artículo no publicado

Clásicos de adolescencia: Mis adolescentes vergüenzas

Todos los tenemos: aquellos libros, discos y películas que definieron nuestros años juveniles y orientaron nuestra vehemencia, solo para terminar, bajo el juicio de la mirada adulta, un poco menos geniales y algo bochornosos.

Muchos padres que han sobrevivido a tener que levantarse a las dos de la madrugada para alimentar a su hijo lactante, a las rabietas de cuando tenía dos años y a las protestas de hoy no quiero ir al colegio propias de la etapa escolar, se sienten amenazados por esa turba de emociones hormonales en contraposición total con el constante sueño neuronal de la adolescencia. Y no les falta razón. Sobrevivir a la adolescencia significa no haber quedado ciego con el galón de ron que costaba 8 pesos (el costo incluía 4 Pepsis); haber llegado a salvo a Mexicali de aventón, solo porque ahí vivía una chica de la que ahora no recuerdo ni su nombre; y, no perder la vida en el Estadio Olímpico de CU, una vez que se me ocurrió gritarle a la porra puma un gol rival.

Durante ese festival de necedades e idealismos, defender nuestras preferencias trascendía los límites estéticos para convertirse en estandarte moral y en comprobación de la perenne incomprensión de los adultos.

A los 15 años leí Demian de Hesse y me pareció que no solo era una obra maestra, sino que sintetizaba todas las verdades que yo buscaba. Si en ese entonces hubiera tenido correo electrónico, mi identificador hubiera sido Abraxas70. Años después, cuando me convertí en maestro de secundaria, evidentemente propuse como posible lectura para tercero, el libro que modificó mi adolescencia. Confié torpemente en mis recuerdos y lo programé. Justo antes del examen, volví a él y me topé con una obra que tenía todos los elementos para ser el libro que finalmente no es. Me sentí estafado, el talento narrativo estaba al servicio de un relato inverosímil. Como dice Vonnegut: “Es una búsqueda supuestamente metafísica que mezcla vuelos de águila, llantos y vahídos, con sensiblería de modista”. Aunque me pareció que se asemejaba más a un libro de superación personal (razón por la que no he querido leer otra vez Siddharta), no me dejé intimidar y pensé, de nuevo torpemente, que a mis alumnos les cambiaría la vida. Sin embargo, 15 años no pasan en vano, la velocidad de los cambios y Google favorecieron que los alumnos dieran la estocada final a mi vergüenza.

En el rango cinematográfico sucede lo mismo. Antes que nada debo confesar que, inmerso en el ánimo de demostrar que era yo bien diferente, desde los 12 años, con un grupo de amigos intelectuales –“intelectuales los burros”, dijo Unamuno–, nos enfrentamos al cine de Tarkovsky (cuando vi Solaris pensé que el mundo iba a acabar: la escena de la taza de café todavía aparece en mis pesadillas). Sentados en el piso de una sala del Museo Carrillo Gil sentimos que el tiempo se detenía frente al inmenso sol de la escena inicial de India Song de Marguerite Duras, y les creímos a aquellos críticos que al hablar de una película francesa o de Felipe Cazals, son incapaces de considerarla ligeramente mala. Además, arremetíamos contra el cine comercial como si fuera nuestro dinero el que había pagado esas películas, sin aceptar que nos entretenían. En ese ámbito, me convertí en fanático de una de las películas míticas del cine francés: Los paraguas de Cherburgo. El director, Jacques Demy, tejía alrededor de una historia convencional una serie de elementos peculiares: la película es completamente cantada (la música de Michel Legrand es inolvidable), la estética prevalece en tonos pastel y la presencia imborrable de Catherine Deneuve representaba una inspiración para cualquier adolescencia. Mi obsesión por esta película me llevó a verla 18 veces; a conocer Cherburgo, una ciudad portuaria y lluviosa del norte de Francia, cuya fealdad se destaca hasta en las tiendas de paraguas; a tratar de insertarla en el corazón de mis amigos y sobre todo, en el de mis amigas; y, a defenderla contra todos aquellos que quisieran mancillarla. Años después, ya imbuidos en el mundo del DVD, la conseguí y por supuesto la programé en un videoclub. Más allá de aceptar la artificialidad del canto y de los clichés del género, el ojo adolescente, enredado en las ilusiones de los amores imposibles, había pasado por alto algunos detalles. Los rombos metálicos de la valija que brillaba justo antes de tomar el tren, aquel que sepultaba a las figuras bajo el humo de la despedida, pero esencialmente, las paredes coloridas que servían de marco a la pareja subida en una banda eléctrica, para simular que flotaban por las nubes del amor, me apenaron un poco. Ese mismo día tuve que tragar las burlas de los asistentes ante mi paradigma cinematográfico. Aun así, debo confesar que en la soledad todavía me descubro tarareando la melodía principal y el rostro de Catherine Deneuve permanece como una de las pocas luces en una juventud confusa.

Rápido y doloroso. El disco que alimentaba mi lucha contra el imperialismo, escondido en mi casa de Chimalistac o en las aulas del Liceo Franco Mexicano, era uno en el que se reunían 24 himnos nacionales. En él, se destacaban el himno soviético, por supuesto, el alemán con la letra que ahora les avergüenza, ésa en la anuncian que están por encima de todos, el brasileño, el estadounidense (que por supuesto, no oía) y el mexicano. Se sabe que para ser buen mexicano, se debe aceptar que nuestro himno es el segundo más hermoso del planeta (si ya vamos a decir mentiras, ¿por qué no quedamos en primer lugar?). Lo confesaré: me sabía de memoria el himno soviético e incluso, me gustaba mucho. Estoy hablando de un ser que se sabía de memoria las canciones de Juguemos a cantar (me conmovió profundamente el triunfo moral, solo moral, de Juanito Farías) y las de Yuri. Juro que no compré un disco de Yuri, pero por razones oscuras, tal vez atribuibles al inconsciente colectivo, me las sé todas. Hace poco encontré mi disco de himnos de nuevo y lo volví a escuchar. Con temor descubrí que todavía vivían en mi memoria, aunque debo confesar que mi fervor patriotero ha desaparecido; ése sí, me avergonzaría un poco más.