artículo no publicado

Jenni Rivera y el macho

La descripción de cómo “aguantar” una vida de maltrato al lado de hombres ingratos e infieles sigue teniendo, en pleno siglo XXI, vigencia. Y esa es una mala noticia.

Estuve ayer en el homenaje público a Jenni Rivera. La cantante de banda que hizo historia al convertirse en la primera gran figura femenina de su género. Más de 6 mil fanáticos acompañaron a la familia Rivera en una ceremonia que combinó la música que hiciera famosa a la cantante y la notable devoción cristiana de los suyos. La figura de Jenni Rivera es interesante por muchas razones. Rivera mantenía un vínculo cercano con su comunidad que es, a todas luces, infrecuente, al menos entre figuras públicas de su calibre. Su música tenía una candidez que, por momentos, podía rayar en lo grotesco. Pero fue precisamente esa apertura irrestricta de su vida personal la que le ganó el aprecio de millones, sobre todo mujeres. Los testimonios de las fanáticas de Rivera son conmovedores. Pero también preocupantes. Después de todo, con frecuencia, Rivera cantaba en protesta por el maltrato sistemático y diverso de los hombres en su vida. No había en sus letras victimismo alguno: lo suyo no era el lamento. Rivera le cantaba, en cambio, a la reivindicación de la fortaleza de la mujer frente a la infidelidad, el abuso o la simple y llana estupidez masculina. “Ella nos enseñó a ser fuertes”, me dijo una desconsolada seguidora de Rivera durante la ceremonia: “Si ella pudo aguantar todo lo que vivió, nosotros también”. Ese “lo que vivió” se refiere básicamente a una serie de repugnantes episodios de atropello masculino, desde el abuso sexual de una de sus hijas hasta la divulgación de un video erótico producto de un supuesto robo. Bajo cualquier parámetro medianamente civilizado, la vida de Jenni Rivera debería ser una anomalía, sus anécdotas episodios ajenos para el promedio de las mujeres. Pero, a juzgar por la enorme repercusión que la cantante y sus historias encontraron entre millones de mujeres hispanas, la descripción de cómo “aguantar” una vida de maltrato al lado de hombres ingratos e infieles sigue teniendo, en pleno siglo XXI, vigencia. Y esa es una mala noticia. Por eso, celebro —y extrañaré— el énfasis que Jenni Rivera ponía en el fortalecimiento de la mujer latina, pero lamento profundamente que eso revele la obstinada prevalencia del “macho”: ese hombre desobligado y agresivo que, con toda justicia, exhibió en sus canciones.