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Curzio Malaparte, el último condotiero

Firmó un libro sobre cómo dar un golpe de Estado, caricaturizó a dictadores y mantuvo una relación de escandalosa ambigüedad con el fascismo. Su personalidad contradictoria permite entender la Europa de la Segunda Guerra Mundial.

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Snob comme le sont toujours les révolutionnaires...

Daniel Halévy, Pays parisiens (1932)

En beneficio de quienes hemos repetido como pericos aquello de que en cinco siglos será difícil distinguir a un fascista del XX de un comunista del mismo siglo, Curzio Malaparte (1898-1957) está de regreso para ayudarnos a ganar la apuesta. Por motivos mucho más trascendentales que su bien ganada reputación de vedette del fascismo, Malaparte se reedita en Nueva York, Barcelona, México y París, junto a una biografía al parecer definitiva: Malaparte. Vidas y leyendas, de Maurizio Serra. Sin Malaparte –nacido Kurt Suckert, hijo de un alemán protestante al que odiaba y de una madre italiana quien al parecer lo alejó del resto de las mujeres– es difícil entender lo que significó no solo el común origen revolucionario de los totalitarismos bolchevique y fascista sino lo que la Segunda Guerra Mundial fue para sus protagonistas.

En sus dos grandes novelas-reportaje, Kaputt (1944) y La piel (1949), Malaparte fue el último en pregonar, estilísticamente, que aquella barbarie también era un momento culminante en la historia de la civilización. Presiento –es decir, no tengo pruebas para afirmarlo– que aquella frase famosa de Adorno sobre la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz fue una reacción a la lectura de Malaparte, cuya prosa elegante y decadente es poesía de la guerra. En Kaputt, madame Frank, la esposa del comisario del Tercer Reich en esas “tierras de sangre”, alaba a Schumann mientras los invitados les disparan a los judíos que escapan “como ratones” por los muros del gueto de Varsovia. La visión de Malaparte es a veces dantesca, a veces lírica y hasta elegíaca para escándalo de una época dada a creer –con Claude Lanzmann– que el Holocausto, por ejemplo, es, aunque sujeto a filmarse, metodológicamente inenarrable; o aterrada ante un libro como Vida y destino (escrito en 1959 y publicado en 1980), de Vasili Grossman o sus secuelas, ya más bien mórbidas, como Las benévolas (2006), de Jonathan Littell.

Malaparte no oculta el horror, siendo él mismo uno de los muchos que lo impusieron, pero tampoco se priva de contraponerlo con una Europa donde él y sus amigos aristócratas y diplomáticos gozan de la naturaleza, la gran conversación, los perros y los espectros del Antiguo Régimen. Muchas de sus páginas, sentado el autor a la mesa de los asesinos en la remota Finlandia o en Polonia bajo el dominio del “rey” nazi Hans Frank, las pudo haber escrito un Proust vigorizado por el baño sauna nórdico. No lo hace con cinismo sino con la naturalidad de un hombre de otro tiempo pues él, en efecto, fue un condotiero, aquellos mercenarios alemanes de lujo que bajaban a la península desde el norte para ponerse al servicio de los príncipes italianos. Estos soldados de fortuna trabajaban muchas veces, como lo hizo Malaparte con la literatura, para su propia gloria.

Formado en la guerra de 1914, ingresa como voluntario a la Legión Extranjera del ejército francés, dada la pereza italiana en entrometerse en esa batalla de los latinos contra los germánicos, tal cual la veía el joven Suckert (quien desde 1925 firma Malaparte en contraposición irónica al Buonaparte de Napoleón). Una vez terminada la guerra y aunque Italia se cuente, con ganancias de escaso valor, entre los vencedores, Malaparte se alista en el llamado fascismo rojo: salido de los sindicatos, quiere nacionalismo en vez de internacionalismo, el predominio del Estado y no su disolución, la guerra y no la paz, el vigor de las razas por encima de un obrerismo al que, por otro lado, nunca renunciará. Como Mussolini, Malaparte viene de la izquierda y su obra maestra, la Técnica del golpe de Estado (1931), según la docta opinión del filósofo Ernst Bloch, solo podía haberla escrito un marxista. El “maquiavelismo” del libro causa escándalo: tras las ilusiones humanistas decimonónicas, alguien pintaba cómo se obtenía el poder absoluto, no cómo debía ser.

Antes de Hannah Arendt, Malaparte omite la oposición izquierda/derecha como una segunda naturaleza del siglo y afirma que si desde 1919 no triunfaron las revoluciones rojas o negras, se debió a que no abundaban los Trotski y los Mussolini, los únicos capaces de entender la esencia técnica del golpe de Estado totalitario, la gran lección bonapartista del 18 de brumario que solo los tontos confunden con una conspiración militar. El totalitario obtiene legalmente el poder: lo lograron los bolcheviques con la Asamblea Constituyente, Mussolini al hacerse nombrar primer ministro por el rey, Hitler al ganar sus elecciones. La voluntad general no existe: nadie menos rousseauniano que Malaparte.1

A casi ninguno de los involucrados les gustó que Malaparte los pusiera frente al espejo: el humanitario Trotski, lector de Anatole France y libertador fallido de todos los pueblos, aparece en Técnica del golpe de Estado como el genio sin escrúpulos que se apodera del país más grande de la tierra, tomando los puntos estratégicos de San Petersburgo ante la cobardía de un Lenin disfrazado de obrero convencido de que la Revolución soviética todavía puede diferirse una generación. Trotski le envía en 1932 un telegrama de protesta a Malaparte; años después, enamorado del viejo Stalin, Malaparte –quien siempre disloca nuestra versión de las cosas con ucronías históricas fantásticas– dirá que la Segunda Guerra la ganó Stalin el día que Mercader le dio un pioletazo a Trotski en Coyoacán: ese “místico hebreo”, seguido por una corte de popes, sabía tomar un Estado, pero no ganar una guerra.2 Como si se tratara de la develación de un secreto de Estado (y algo había de eso), Mussolini mandó prohibir el libro.

En 1931 Hitler todavía no ha llegado al poder y si Malaparte logró morir del lado de la izquierda fue por su antihitlerismo, que fácilmente puede ser interpretado, recurriendo al psicoanálisis de banqueta, como odio hacia su propio padre. Aun cuando no lo haya hecho el propio Hitler, que no era hombre de libros, otros nacionalsocialistas vaya que leyeron Técnica del golpe de Estado en 1933 y después. El bufón Malaparte se permitió llamar a Hitler una mujerzuela histérica con los ovarios dañados (y opinar que “no existen hombres que sean hombres de la cabeza a los pies. Hay siempre en ellos una parte de fémina”)3 y, pese a las reticencias del círculo del Führer, recibió la autorización para ser corresponsal de guerra junto a los alemanes en el Frente Oriental, de donde regresó regañado por haber mostrado demasiada empatía hacia los soviéticos. La sovietofilia de Malaparte, hija sietemesina de su amor por el Cristo ruso, le duró desde La rivolta dei santi maledetti (1923), uno de sus primeros libros, hasta En Russie et en Chine (1959), inmediatamente póstumo.

Escasamente se toma en cuenta que fue hasta 1935 cuando Mussolini se acercó de verdad a su discípulo Hitler, del cual resultó ser el peor de los aliados, con su ejército rascuache y sus decisiones siempre inoportunas. Antes de ello, el amor secreto de los fascistas originales, los de 1922, era el bolchevismo y la urss, el proyecto de gran imperio a imitar. Eso pensó hasta el fin de sus días Malaparte sin olvidar que Mussolini fue el primer soberano de Europa en reconocer diplomáticamente a los soviéticos. Pensaba lo mismo el conde Galeazzo Ciano, yerno del Duce y protector de Malaparte. Cuando Ciano se confabuló contra su suegro, escapó a Alemania, de donde Hitler lo devolvió a la efímera República de Saló. Ahí fue fusilado por traidor.

La relación de Malaparte con Mussolini es una de las más extrañas que puedan registrarse entre un intelectual y un tirano. Antes de entrar en materia, deben decirse ciertas cosas. El fascismo italiano, comparado a la Alemania hitleriana y a la urss de Stalin, nunca fue un régimen del todo totalitario. En potencia lo era, pero esa potencia nunca se multiplicó al grado de que Víctor Manuel III, una vez depuesto Mussolini en 1943, le encargó al mariscal Badoglio que Italia cambiase de bando. Castigos como los impuestos a Malaparte –fascista “independiente” y escritor a la vez temerario y travieso que viajaba por las universidades británicas dando sus opiniones heterodoxas sobre la Europa de los dictadores– no fueron más allá de confinamientos a sitios áridos como Lipari entre 1933 y 1938, desde donde, con pseudónimo, siguió colaborando en la prensa italiana y recibiendo a amigos o a escritores judíos como Alberto Moravia (al igual que muchos italianos, Malaparte era antisemita de baja intensidad: solo lamentaba que Marx hubiera sido “hebreo”). Y el aburrimiento en Lipari estuvo a punto de someterlo al matrimonio con la viuda de Edoardo Agnelli, presidente del Juventus y de la Fiat, quien había sido maltratado por el obrerista Mussolini (a diferencia de Hitler, tan obsequioso con el capital financiero, si en algo pecó de totalitarismo Mussolini fue al someter a los empresarios italianos a su capricho).

Don Camaleón, como nos lo recuerda Malaparte en las ediciones de 1946 y 1953, fue editado en 1928. “No después de 1945, cuando Mussolini estaba muerto e indefenso” sino cuando podía defenderse, como lo hizo, retirando el libro de la circulación. En ese prólogo de la posguerra, Malaparte se presenta como un verdadero disidente del régimen (y se compara con el comunista Gramsci, a quien ni los nazis ni los soviéticos le hubieran permitido escribir los Cuadernos de la cárcel, ni autorizado su muerte en un hospital). Es una deliciosa novela satírica donde Mussolini le sugiere a Malaparte que eduque a un camaleón como su bibliotecario, pero la operación es tan exitosa que don Camaleón se convierte en el segundo hombre del régimen, su confidente, su ninfa Egeria, su eminencia gris, un Talleyrand reptil que visionariamente le advierte al Duce que los italianos detestan contarse entre los vencedores. Lo suyo es la derrota.

Serra, el biógrafo de Malaparte, advierte que la primera edición de Don Camaleón estaba dedicada al liberal Piero Gobetti, muerto en París en 1926, como consecuencia de la paliza que le propinaron los fascistas. De esa matonería rufianesca, nos recuerda Serra, había participado Malaparte cuando asesinaron al diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924, crimen en el cual el escritor estuvo involucrado. El cuadro completo indica que Malaparte era un bufón de la corte al cual le estaba permitido burlarse del Duce, una vez acreditado su fascismo en hechos de sangre, lo cual no niega –y por ello la dedicatoria a Gobetti– que Malaparte aspirase a un fascismo más liberal en cuanto a su trato con los intelectuales. El condotiero era escéptico y juguetón. Arriesgaba, sin duda, su margen de libertad. Y en 1928, el fascismo italiano –como ocurría en la urss con la oposición trotskista– todavía toleraba los conflictos internos.

Acaso lo más doloroso para Malaparte –concluye Serra– fue la relativa indiferencia con que Mussolini dejó pasar Don Camaleón, en la misma época en que había decidido deshacerse del amenazante Gabriele D’Annunzio, él sí, años atrás un rival de peligro tras su aventura en el Fiume, “sepultándolo en oro como a una muela podrida”. Con buen ojo, el dictador los consideraba a ambos exhibicionistas literarios de la misma calaña. Malaparte, de ser el Architaliano, como se titulaba un libro de poemas suyo en 1928, paso a ser el camaleón, en lugar de Mussolini, quien una vez muerto –aunque Malaparte dudaba que los muertos no pudieran defenderse– se convirtió en Muss y solo después de ser colgado, ya cadáver, de las patas en la plaza Loreto de Milán, en el gran imbécil.4

Expulsado de la prensa oficial en 1931, Malaparte dijo haber renunciado al partido fascista el 18 de enero de ese año. No le faltaban enemigos en Italia, sobre todo entre los colegas envidiosos en un momento de gran éxito en Francia –aplaudido por los Maurois, los Bernanos, los Giraudoux– del nativo de Prato en Toscana, tanto por la Técnica del golpe de Estado como por Le bonhomme Lénine (1932). Serra no encuentra documentación que pruebe un encono particular del dictador hacia él aunque todas sus andanzas en París eran consignadas religiosamente por los servicios secretos del Duce, a quien le aburrían los frívolos, fuesen D’Annunzio, Malaparte o su yerno Ciano. Más bien quería castigar a Malaparte con el látigo de su desprecio.

Desde París, Malaparte deseaba ser el caricaturista de los dictadores y por ello escribió su venganza, dice Serra, contra el padre padrone: Muss. Retrato de un dictador. El bufón aspiraba a convertirse en condotiero y batirse por su propio honor, oro y prestigio: no le faltaba inteligencia ni historia. Había visto nacer el fascismo y quería jugar su propio juego como un amante de Italia sin ser un lacayo de Mussolini, capaz de relacionarse con intelectuales antifascistas, como lo hacía con Gaetano Salvemini, íntimos ambos de Daniel Halévy, el contacto de Malaparte en Francia.

Anarquista de derechas o no –así lo llamó el expresidente italiano Giorgio Napolitano, quien lo trató en la segunda posguerra–, Malaparte creía en la libertad del escritor y no la encontraba incompatible, vaya sorpresa, con el fascismo italiano de su juventud, en el cual se veía como un “restaurador de nuestra fe católica, un hombre de la Contrarreforma, soldado y profeta, un restaurador de la autoridad de la fe, del dogma, del heroísmo” y toda la cantaleta contra el maléfico racionalismo de la Ilustración.5 Aunque lo de Malaparte era más el modernismo en su versión fascista, esas contradicciones entre tradición y vanguardia eran muy propias de la derecha revolucionaria. Malaparte deja al futurista Marinetti en calidad de un provinciano entusiasta de los aviones de hélice pero él mismo es miembro nominal del Strapaese, un ruralismo italiano. La peste en Nápoles, con su desenlace prostibulario, en La piel, está más cerca del Sade de Pasolini que del pobrecito de Asís.

Muss es un violento libro contra Hitler, que envilece y corrompe a millones de niños alemanes, donde también se deploran las “condiciones de esclavitud a las que el fascismo ha reducido al pueblo italiano”, aunque luego se pierda Malaparte en consideraciones confusas sobre las diferencias entre la violencia legal y la ilegal. Sus sueños totalitarios eran esencialmente proletarios: pan y trabajo para los obreros sin detenerse en las tonterías de la democracia burguesa. Se burla de Muss, a quien no desea volver a ver nunca por concebirse como héroe del cinematógrafo, junto con todos los políticos de la época. Siempre usa a Mussolini como el mal menor junto a Hitler, un austríaco que tradujo al bávaro el fascismo, este mismo la suma de todos los defectos de la civilización católica del sur.

“John Stuart Mill y Marx se nos aparecen como los últimos herederos de Lutero” mientras que Hitler y Mussolini lo son de Ignacio de Loyola, dice Malaparte. Sus críticas al liberalismo anuncian lo que será el fin de su vida: una última conversión, primero a Stalin, luego a Mao Zedong. Pero en el camino, en un verdadero galimatías, Malaparte recuerda a su maestro liberal Gobetti y afirma: “no es Mussolini el que ha inventado la técnica de la divinidad artificial, pero es quien la ha perfeccionado hasta su grado máximo” dejando como un juego de niños al Estado policíaco napoleónico. Finalmente, se justifica como un italiano acaso indigno de ser compatriota de Maquiavelo (la Técnica del golpe de Estado sería El príncipe del siglo XX), se precia de la heterodoxia de su obra literaria y de “imprudente conducta política”,6 así como de sus duelos, pues fue Malaparte, gran esgrimista, uno de los últimos duelistas de la historia y lamenta (en privado) que el fascismo haya vuelto moralmente indigno al pueblo italiano.

Salvo los fragmentos contra Hitler, las consideraciones de Malaparte sobre la conversión del fascismo en una bufonada no se publicaron sino póstumamente. Pero este publicista todavía guardaba sus cartuchos contra Lenin. Es propio del fascismo primigenio el tener un horror contra la burguesía aún mayor que el de los distintos socialismos. En Le bonhomme Lénine, se divierte Malaparte burlándose del mito burgués sobre el supuesto Atila de los soviets, quien a los ojos de su Técnica del golpe de Estado resulta un despreciable pequeñoburgués. Marx interpreta la realidad, dice el italiano, Lenin la transforma. ¿Cómo lo hace? Alejándose del bello ejemplo de su hermano terrorista Aleksandr Uliánov y evitando parecerse a Robespierre o a Napoleón. Vive sus exilios europeos en la estrechez y la avaricia, alimentado por su esposa y por su madre, metido en una biblioteca donde se la pasa calculando la crisis del capitalismo y sus ciclos, escribiendo mamotretos de filosofía inepta, mientras en 1905 sus camaradas intentan por primera vez el sovietismo en San Petersburgo. Consagra el fanatismo de su voluntad a deshacerse de los mencheviques. Para tener una visión de Lenin como la de Malaparte habrá que esperar al Taurus (2001), la película de Aleksandr Sokúrov sobre los últimos días del fundador de la urss.

Como el Lytton Strachey de los tiranos, Malaparte no tiene parangón. Entréguenle a Lenin, a Trotski, a Mussolini, a Hitler como monstruos y les devolverá unos personajes circenses, contorsionistas, histéricos. Quizá solo la estólida e imperturbable maldad de Stalin le pareció a la altura de su sueño de superhombre y por eso no se ocupó de él, mientras que es probable que Malaparte haya muerto ignorando los millonarios crímenes de Mao, su última pasión. Nadie nunca, asegura Malaparte, ha ejercido el arte de la calumnia, de la destrucción de aquellos que le eran más afines, como Lenin, quien sin Trotski no hubiera podido dar el golpe de Estado de octubre de 1917 y habría quedado como un oscuro agente del Káiser (que le dio paso franco en un vagón sellado, para firmar, como ocurrió en Brest-Litovsk, la paz por separado con Alemania). Como todos los ignorantes, Lenin no distinguía las ideas de las personas y por ello a nadie dejó sin traicionar, dice su deturpador. Aunque Malaparte en los años de los procesos de Moscú había decidido callar, disciplinado por Muss, debió ver en la matanza estalinista la consecuencia lógica de la inmoralidad consustancial a Lenin. Una vez que se hicieron del Palacio de Invierno en 1917, el jefe bolchevique solo buscó un tocador para quitarse su disfraz de obrero y tomar el aspecto de comisario del pueblo, escasamente mayestático a ojos de Malaparte. Veinte años antes, tras una ceremonia, Lenin había olvidado su sombrero sobre la tumba de Marx en Highgate.

A Malaparte nunca lo citan los sovietólogos y hacen mal. Aunque era mentiroso y cambiaba fechas para darle coherencia a su narración, como en Le bal au Kremlin (aparecido en 1971), donde altera el día del suicidio de Mayakovski para inventarse una visita al despacho del poeta, nadie pone tan en duda los tópicos y los clichés como él. Su descripción de la sociedad soviética antes del pleno dominio de Stalin, hacia 1930, es formidable. No podía haber gente en el mundo más despreciable que los soviéticos, porque hablaban el peor francés. Urgidos, los bolcheviques crearon sobre los restos de la antigua nobleza una aristocracia pedestre, ladrona y servil, más decepcionante incluso para el autor de Kaputt que el fascismo italiano que según él se había desviado de su camino revolucionario. Sin embargo, como anotó agudamente Gramsci, nadie supo qué entendía por “revolucionario” Malaparte, el verdadero don Camaleón.7

Negándose a ser el Thomas Mann italiano, el supremo caricaturista de los dictadores decide, inesperadamente, volver a Italia a principios de los años treinta con la intención de ser el mandamás de la prensa del régimen. Renunciaba a aquello en lo que había emulado a D’Annunzio: ser un escritor italiano cuyos libros se editaban primero en francés y luego en su lengua. Siendo mentira su supuesta renuncia al carnet fascista, tal parece que cayó en desgracia no por hablar mal de Hitler, apenas elegido canciller del Reich en ese momento, ni de Mussolini, el cual toleraba los chistes de su bufón. Y no solo eso: en cuanto se filtró a la prensa que Malaparte estaba enfermo debido a la penosa reclusión a la cual era sometido por el fascio, Muss mismo lo mandó fotografiar totalmente desnudo, en un gesto que hoy es difícil no calificar de homoerótico, para exaltar la belleza muscular de su bello bufón.

Todo fue una intriga palaciega. Malaparte le faltó el respeto a un condotiero de mayor rango que él, el aviador Italo Balbo (1896-1940), quien en 1933 comandó, ida y vuelta, el vuelo de veinticuatro hidroaviones entre Chicago y Roma. Balbo, más que toda su obra literaria y política, lo remitió a su confinamiento en Lipari, como si fuese un modesto enemigo del zar internado en Siberia. Tuberculoso, al parecer por los gases tóxicos inhalados durante la Gran Guerra, el audaz Malaparte tampoco era un suicida. La nueva guerra se aproxima, carece de permiso médico para reingresar al ejército y Mussolini nazifica el país con las leyes antisemitas de 1938. Pero si los nacionalsocialistas querían imponer el dominio de la raza aria exterminando a los judíos, a Malaparte le entusiasmaba la eugenesia solo para mejorar a las razas caninas. “Ninguna voz humana expresa el dolor universal de manera tan intensa como el ladrido de un perro”, llega a decir en Kaputt.8

Esos años los dedica Malaparte al arte y a la literatura modernas con Prospettive, una magnífica revista que reúne a toda la vanguardia internacional encabezada por Picasso junto con Joyce, García Lorca, Pound y Heidegger, nada menos, y a muchos escritores italianos, prueba de que el Duce toleraba “el arte degenerado” perseguido por los hitlerianos.9 Cuando Malaparte necesitaba dinero para Prospettive recurría a su magnificencia. Serra insiste en que, contra toda corrección política, los años del fascismo fueron, más prolongadamente, similares en creatividad y riesgo a los inicios de la Revolución rusa.

Antes de 1939 Malaparte vive a la expectativa, escribiendo secretamente contra Mussolini lo que después será Muss. Retrato de un dictador y cultivando sus dos grandes pasiones: sus perros y la arquitectura. Es difícil leer una biografía moderna donde un varón heterosexual le dé tan poca importancia a las mujeres. A Virginia, la más cercana, la culpa de ser indiferente a los animales, dueña de una feminidad no abstracta, sino distraída. A Febo, su perro favorito y fundador de una dinastía, le escribirá una elegía en prosa, “Un cane come me”, de la misma manera que a su casa en Capri, una de las maravillas de la arquitectura del siglo XX, la llamará “Una casa come me”, sitio iniciático donde filmaron Godard y Bardot y que no ha sido indiferente a la pluma de Tom Wolfe o de Bruce Chatwin, quienes, además de admiradores de la Casa Malaparte, hablan de su creador como uno de los padres no reconocidos del new journalism.

Otra vez, esta suerte de navío funcionalista (cuyo arquitecto fue Adalberto Libera) que parece aterrizar en el risco de Punta Massullo parece un escenario dispuesto para Sokúrov. Se trataba naturalmente de contraponer, al Vittoriale degli Italiani, en el lago de Garda, donde se había enterrado D’Annunzio en vida, una esbelta fantasía futurista, envidiada por Axel Munthe, el autor de La historia de San Michele, otro de los famosos del vecindario.10 El tercer episodio lo protagonizará, ya no en la arquitectura monumental familiar sino en el cine, el tercero en la dinastía camaleónica, Pier Paolo Pasolini. Según Serra, uno hereda en el otro. Los unió, dice, el perdón y la venganza. Quizás, agrego yo, fueron los primeros cristianos de la no muy católica Italia.

No siendo posible reseñar aquí sus dos grandes novelas sobre la guerra, solo puedo decir que Kaputt es el norte, la aristocracia, el gueto de Varsovia, el grito de Munch, la anticipación del nazi como ogro propia de Tournier o de Sarban, mientras que La piel es el sur, la pobreza, la peste y la prostitución, es Goya y sus desastres de la guerra. Escritas ante una Italia derrotada, entrampada desde el comienzo con una invasión de Grecia que retrasará la Operación Barbarroja contra la urss, acortando la llegada del General Invierno, el dueto malapartiano no compone, desde luego, un par de novelas patrióticas. Están hechas para corroborar que en 1944 como en 1918, sea cual sea su bando, Italia siempre pierde y Malaparte solo puede ser el dibujante de un bestiario. Cada parte de Kaputt lleva el nombre de un animal y describe una comedia “humana” donde el crimen y la perversión se suman a la melancolía y la indiferencia de la naturaleza ante la historia. Mientras Jünger (que no lo cita en sus Diarios de guerra y ocupación) narra memoriosamente, dice Serra, Malaparte pinta con acentos líricos aun lo más siniestro: ya se trate del grotesco Hans Frank, quien quiso evadir la horca en Núremberg haciéndose pasar por el monaguillo que fue de niño, o del ustacha Ante Pavelić, cuyas orejotas le recuerdan a la música de Honegger o Milhaud. Malaparte se esconde en la noche blanca de Finlandia entre una tropilla de inútiles como él, jubilados por la historia, en la que se destaca el poeta y aristócrata español, el “fúnebre” Agustín de Foxá, embajador de Franco en Helsinki, amistado con el escritor italiano. Serra, en todo caso, las llama “novelas-reportaje” para enaltecerlas: compara a Malaparte con Flavio Josefo y Daniel Defoe.

El fin de la guerra hace que en Malaparte nazca un cristiano a la rusa, como puede mirarse en la única película que filmó (El Cristo prohibido, que compitió contra Los olvidados de Buñuel en Cannes) y leerse en Le bal au Kremlin, donde Malaparte interroga obsesivamente a Lunacharski y a otros bolcheviques para saber qué hay de cristianismo en ellos. Le dicen todo y nada. Malaparte elucubra tonterías –si el trotskismo es el nuevo judaísmo, etcétera– y al final, como el poeta simbolista Aleksandr Blok, reconoce que la última y desoída oportunidad de recristianizar primitivamente al mundo fue la del apostolado bolchevique. En El gran imbécil, a su vez, Malaparte narra su encuentro seguramente imaginario con el asesino de Mussolini, el hombre que dirigió su fusilamiento en Giulino di Mezzegra, supongo. En sus novelas, quien importa es él, el narrador.

Este gran stendhaliano quería que todo el mundo, desde su mujer hasta su casa pasando por su perro, fuera como él, grandioso y etéreo, incorruptible entre la peste. Este método egotista vuelve particularmente fascinante la lectura de Kaputt y La piel (de la cual hay una versión ligera, Il compagno di viaggio, editada hasta 2007), libros donde no hay identificación con las víctimas como en Grossman (que llega a ser una incesante mortificación para el lector), pero tampoco la altivez aristocrática de Jünger, su distanciamiento. Malaparte siempre es él y lo que él significa, precisamente esa Europa deliciosa y decadente, delicada y técnica, cosmopolita y nacionalista a la vez, madre de Proust y de Hitler. Por ello insisto en que la empatía fatal establecida por la Escuela de Fráncfort entre la Ilustración y la barbarie del siglo pasado es una lectura malapartiana de la Segunda Guerra, sus causas y sus secuelas. Malaparte fue el último de los intelectuales que creyó que la guerra no solo era la continuación de la política por otros medios. La guerra misma, él que la provocó y la sufrió, era a la vez el gran arte de Occidente y su consumación.

En 1944, asegura Serra, no queda claro a quién debe obedecer el oficial de reserva Malaparte, si a la República de Saló o a la moribunda monarquía que se ha deshecho de Muss. Nada tonto, Malaparte elige ser oficial de enlace de los vencedores, los estadounidenses, a quienes trata con la habitual condescendencia europea, y luego el condotiero se las arregla para caer parado. Serra demuestra que es falsa su historieta como disidente del exilio interior, cuando más bien fue un tolerado enfant terrible del fascismo, dueño de un relativo fracaso –no llegó a ser un D’Annunzio, rey de una Barataria a modo– y un dandi regañado por ofender a un gran aviador.

Antes de la Guerra Fría, cuando los comunistas todavía forman parte de los gobiernos vencedores en Italia y Francia, Malaparte se alinea con quienes vencerán en la siguiente ronda, los democratacristianos, y se perfuma de anticomunismo. Y una vez que el Partido Comunista Italiano queda, poderoso pero aislado, lejos del gobierno, Malaparte se saca un as de la manga: Palmiro Togliatti, el jefe de los comunistas italianos y la figura más importante en el mundo comunista después de los jerarcas soviéticos, lo adora y lo necesita. Limpia con gran éxito el expediente de Malaparte, esta vez presentado como un auténtico compañero de viaje. Tras la invasión soviética de Hungría en 1956, no muy exitoso ni como hombre de cine ni de teatro (montó en 1949 Das Kapital, qué habrá sido eso), Malaparte le da por la sinofilia y recorre la China comunista justo antes del Gran Salto Adelante que mataría más seres humanos que varios de los dictadores que él ridiculizó. Se inventa una entrevista con Mao (qué más da: Chateaubriand, uno de sus modelos, había hecho lo mismo con Washington) y de China llegan dos noticias. Una buena y otra mala. La buena es que Malaparte ha logrado la intercesión del Gran Timonel para que libere a los católicos presos en las ergástulas maoístas. La mala es que Malaparte ha caído mortalmente enfermo en una aldea del sur de China. Trasladado a Pekín, los médicos confirman que aquella vieja tuberculosis tóxica contraída en la Primera Guerra se ha convertido en el cáncer de pulmón que le impedirá ser testigo de la tercera, si la hay. El traslado de Pekín a Roma se convierte en una noticia mundial y, según rumores, se realizó en el turbojet de Jrushchov y Bulganin, anota Maurizio Serra.

En Roma su lecho de muerte queda rodeado de ratas eclesiásticas de todos los colores. La clínica Sanatrix de la ciudad es un desfile de celebridades: tras Amintore Fanfani, líder de la Democracia Cristiana, hacen pasar a Togliatti con el carnet del pci firmado por él mismo para el camarada Malaparte. Se dice que lo rompió una vez que Togliatti salió de la habitación. Se dicen muchas cosas. La curia se mueve con eficacia y pese a que La piel ha sido puesta en el Index, o por ello, consigue que el hijo del protestante Erwin Suckert, el Camaleonísimo al que amaron con pasión lo mismo Togliatti que Henry Miller, se convierta al catolicismo. Roma locuta, causa finita.

Muchos, muchos años después, vi, una sola vez en mi vida, al más amado de los discípulos de Malaparte, el narrador trilingüe Carlo Coccioli, quien gozó de muy escasas simpatías entre los escritores mexicanos. Una historia de amor lo trajo a vivir a México donde murió en 2003. “¿Ha leído usted a Curzio Malaparte?”, me preguntó muy sangrón como era él. “No”, respondí, seguramente pensando, atolondrado, en Errico Malatesta. “Pues vaya y léalo. No hacerlo es como subirse a un pegaso y no saber que vuela.” ~

 

 

 


1 Curzio Malaparte, Opere scelte, edición de Luigi Martellini y testimonio de Giancarlo Vigorelli, Milán, Mondadori (I Meridiani), 1997, p. 139.

2 Curzio Malaparte, Le bal au Kremlin, París, Denoël, 1985 y 2005, p. 161.

3 Malaparte, Muss, p. 82.

4 Serra, Malaparte, pp. 146-154.

5 F. Perfetti, prólogo a Muss, p. 22.

6 Malaparte, Muss, p. 69.

7 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, 6, edición crítica de Valentino Gerratana, traducción de Ana María Palos y José Luis González, México, Era, 1999, p. 120.

8 Malaparte, Opere scelte, p. 735.

9Ibid., p. XXVII.

10 Michael McDonough, Malaparte. A house like me, prólogo de Tom Wolfe, Nueva York, Clarkson Potter/Verve Editions, 1999, 198 pp.