artículo no publicado

Disciplinas olímpicas: Clavados

Con los saltos acrobáticos a la alberca comenzamos la serie que mira de cerca los deportes que durante estos días estarán en boca de todos. 

 

Clavados como estacas



Para Alejandro Rosas

La pasión langostina que los mexicanos tenemos por la derrota nos coloca en una situación de incertidumbre y sospecha cuando resultamos ganadores. Los héroes nacionales que preferimos son los que perdieron e incluso decimos que nuestro himno nacional (tal vez como resultado del campeonato de himnos nacionales) es el segundo más hermoso después de la Marsellesa. Aun cuando mentimos, perdemos. Nos sentimos más cómodos en la derrota.

En la historia olímpica hemos visto a nuestros atletas caerse de la bicicleta antes de empezar la competencia, pedir prestada una canoa a unos búlgaros porque los nuestros no llevaban la suya e incluso hemos oído a nuestro invernal maratonista a campo traviesa preguntarse por qué había tenido la idea de meterse en esto. Pocos son los deportes en los que triunfamos: comúnmente en el box y en algunos años en la caminata. En ambos deportes la victoria debe ir acompañada por un poco de derrota, la que aporta el sufrimiento.

Sin embargo, más allá del gancho al hígado, el golpe mexicano que desconecta los nervios o la pretensión de no despegar más que un pie del piso, un deporte se nos presenta como un triunfo de la rareza: los clavados. Siempre me he preguntado cuál es la razón por la que somos buenos en clavados. Nuestra consistencia en este deporte surge como una mutación biológica. No somos buenos en ningún otro deporte acuático, a pesar de la medalla del Tibio y del eterno octavo lugar de nuestras nadadoras sincronizadas. Los clavadistas de la quebrada y aquellos que se arrojan para rescatar monedas en Veracruz nos señalan nuestro amor por el abismo, pero en los clavados no es el abismo el que triunfa sino la acrobacia, la pirueta que no caracteriza más que a nuestros diputados. Desde Joaquín Capilla, el máximo ganador mexicano de medallas olímpicas con cuatro, en cada olimpiada colocamos a algún clavadista como nuestra única posibilidad de medalla. Han enfrentado a chinos y a rusos, acróbatas por definición histórica, incluso Carlos Girón venció contra todo pronóstico al local Portnov en los juegos de Moscú antes de que al ruso se le permitiera repetir su último clavado porque alguien en el público había gritado. Su constancia les ha hecho superar rivalidades clásicas del deportista mexicano e incluso escándalos de abuso por parte de los entrenadores.

La Coyolxauhqui fue desmembrada por su hermano y arrojada cerro abajo. Gracias al éxito de nuestros clavadistas pensamos que fue capaz de concentrarse en la caída porque sus miembros quedaron cerca del torso, esto es, una caída con 3.4 grados de dificultad. Juan Escutia salvó la bandera y decidió que era mejor arrojarse al vacío para no sufrir el deshonor de la derrota. Ante esto debemos asumir que el niño héroe logró escapar en 3 y media vueltas en holandés para luego morir.

 

(Imagen)