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X-Men: Apocalypse

Después de seis películas de la saga X-Men quizás es hora de cambiar de reparto, de trama e incluso de director.

Después de First Class, la saga de X-Men parecía atrapada en un limbo entre dos franquicias, con un reparto en el que Magneto y Charles Xavier eran octogenarios y otro en el que apenas bordaban los treinta años. X-men: Apocalypse estrena dos años después de la redituable Days of future past, que prácticamente cuadruplicó su presupuesto al tiempo que reintrodujo a la saga a la arena del cine superheroico donde Marvel parecía dominar sin mucha competencia. Este año también estrenó Deadpool —una película periférica de la franquicia de X-Men, que con ligeros desplantes meta y malos chistes conscientes de ser malos recaudó 763 millones de dólares desde un presupuesto de modestos (para el género) 58 millones—, Captain America 3: Civil War —uno de los momentos más logrados de la aceitada máquina de entretenimiento del Marvel Cinematic Universe— y Batman v Superman: Dawn of justice—que padece un 28% de aprobación en RottenTomatoes pero goza de 871 millones de dólares en recaudación—. Vivimos, pues, un punto álgido en la historia del cine de superhéroes[i]; un momento de competencia en el que la lucha parece ser Marvel/Disney contra todos los demás.

Apocalypse se suma a la tendencia de otras dos películas de superhéroes del año, Civil War y Batman v Superman: una lucha libre de superhéroes, personajes conocidos que se enfrentan entre sí para el goce de la fanaticada. Acá aparece En Sabah Nur —Oscar Isaac desperdiciado en el piloto automático de villano megalómano que el género se ha encargado de agotar—, el «primer mutante de la historia», quien varios milenios después de ser traicionado en su encarnación de dios egipcio regresa para retomar el liderazgo mutante y someter a los vulgares homo sapiens. En Sabah Nur recluta cuatro lugartenientes —cuentan las leyendas que es él quien fundó la idea de un apocalipsis seguido de cuatro jinetes— para acompañarlo en su cruzada, entre ellos, un viejo conocido de la saga: Magneto —el siempre impecable Michael Fassbender en un papel que ha de exigirle el mínimo de su capacidad actoral—. Esto atrae de forma invariable a los X-Men, quienes bajo el improvisado liderazgo de Mystique —Jennifer Lawrence, lejos de la ingenuidad rebelde de las cintas previas y más cerca de la madurez de Katniss en The Hunger Games: Mockingjay— librarán una batalla en El Cairo para, oh sorpresa, salvar a la humanidad. Lo de siempre, pues.

Lo de siempre en la franquicia, sí, pero es bien sabido que la misma historia puede ser contada una y otra vez en formas distintas. En el caso de Apocalypse esto se logra, pero tan solo a medias. Sus mejores momentos son puro ingenio autorreferencial. Quicksilver corriendo en cámara lenta al ritmo de "Sweet Dreams (Are Made of This)" de Eurythmics, en una secuencia llena de técnica al servicio de un guiño a la escena equivalente en Days of future past. Scott Summers, Nightcrawler, Jubilee y Jean Grey —Sophie Turner, nuestra Sansa Stark de Game of thrones, encarnando a otra favorita de los fans— saliendo de una función de Star Wars: Return of the jedi y diciendo que las terceras partes «siempre son las peores»[ii]. O, de nuevo, el cameo de Wolverine al huir de la fortaleza subterránea del general Stryker, una situación ya referida en X2: X-Men United, nomás que ahora aderezada con guiños a Weapon X, el seminal cómic de Barry Windsor Smith. Y, una vez más, Magneto regresando a Auschwitz para, por tercera vez en la saga (o cuarta), pasar de héroe a villano y de vuelta a héroe de nuevo.

No me malinterpreten: disfruté mucho X-Men: Apocalypse: una película de una saga de superhéroes que trata, en esencia, de la historia de su propia serie de películas. Pero admito también que puede estar cegándome la afición[iii]. A la franquicia se le ven ya las costuras: actores que repiten la misma trama por tercera vez; una incapacidad absoluta para escribir un villano que verdaderamente amenace a sus protagonistas —un defecto que, de manera más o menos inteligente, supieron sortear tanto Civil War como Batman v Superman—; la necedad incomprensible de repetir giros de la historia que no han dado los mejores resultados, como Jean Grey usando el poder del Fénix, algo que ya vimos en la infame X-Men: The last stand. Singer está en la silla de director de X-Men por cuarta vez en dieciséis años —sin contar las ocasiones en que produjo—, y el timón podría comenzar a pesarle. No todos los directores son Terence Fisher, y en definitiva, no todos los estudios son la Hammer, quienes durante más de quince años produjeron más de veinte películas del género de horror gótico, varias de ellas secuelas entre sí. Para lograrlo habría que, entre otras cosas, cambiar de personajes y de narrativas, algo que la atención moderna que se le presta a la continuidad no permite hacer con facilidad.

Hay, sin embargo, un rayito de esperanza: la necesaria renovación del reparto —Jennifer Lawrence ya declaró que esta bien podría ser su última película como Mystique, y que eso provocaría la retirada simultánea de Fassbender y McAvoy— y de los guiones —Singer ha dicho que la próxima película estaría ambientada en los años noventa y en el espacio—. La saga parece inclinarse ya a la ciencia ficción más cheesy, una suerte de colorida serie B de alto presupuesto. Este tono ha sido deliberadamente omitido por un género que, influido en buena medida por el falso realismo del Batman de Christopher Nolan, opta por tonos supuestamente serios. Los X-Men —con sus metáforas de la opresión y la segregación; con su inevitable tendencia a la deliberada brocha gorda y a la gozosa inverosimilitud— pueden ser un reducto de entretenimiento, un oasis mínimo en un páramo de propuestas idénticas. Solo es cuestión de que la gente a cargo de la franquicia se permita imaginarlo.



[i]Déjenme desmentir las predicciones catastrofistas que auguran la pronta muerte del cine superheroico. El auge del género es masivo, sí, y sus números son hasta obscenos, también, pero no es algo que no haya sucedido antes. El auge del cine de fantasía en el inicio de los dosmiles es un equivalente —recordemos que duró al menos diez años, arrancando con el estreno de The lord of the rings: The fellowship of the ring, en 2001, y terminando con el estreno de Harry Potter and the deathly hallows Pt. II, en 2011, aunque las secuelas de TLOTR llegaron hasta el año pasado—, y también lo es el auge de la ciencia ficción de acción de los ochenta —de Raiders of lost ark, de 1981, hasta Terminator 2: Judgement Day, de 1991, aunque de nuevo, las secuelas llegan hasta Terminator: Genisys, del año pasado—. Los asustadizos nostradamus del cine parecen olvidar que las modas existen, y que el cine no es impermeable a ellas. El cine hollywoodense es un negocio a gran escala y, como todo negocio a gran escala, se beneficia de las tendencias. El género superheroico es un eslabón más en una larga cadena de modas y tendencias, como el noir de los cuarenta o el western de los treinta a los cincuenta.

[ii]El chiste funciona porque X-Men: Apocalypse es la tercera parte de la nueva etapa de la saga X-Men, pero también porque compite con Civil War, la tercera parte de Captain America. Es de agradecerse que la película pueda mirarse con ojo crítico y burlón —un ojo que también abarca a sus competidores.

[iii]X-Men fue la primera película de superhéroes que mi generación de nacidos a finales de los ochenta vio en el cine; fue la primera vez que vimos el logo de Marvel con las páginas de cómic. Eran nuestras historias y nuestros personajes, retratados al fin en esa insuperable legitimadora, la pantalla del cine, y como no podía ser de otra forma, entregamos sin remedio nuestro afecto, dinero y tiempo a la industria.