hacer lo que tenía que hacer. Asistida por un equipo conformado básicamente por diplomáticos de carrera, Espinosa logró recomponer las lastimadas relaciones con la mayor parte de América Latina.

Con Estados Unidos, la red consular mexicana y un equipo encabezado por el embajador en Washington, Arturo Sarukhán, logró administrar eficientemente la relación y evitar crisis mayores. Aún así, no se puede ignorar el hecho de que una importante parte de la relación entre Estados Unidos y México simple y sencillamente no pasó por cancillería. La guerra contra el narco del presidente Calderón, supuso el fortalecimiento de canales de cooperación bilateral entre agencias de seguridad y militares de ambos países y no entre sus cuerpos diplomáticos. 

La política exterior de Felipe Calderón también logró recuperar algo de la vocación multilateral mexicana, aunque con éxito limitado. Destacan, por ejemplo, los trabajos de la cumbre del G-20 en Los Cabos 2012 y la Cumbre sobre Cambio Climático de la ONU (COP16), en el 2010.

No quiero sugerir con esta evaluación de los sexenios panistas que “todo era mejor” con el PRI. No. El punto que me interesa resaltar es que los gobiernos del PAN no supieron imprimirle un sello distintivo, ni lograron una transformación de fondo en la política exterior mexicana. La política exterior de un país es una herramienta, un reflejo de su esencia, de sus intereses y sus capacidades. El fin de la hegemonía priísta exigía un cambio profundo de la voz de México en el exterior. Y eso no sucedió.

La incapacidad de renovar los lineamientos de política exterior y de incorporar nuevos parámetros para la participación de México en el ámbito internacional tiene que ver, en parte, con que continúan habiendo temas de política interna que frenan estos objetivos. Hay, por ejemplo, un desfase notorio entre lo que a veces firma el Estado mexicano frente a instancias internacionales gracias al compromiso y labor de la cancillería, por ejemplo en  materia de derechos humanos, y lo que termina aplicándose al interior del país. Eso le resta credibilidad a la posición que México puede asumir en el exterior.

Tanto Vicente Fox como Felipe Calderón dejaron pasar de largo una oportunidad que se presenta muy pocas veces en la historia de un país: transformarse y encontrar una nueva voz para hablarle al mundo.