artículo no publicado

Crónicas de la ciudad

Mientras corre la película...

De seguro no he visto la película mejor... ni oído cosas más interesantes.

¿Un cine? Como otro cualquiera; falto a la verdad: más incómodo que muchos. Incómodo por las sillas demasiado duras, altas, con un círculo vacío por respaldo, y lo suficiente separadas para no inquietarse. Aristocrática concurrencia. Nenes en esa edad ridícula en que no son niños ni son hombres, vestidos con mal gusto, con el canotier mal puesto, haciendo ruido y fumando –estamos en un intermedio de quince minutos– para que las chicas les vean. ¿Cómo no se habían de poner el mejor traje y la mejor corbata, si es Función Blanca, y a ella concurre la gente distinguida? (No puedo decir a ustedes por qué a una sesión de cine que solo tiene el interés de un estreno le llaman en Guadalajara “función blanca”.) Bueno. Yo, colérica por los asientos, pero observando. Delante de mí, unas jovencitas llenas de salud y blancura entregadas al “flirt”. ¿Solas? No deja de ser raro, ya que las mamás jamás permiten a las niñas alejarse mucho de su severa vigilancia. Una de ellas, la que parece más joven... no la veo ya. Aparece en la pantalla un título: La virgen loca.*

Ahora hay un completo silencio en el salón.

Yo pienso que me voy a aburrir entre gente tan afecta al cine. Los asientos siguen molestando, pero recuerdo –¡Oh infidelidad del pensamiento!– que tengo que recibir el “estrellato” y procuro ver a la Jacobini. No estoy sola: algunas amigas y un joven que practica política y tiene un nombre de sabor de cerveza, me acompañan. Este joven gusta de las complicaciones cursis, pues no hace más que mirar a una viuda –la viudez se le conoce en la cara– joven y fea, que ya sonríe, con algo de rubor premeditado.

¿Veré a María Jacobini?

–Esta no es inmoral como la Menichelli –dice en voz alta una de las jovencitas blancas.

¿Por qué llamarán inmoral a la Menichelli?, me pregunto, y recuerdo a esa linda aunque afectada artista, retorciéndose ante la malicia burguesa de los públicos masculinos.

–Mira –exclama otra de las niñas– ahí está Fulanito con su novia. A mí me contaron que por todas partes van solos...

–¡Qué escándalo!

–¡Qué tonta! Cómo se va a desprestigiar...

Y yo:

–...

La Jacobini –¡qué horror!– da un beso. Espero que las chicas se indignen. ¡Nada!

–Besa bien.

–Sí, aunque debe ser molesto besar con los labios pintados. ¿Se acuerdan ustedes de Tita? Me contó un día que se ponía pintura para dejarle a Guillermo la huella de su boca...

–Calla, ¡qué inmoral!

La más chiquilla, cuyos ojos no he podido ver, ha permanecido callada; parece ahora decidida a hablar. La miro en la penumbra con interés. Mis amigas están embobadas en la obra de Henry Bataille. El joven que practica la política coge una mano de la viuda; la Jacobini huye de su casa con su amante.

–¿Esto también les parece inmoral? –dice con suavidad la chiquilla, mostrando su perfil de figurita de Tanagra.

Casi contestan en coro:

–¡Claro! Es una locura...

–Una inconveniencia...

–Una tontería...

La chiquilla sonríe.

–Nosotras no podemos juzgar esas cosas –dice sonriendo–, porque carecemos de experiencia e intuición suficientes. Sin embargo, yo opino que el amor no se debe raciocinar. La felicidad de amar no debe ser comparable a ninguna de las felicidades, y para alcanzarla, ¿qué importan los prejuicios, cuando los haya? Ustedes no se casan porque no encuentran novios ricos, luego se quieren vender; en cambio se escandalizan de que la Jacobini huya de su casa con un hombre a quien ama. ¿Cuál de las dos cosas es más inmoral?

Escucho con toda mi alma. Las chicas habrán puesto, con semejantes palabras, los ojos en blanco. Callan. Celia, mi compañera próxima, se entusiasma.

–Mira qué linda está María...

Es verdad. Esta gran mujer debe enfermar al hombre a quien besa, o es que el protagonista se emociona demasiado.

Miro de nuevo a las chiquillas.

Súbita sorpresa. Dos muchachos que han llegado amparados por Tacita –todo resulta cinematográfico– sonríen a sus respectivas novias. Uno está hecho un Argos. El otro habla con voz melosa.

–¿Te has divertido, nena?

–Sí, es muy buena la película. Figúrate que la tonta de Lila –baja la voz– está escandalizada. Dice que esas locuras amorosas, ni en el cine deberían aparecer, porque son contra la moral.

¡Qué asco de muchacha! Si la pudiera arañar...

Y tú, Lila, chiquilla grande y calumniada, ¿qué haces?

Yo lo sé. Admiras a la Jacobini, porque une sin mezclar los sentimientos con los intereses. Y te admiras a ti misma –una pequeña vanidad que te atribuyo– porque no usas amigas para fingirte cándida, ni gastas novios para hacerte perversa. Haces lo que sientes y dices lo que piensas. Soy contigo.

Alguien escandalizado por mi literatura te llamará inmoral. Pero yo le contestaré sonriendo:

–Precisamente en el escándalo está la inmoralidad.

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El Universal Ilustrado, 28 de abril de 1921.

Estación radiodifusora

Queridos radiolectores: en nuestra transmisión pasada hubo muchas interferencias atmosféricas. Palabras suprimidas, verbos cambiados de tiempo, etc.

Quiera el cielo que ella no llegue a oídos de Alfonso Camín, que aseguró, en España, que lo único que se escribe aquí, en español, son las crónicas de toros.

¡Seguramente que le jerga taurófila fue lo más que pudo entender!

CU CU

El Departamento de Salubridad de Nueva York se propone destruir a los mosquitos utilizando el radio. Esto es: los atraerá por medio de sonidos que les son agradables, según ha descubierto, y enseguida les aplicará corrientes eléctricas.

¡Hum! Nuestros moscos son más civilizados: el radio, en vez de atraerlos, los mata.

Será porque nuestra vida radiófila es el más legítimo triunfo del quinto patio.

CU CU

El empleado público es la fuente más inagotable de descuentos que posee el Estado.

Vea si es cierto; cuota para pensiones; el treinta y uno de cada mes para el Partido Nacional Revolucionario (debería darles pena que siendo todos hombres y mayores de edad tengan que vivir a expensas de los empleados públicos, entre los que hay infinidad de mujeres); dos centavos diarios también para ellos; un día de haber para los repatriados; otro para el monumento a la Revolución; cuota para los marcos que están construyéndose en España y algún otro que se nos escapa.

Y de todos estos descuentos, ¿qué resulta? Fuertes ingresos en la fortuna privada de los que manejan la política.

CU CU

Parece que el Teatro Nacional va, al fin, a concluirse.

Sin embargo, si en él se invirtiera precisamente la cantidad que no se gasta en su construcción, quedaría terminado en breve tiempo.

CU CU

 

Es muy típico que todo quede, entre nosotros, a medio hacer. ¿El Monumento a la Revolución escapará a esta regla?

Puede que sí. ¡Por más que de la Revolución solo quedan las manos, y nadie se preocupa por completarla!

CU CU

 La Secretaría de Educación se atormenta pensando en el terrible problema de la incorporación del indio a la civilización.

¡Ah! Es porque el señor Bassols no concurre a los teatros, donde se dan revistas nacionales; desde las coristas hasta las primeras figuras hacen ver que el problema está resuelto.

CU CU

El presidente Hoover se irá de pesca cuando entregue el poder.

Nuestros presidentes tienen más afición que Hoover, pues se dedican a la “pesca” antes de ser presidentes, cuando lo son y al dejar de serlo.

Nada más que los peces de México son de oro.

CU CU

Guerra y Marina dispuso dar de baja algunos batallones.

Errónea medida, pues habiendo en nuestro ejército más generales que soldados, las economías deberían hacerse suprimiéndolos a ellos, que son los que ganan sueldos elevados y se improvisan más rápidamente.

CU CU

 

Uno de los festejos que se hicieron al gobernador de Puebla, durante el fausto acontecimiento de la toma de posesión, consistió en un banquete de mil cubiertos.

Pero los que pagarán el plato serán los empleados públicos de aquella ciudad, que no cobrarán sueldo para liquidar la cuenta del banquete y demás gastos. ~

 

El Universal Ilustrado, 9 de febrero de 1933.

*La vergine folle, película de Gennaro Righelli.