artículo no publicado

Tesla y la “siguiente gran idea”




Tesla promete ampliar su oferta hasta producir un auto eléctrico que cueste menos de 30 mil dólares, el Santo Grial para aquellos que sueñan con el fin de los motores de combustión interna.

El año pasado estuve en una conferencia dictada por David Rubenstein, cofundador del Carlyle Group, una de las empresas de manejo de fondos de inversión más grandes del mundo. La capacidad de análisis y el instinto de Rubenstein son materia de leyenda. En 25 años Rubenstein ha consolidado un prestigio sin par y una fortuna de cerca de 3 mil millones de dólares. El día que lo escuché, explicó, con una variedad de datos y una velocidad que me recordaron (con toda franqueza) al personaje de Dustin Hoffman en Rain Man, por qué había optado por dedicar una parte de su fortuna para lo que definió como “filantropía patriótica”, asunto que implica, entre otras cosas, la compra de documentos de enorme valor histórico, generalmente a manos privadas, para su posterior donación a los archivos públicos estadunidenses. En 2007, por ejemplo, Rubenstein adquirió, en subasta, una de las poquísimas copias de la Carta Magna y la cedió de inmediato a los Archivos Nacionales en Washington. Pagó por ella nada más 21 millones de dólares.

Al final de la conversación, alguien le preguntó a Rubenstein de qué se arrepentía. Sin pensarlo ni un segundo, platicó cómo, años atrás, el novio de su hija le había recomendado conocer a uno de sus antiguos compañeros de preparatoria —que para entonces estudiaba en Harvard—, un tipo que traía entre manos un sitio de internet similar a un álbum de contactos que, decía, cambiaría para siempre la historia de la interacción social humana. La idea no le apeteció a Rubenstein. “Fue un error que me costó miles de millones de dólares”, dijo Rubenstein. “Debí haber conocido a Mark Zuckerberg”.

¿Qué era, exactamente, lo que lamentaba el hombre fuerte del Carlyle Group? Hasta donde entiendo, a Rubenstein no solo le pesaban los cerca de 10 mil millones de dólares que aquella inversión inicial en Facebook hubiera valido ahora; lo que le dolía tanto era que su célebre instinto de inversionista le había fallado. Y tiene razón. Después de todo, ¿cuántas veces tiene uno la oportunidad de apostar por una compañía que cambiará el mundo?

Me acuerdo de Rubenstein cada vez que pienso en un tipo llamado Elon Musk. Como Zuckerberg, Gates o Steve Jobs, Musk está construyendo una empresa cuya ambición central es cambiar la manera como opera el planeta. Así de sencillo. Empresario sudafricano, Musk ya hizo historia una vez cuando creó PayPal. Pero tiene sueños mucho mayores. Y esa ambición se llama Tesla. Fundada en el 2003, Tesla es la armadora independiente de autos eléctricos más exitosa del mundo. Durante diez años, Musk tuvo que inyectarle carretadas de su propio dinero a una compañía que, de acuerdo con los escépticos, nunca arrancaría. Como Zuckerberg con Rubenstein, Musk no pudo convencer a decenas de inversionistas de la viabilidad de Tesla. Al final, fue un enorme préstamo de casi 500 millones de dólares, cortesía del gobierno estadunidense, lo que marcó el despegue definitivo de la empresa. Hace unas semanas, diez años después de fundada, Tesla anunció que operaba ya en números sanamente negros. Su modelo S ganó el auto del año de la revista Motor Trend del año pasado. Hoy, Tesla promete ampliar su oferta hasta producir un auto eléctrico que cueste menos de 30 mil dólares, el Santo Grial para aquellos que sueñan con el fin de los motores de combustión interna.

Y todo esto lo ha hecho Musk, gracias a una terquedad solo superada —quizá— por su imaginación. Por eso, querido lector, le confieso: si yo tuviera la más mínima capacidad para invertir (o incluso para aprender a invertir) lo primero que haría sería apostar por Tesla. Aunque sea para poder decir que, a diferencia del gran David Rubenstein, yo sí tuve el buen sentido de apreciar la “siguiente gran idea” cuando la vi pasar por la calle.