artículo no publicado

#LaIglesiaNecesita

La semana pasada le pregunté a varios amigos de profesiones muy distintas cómo debería ser el nuevo Papa. Mi respuesta favorita fue la de la comediante Grace Parra. “La Iglesia necesita un papá sexy".

La semana pasada le pregunté a varios amigos de profesiones muy distintas cómo debería ser el nuevo Papa. Mi respuesta favorita fue la de la comediante Grace Parra. “La Iglesia necesita un papá sexy”, me dijo. Me reí y le pedí una explicación. Más allá de un par de referencias hilarantes y subidas de color, el argumento de Grace tiene sentido: a la Iglesia le hace falta un líder con energía, ideas nuevas (hasta donde eso es posible en la fe católica) y don de mando y valentía. Haciendo honor a su profesión, Grace sumó a su lista de peticiones un Papa con una mínima dosis de apostura. Le dije que no pidiera peras al olmo.

Más allá de anécdotas ligeras, lo cierto es que el proceso que comienza hoy en Roma será de una dificultad inédita en la historia moderna de la Iglesia católica. Los problemas de la Iglesia no solo son muchos, sino que atañen —quizá como nunca antes— a su legitimidad. Si Benedicto XVI enfrentó el desafío de detener y explicar los abusos sexuales de la Iglesia, el nuevo Papa tendrá que sacudir una estructura que oscila entre la más aberrante —y cada vez más descarada— corrupción y la parálisis institucional.

Para empezar, el nuevo Papa tendrá que tener la valentía de enfrentar la hidra de los abusos sexuales. En los últimos 20 años, la Iglesia ha tenido que desembolsar más de 2 mil millones de dólares para tratar de resarcir lo que no tiene remedio. El escándalo ha sido particularmente agudo en Estados Unidos y Europa, donde siguen apareciendo casos de abuso y encubrimiento sistemático. Después del vergonzoso silencio de Juan Pablo II (una gran mancha en su trayectoria), Benedicto XVI tomó ciertas decisiones loables, como la erosión a la impunidad de los Legionarios de Cristo y el monstruo Marcial Maciel. Pero no ha sido, ni de lejos, suficiente. Lo mismo ocurre con la posición de la Iglesia frente a varios asuntos de la agenda social. La elección de Joseph Ratzinger consolidó el poder del ala más conservadora dentro de la Iglesia. De acuerdo con algunos expertos, la Iglesia necesita ahora elegir a un líder con un talante reformista, que trate de llevar el dogma católico a una suerte de reconciliación con la modernidad. Se dice fácil. La Iglesia también padece de un déficit alarmante de nuevas vocaciones sacerdotales. Al más puro estilo de la obcecación vaticana, los jerarcas de la Iglesia atribuyen el desencanto de los jóvenes con el creciente atractivo del mundo secular. Se equivocan. La vocación sacerdotal ha perdido atractivo porque no debe ser fácil entregar la vida a una institución que exige sacrificios sobrehumanos pero puertas adentro ha tolerado una podredumbre y una crueldad infernales. A esto habría que sumar las alarmantes acusaciones de lavado de dinero en el llamado “banco vaticano” y el resultado es una crisis inédita.

De ahí que algunos sugieran que, más que un teólogo eminente, la Iglesia necesita un gran administrador. En un texto para la BBC, el reverendo Robert Grahl explicaba que “muchos han dicho que las oficinas centrales del Vaticano necesitan una sacudida y que la tarea más urgente para el próximo Papa será una reforma organizacional”. Grahl refiere de inmediato a la crisis de la curia, destapada tras el escándalo de filtraciones en el Vaticano. En términos históricos, la Iglesia parece necesitar a un hombre con habilidades empresariales que conjugue el ánimo reformador de Juan XXIII y la energía y carisma de Juan Pablo II. Es una combinación que parece casi imposible. Pero de encontrarla depende buena parte del futuro de la Iglesia católica, futuro que nos atañe a todos, sobre todo en ese santuario de la devoción que es América Latina.

Irresistible apostilla: si tuviera que apostar, creo que el próximo Papa será Angelo Scola, aunque la elección ideal sería, creo, la del cardenal capuchino Sean O’Malley.

 

 

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