artículo no publicado

Conversiones, hipocresías y traiciones

En los medios intelectuales las conversiones y los cambios radicales de opinión suelen ser motivo de curiosidad, de indignación o de elogio. Muchos desean descubrir secretos oscuros o resortes psicológicos ocultos en la vida de quienes dan un giro a sus ideas y adoptan creencias contrarias o muy diferentes a las que mantenían hasta el momento en que una especie de revelación intelectual o iluminación espiritual los hace cambiar. El modelo clásico de conversión ocurrió en el camino de Jerusalén a Damasco cuando Jesús se apareció ante el fariseo Pablo y le reclamó que persiguiera con saña a sus adeptos. Desde que tuvo esta visión Pablo abandonó el movimiento fariseo, dejó de acosar a los cristianos y abrazó la nueva fe.

Cuando un intelectual se convierte a las ideas de un nuevo régimen político, ¿está ejerciendo una santa hipocresía que oculta sus verdaderos sentimientos o ha sufrido una conversión auténtica? Desde el punto de vista de sus antiguos camaradas, el que abandona es un traidor, a menos que ejerza, para sobrevivir, el ketman del que habló Miłosz. Pero, desde la perspectiva de quienes creen en la nueva ideología, es un converso y por lo tanto es bienvenido, aunque puede despertar sospechas de que en el fondo no ha cambiado, como ocurría en la España cristiana del Siglo de Oro con los moros y los judíos que habían optado por mudar de religión.

A lo largo del siglo XX las conversiones que tal vez han ocasionado más discusiones políticas entre los intelectuales han girado en torno a la defección o la adhesión al socialismo, al marxismo y al comunismo. Después de profundos cambios revolucionarios los intelectuales tuvieron que decidir su aceptación o su rechazo al nuevo régimen, tanto si vivían en la sociedad que cambió como si radicaban fuera de ella. En el mundo bipolar del siglo pasado las revoluciones en Rusia y en China, así como el avance del socialismo en Europa central y en otros lugares del mundo, ocasionaron grandes conversiones intelectuales y, en el transcurso del tiempo, importantes deserciones. Entre estas últimas cabe señalar como ejemplos célebres a Arthur Koestler, Jorge Semprún, Ignazio Silone, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. Un gran número de disidentes de los países socialistas (Havel, Kundera, Sájarov, Solzhenitsyn, entre otros) han proporcionado mucha información fidedigna sobre  la represión en sus países, donde fueron considerados traidores por los círculos oficiales.

Durante los años sesenta y setenta quizá fueron intelectuales franceses quienes alimentaron los espectáculos de conversiones y defecciones políticas más llamativos. Inundaron las esferas de la cultura en todo el mundo con sus esotéricos y alambicados virajes. Las revueltas de 1968 fueron acontecimientos que articularon y desarticularon las conciencias de muchos intelectuales franceses, cuya agitada efervescencia ideológica empujaba sus vidas políticas a través de cambios tan veloces y fugaces como las modas en el vestir.

Yo viví de cerca estos malabarismos al mismo tiempo que experimentaba una lenta conversión interna que me impulsaba a abandonar los dogmatismos inherentes a mi militancia comunista. Pero los vaivenes de muchos intelectuales franceses me mareaban y me parecían sujetos a una perversa necesidad de decir algo diferente en la rentrée de cada año, después de haber cocinado durante las vacaciones de verano algunas ideas más o menos impactantes. El ejemplo más curioso de una sucesión rápida de conversiones es el grupo de la revistaTel Quel, encabezado por Julia Kristeva y Philippe Sollers, que se iniciaron con un elitismo apolítico, se acercaron al estalinismo del Partido Comunista Francés, abrazaron con fervor el maoísmo, despreciaron al movimiento de 1968 por no ser proletario y acabaron exaltando a los “nuevos filósofos” que enterraron a Marx. Todo ello en unos pocos años. Kristeva adoptó un ferviente feminismo maoísta para terminar exaltando el patriarcado por haber impulsado en Occidente las visiones más profundas de los humanos como seres simbólicos. Un libro de Richard Wolin (The wind from the East, 2010) documenta con detalle las zigzagueantes maniobras de este grupo de escritores.

Muchos intelectuales que transitaron por el siglo XX pasaron por una fase comunista más o menos larga. Se podría decir que es una marca de los tiempos. Yo mismo soy uno de  los que quedaron marcados. A veces me pregunto: ¿desaparecen por completo las creencias pasadas? ¿Se filtran en el inconsciente? ¿Se produce una suerte de hibridismo? Es inquietante confrontarnos imaginariamente con aquellos que no han cambiado, o han cambiado poco, para medir el camino recorrido y reflexionar si ha valido la pena.

Hay escritores que siguen viviendo en la cultura política del siglo pasado. Viven y piensan en un planeta marxista. Produce nostalgia la seguridad con que interpretan el mundo. Pero también a veces parecen amenazadores y uno teme que caiga sobre nuestras cabezas la vieja acusación: ¡traidores, vendidos al enemigo!~