artículo no publicado

Ciudadanos, un esfuerzo más

Apenas año y medio ha transcurrido desde la divulgación del manifiesto “Por un nuevo partido político en Cataluña”1, pero ya es posible hacer un primer balance general de las consecuencias de esta iniciativa. No lo basaré en el hecho circunstancial de haber formado parte del grupo que elaboró y divulgó aquel texto. Cualquiera puede llegar a las conclusiones generales que extraigo.

Nada más hacerse público el texto, se alzó el tufillo de una de las rancias esencias peninsulares: la demonización de los intelectuales. De la izquierda siempre virginal, mas feliz de encamarse con el primer matón de barrio que le garantice el disfrute del poder, hasta la derecha vergonzante disfrazada de pastorcita nacional, todos a una chillaron regocijados: “mirad, mirad a los intelectuales, esos pijos con mala conciencia de clase, haciendo el ridículo”. La ex y pseudo izquierda no nacionalista se sumó al tutti, con una variación inspirada en el resquemor de dos décadas de palos de ciego en el oasis catalán: “venid, venid, que los pijos intelectuales arrimarán los focos mediáticos a nuestra sardina”.

Así que el bautizo del manifiesto fue una vocinglera verbena de las de antes, con todo y zurra al monigote. Una alegre estampa goyesca. Sobrevolando la fiesta, el geniecillo patrio, encargado de susurrar al oído de los españoles el sempiterno consejo en tierras de inquisiciones, contrarreformas y guerras civiles: “que no hay que meterse en política, es más, mejor no meter las narices en nada”. Curiosamente, quienes más obedientemente atendían al geniecillo eran… los intelectuales. Los de verdad, es decir, los que viven de salir en la foto trajeados de tales. Conste que entre los quince redactores del manifiesto también hay no intelectuales, pero sobre todo había unas ganas locas de ejercer de ciudadanos, a secas. De los vestidos para la ocasión, quienes coincidían con el diagnóstico de más de dos décadas de nacionalismo de Estado heredado y agravado por los socialistas, la mayoría manifestó que no podía suscribirlo “por lo del partido político”. Todo estaba dicho: ¿un partido político? ¡Puah, qué desagradable!, como si hubieran divisado una cucaracha paseándose por la alfombra persa del salón. Además, agregaba algún audaz con voz campanuda, “le haréis el juego al pp”. Vade retro. En España, y en Cataluña con más virulencia, impera hoy un pensamiento normalizado –el equivalente de la ideología impuesta en un régimen como, antes de ayer, el franquista–, con dos artículos de fe intangibles: los nacionalismos históricos son aliados “naturales” de la izquierda, y a los del pp, que son fascistas, ni agua. Y nadie hay más sensible a la ideología dominante que un intelectual profesional. Por lo de la foto, no vaya a ser que acabe saliendo borroso o, horresco referens, no saliendo.

La primera consecuencia de lo sucedido entre la publicación del manifiesto y la entrada en el Parlament del Partido de la Ciudadanía es que la realidad se ha encargado de disipar estos prejuicios y reacciones oportunistas.“El restablecimiento de la realidad”: éste era el principal reclamo del manifiesto. Es decir, la negativa a seguir con la mirada perdida en la línea azul de los Vosgos o cultivando el exótico invernadero en la torre familiar heredada, como un Des Esseintes mediterráneo, mientras de “la realidad” se encarga una casta política sorda a los reclamos de los ciudadanos y ciega a todo lo que no sea acrecentar su parcela de poder. Y en efecto, los intelectuales tienen, como cualquier otro ciudadano, el derecho de no comulgar con las ruedas de molino del tacticismo político, así como están bien equipados para analizar la realidad, elaborar diagnósticos y proponer soluciones (¿por qué se espera de un ingeniero que haga exactamente esto, pero se manifiesta sorpresa u ofuscación cuando el intelectual hace lo propio en su ámbito?); en fin, y con perdón de la obviedad, la política es cosa de todos, aunque sólo sea por ese mínimo denominador común de que todos pagamos o deberíamos pagar nuestros impuestos y que ello nos da derecho, al menos, a fiscalizar las acciones de gobierno que con ellos se financian. Por lo demás, no era la primera vez que se publicaba en Cataluña un manifiesto reclamando la no intervención de los poderes públicos en la esfera privada de los ciudadanos (sus creencias, sus querencias, su identidad cultural). Lo que quiere decir que la minoría de “intelectuales” culpables de elucubrar con la cosa pública había tenido tiempo de sacar sus propias conclusiones. En realidad, una sola de importancia: como ningún partido en Cataluña se hace cargo de la realidad, y puesto que en democracia la forma aceptable de cambiar las políticas que la desatienden es a través de un partido político, había que fundar ese partido comprometido, justamente, con “el restablecimiento de la realidad”.

Como el Partido de la Ciudadanía ha logrado entrar en el Parlament –ojo, águilas y aguiluchos: a la primera–, ha callado el corifeo que, cansado de la verbena de la paloma intelectual, luego se pasó meses dando la murga con que los fundadores se habían rajado y no se atrevían a salir a la palestra electoral. Hay que reconocerle a este orfeón que posee eso que los franceses llaman de la suite dans les idées, aun sin temor a caer en la contradicción y el dislate: quienes tronaron contra la cobardía de “los intelectuales” son los mismos que se burlaban del “ridículo” que hacían llamando a crear un nuevo partido político.

Quod erat demonstrandum: se puede impulsar en Cataluña la creación de un nuevo partido político con un ideario no nacionalista, y además lograr que al menos noventa mil ciudadanos apuesten por él. Un partido bisoño, con menos de cuatro meses de andadura (incluido el letargo estival) y unos “cuadros” y militancia poco o nada preparados para la lidia electoral, con escasos recursos y casi todos los medios de comunicación en contra, logra alzarse con tres escaños del Parlament. Confieso que mi satisfacción es de otra índole que la política: el manifiesto partía del análisis de datos factuales y proponía un protocolo de acción; su aplicación ha confirmado lo certero del diagnóstico de partida. No hace falta ser Einstein, ni siquiera novel investigador en un laboratorio de tercera, para celebrar este triunfo del método experimental.

El establishment político y mediático erró nada menos que en tres de sus tres pronósticos: nada “serio” puede salir de una iniciativa impulsada por “intelectuales” (ya lo decía el barón de Montesquieu: “La seriedad es la defensa de los necios”); los “intelectuales pijos” no tienen lo que hace falta para enfrentarse al juego sucio de la política (Ambrose Bierce definía la política con más gracia: “Modo de ganarse la vida practicado por el más degradado segmento de nuestras clases criminales”), y es imposible que pueda aparecer un nuevo partido político con perspectivas de éxito electoral. En este último punto coincidían todos los habitantes de la Kakania catalana. Si hay que escoger una cita para ilustrarlo, he aquí la reflexión de otra recién llegada a la arena política, Montserrat Nebrera, nuevo fichaje del pp en Cataluña: “Los partidos no son más que canales para la participación política. Es ridículo pretender crear nuevos partidos, como lo es crear nuevos bancos, e incluso nuevos Estados.” ¡Extraordinario!: si los partidos no son más que eso, “canales para la participación política” (¡en efecto!), ¿qué autoriza a afirmar que es “ridículo” crear un nuevo partido? Toda una demostración de esa suite dans les idées capaz de abarcar incluso la más crasa contradicción, y, de paso, un ecco in lontano del susurrante geniecillo patrio: “hija mía, no te metas en política”. O sea, no hagas política en serio; afíliate, en cambio, a cualquiera de los gloriosos movimientos nacionales ya existentes.

Una última feliz consecuencia. El éxito de la iniciativa propuesta por aquel manifiesto también ha consistido en introducir en el vocabulario político los términos “ciudadano” y “ciudadanía”. “Ciudadanos de Cataluña”, el nombre que adoptó la asociación precursora del partido, ha acabado cumpliendo una de sus escasamente publicitadas promesas: reivindicar a Tarradellas, único President de la Generalitat de la etapa democrática que no buscó medrar titilándoles a los ciudadanos la fibra catalanista tribal. Hasta algunos miembros del nuevo-viejo tripartito se avienen a hablar en la nueva lengua política. En su discurso de investidura, Montilla afirmó que “Cataluña no necesita recordar obsesivamente su identidad”. Es decir, resumió en una sola frase el contenido político del manifiesto. ¡Si hasta Carod Rovira habla ahora de “no dividir” a los catalanes por su origen o lengua, y no le tiembla el bigote! Lo que demuestra que, si no de país, al menos puede llevarse a los políticos a cambiar de tema. Oír a Carod que no importa el uso de esta o aquella lengua es como imaginarse a Le Pen abjurar de “La France aux Français”: un espectáculo que debe reconfortar a cualquier demócrata. Y que Montilla ventile palabras neutras nos alivia de las maragalladas, del “ADN cultural de los catalanes” a la siciliana retractación de la denuncia de corrupción de la Generalitat.

Con todo, pienso que no hay motivos para darse por satisfecho. Porque si se hace política de verdad, hay que ser tan fastidioso como aquel Mr. Gradgrind de Tiempos difíciles e insistir en que lo único que importa son “Facts, only facts!” Y de momento, los hechos permanecen inalterables: se sigue multando a empresas por no rotular en catalán, la Generalitat llevará a Frankfurt sólo a escritores de expresión catalana (a cargo de los impuestos que pagamos aun los autores en “lesa” lengua castellana) y los padres que quieren escolarizar a sus hijos en la otra lengua oficial de Cataluña siguen sin poder hacerlo.

Citoyens, encore un effort...2 ~