artículo no publicado

Un mentiroso honesto

Un mentiroso honesto sigue la pista primero al Randi escapista que hizo carrera en los cincuenta y luego al Randi de los setenta y ochenta, cazador de fraudes paranormales, bandera del escepticismo y enemigo declarado de Uri Geller.  

En el magnífico ensayo “Confiar”, que abre su Manual del distraído, Alejandro Rossi asegura que “es imposible vivir creyendo que en cada ocasión se requiere un examen cuidadoso o una contraprueba” y que si el transeúnte al que le hemos pedido la hora dice que son las seis y cuarto, más nos vale, por cordura, pensar que está diciendo la verdad. No es aconsejable ir por la vida dudando de todo y cuestionarse incluso si detrás de esa carne que aparenta ser pollo, la cocinera nos ha servido algo distinto. El funcionamiento de nuestra vida ordinaria necesita de la confianza que unos depositamos en otros y, sin embargo, la naturalidad con la que damos por sentadas miles de cosas cotidianas abre también las puertas al engaño. Esa misma confianza es el tema de fondo de Un mentiroso honesto, el documental sobre James Randi, dirigido por Tyler Measom y Justin Weinstein, y disponible ya en Netflix.

Randi es un ilusionista y escapista excepcional que, en la mejor tradición de Harry Houdini, no solo mostró notables habilidades para librarse de las camisas de fuerza y los tanques herméticos sino que con los años ha consolidado una vocación auténtica en el arte de desenmascarar a los estafadores. Tanto para Houdini como para Randi distinguir el truco –propio del entretenimiento– del fraude –propio de los embaucadores– es un imperativo de orden moral. La certeza que tiene un espectador de estar frente a un juego inteligentemente construido y no ante un hecho sobrenatural dignifica el oficio. “Los magos son las personas más honestas del mundo –asegura Randi al principio del documental–: dicen que van a engañarte... y luego lo hacen.”

Un mentiroso honestosigue de cerca primero al Randi escapista que hizo carrera en los cincuenta con el sobrenombre de “el Asombroso” y luego al Randi de los setenta y ochenta, cazador de fraudes paranormales, bandera del escepticismo y enemigo declarado de Uri Geller.  La primera parte dibuja el perfil de un ilusionista particularmente talentoso que no duda en utilizar sus conocimientos para poner en evidencia cualquier tipo de superchería, llámese homeopatía, telequinesis o cirugía psíquica. (El rostro atribulado de un “psíquico” que, durante un show televisivo, no puede mover un lápiz “con su mente”, por culpa de Randi, es el tipo de satisfacciones que casi nadie experimenta debido a la pena ajena... a menos que te llames Richard Dawkins.)

En 1988, Randi elabora un complejo plan para mostrar cómo los medios hacen eco de noticias inauditas sin aplicar los mínimos controles periodísticos. Un amigo suyo llamado José Álvarez, que había conocido un par de años atrás, se hace pasar por un médium, capaz de establecer contacto con cierto espíritu milenario de nombre “Carlos”. Álvarez va de gira a Australia, con material de prensa apócrifo que da cuenta de sus extraños poderes, y ofrece una presentación en el Sydney Opera House, para maravilla de los miles de asistentes que abarrotan el recinto. Una semana después,  Randi da a conocer el fraude en la versión australiana de 60 minutos. El escándalo que suscitó “Carlos” mostró que ninguno de los medios que había cubierto la noticia había hecho el trabajo básico de investigación: una simple llamada telefónica a algunas de las fuentes citadas en los boletines de prensa que distribuyó Álvarez habría sido suficiente para revelar la estafa. Pero el fraude se consumó también porque las historias sobre sucesos sobrenaturales se venden solas y, en apariencia, no hacen daño a nadie. Algo con lo que Randi está radicalmente en desacuerdo.

La presencia de Álvarez a lo largo del documental es uno de los mayores aciertos de Un mentiroso honesto. De ser el joven discípulo que lo ayuda en su lucha contra los prodigios fraudulentos  termina por convertirse en la parte más humana del viejo Randi. En ocasiones el ilusionista da la impresión de ser demasiado cerebral, de ser el aguafiestas que te aconseja desconfiar en todo momento, pero ante Álvarez no es más que un hombre que se apoya en otro. Emocional y físicamente.

El documental que, en ciertos momentos, amenaza con convertirse en una celebración del escepticismo, un alegato a favor de la duda científica y en contra la charlatanería, comienza hacia la segunda mitad a mostrar los matices que conlleva toda cruzada a favor de la verdad. Tenemos, por ejemplo, aquella célebre batalla contra Uri Geller, el joven que había labrado su fama doblando cucharas y que supuestamente había reproducido con éxito sus actos en un laboratorio, bajo la estricta observación de un grupo de científicos. Randi les había dicho a los investigadores que debían aplicar controles elaborados por gente que, como él, era experta en trucos de magia. Los científicos hicieron caso omiso de las recomendaciones de Randi quizás, supone el espectador, porque en el fondo tenían la esperanza que las habilidades de Geller fueran auténticas. Es decir: querían creer. Fue hasta que los productores del programa de Johnny Carson siguieron al pie de la letra las instrucciones del mago que Geller se vio en aprietos frente a millones de televidentes para realizar siquiera uno solo de sus actos mentales. Sin embargo, tres décadas más tarde, Geller luce acaso más ridículo pero no se siente como un hombre derrotado: los fenómenos psíquicos, casos de ovnis y las actividades paranormales, asegura, están más presentes que nunca en nuestras vidas, solo es cuestión de tomar cualquier periódico. Y Randi no pudo hacer nada para evitarlo.

Conforme nos acercamos a la última parte de la cinta, la certeza inicial de que exhibir a los estafadores responde a cierto carácter heroico va cediendo lugar a la sensación incómoda de que nada relacionados con los seres humanos tiene el grado de fiabilidad que quisiéramos. Entre sus muchas proezas, Randi desenmascara a pastores que utilizan la fe de los creyentes para “curar” sus enfermedades o muestra cómo ninguno de los experimentos científicos diseñados para probar los poderes mentales de un par de voluntarios está libre de engaños. Así, a la par que conoce esos casos, el espectador va sintiéndose no más identificado con este paladín del escepticismo sino con los que quieren creer: el señor que camina, sollozante y a trompicones, cuando el pastor Peter Popoff le ordena avanzar sin su bastón o los investigadores que no pueden sino asombrarse de que un tipo pueda mover, con algunos ademanes teatrales, una veleta dentro de una campana de cristal. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué ninguno de ellos se muestra lo suficientemente escéptico ante esos milagros? Solo cuando la impostura toca la vida personal de Randi, en uno de los giros más sorprendentes que se hayan visto en una pantalla (aunque no del todo desconocido para cualquiera que haya seguido la historia reciente del mago), uno empieza a comprender. Ahora mismo todo mundo está siendo partícipe de alguna mentira y todos creen que su mentira no hace daño a nadie: Geller, el pastor Popoff, el propio Randi. Y la urgencia de esa mentira depende de nuestra necesidad de confiar. Lo que Un mentiroso honesto presenta de manera extraordinaria es que la lucha por la verdad y la justificación de un engaño son dos posturas perfectamente compatibles. Y que eso también nos define como humanos.