artículo no publicado

Marvel contra el cine

¿Es posible hacer una buena película de superhéroes?

De Capitán América: El soldado del invierno se ha dicho que “es una cinta moralmente más compleja que sus predecesoras” (Joe Numaier, The New York Daily News); que la película “trae consigo una fuerte y bienvenida dosis de paranoia” (Joshua Rothkopf, Time Out New York); que pese a “seguir una fórmula” —formulaic, en el original—, “la cinta se beneficia del tono de thriller de la vieja escuela” (Dan Jolin, Empire); que “crea un panorama de película de acción dividida entre los ideales patrióticos y la dura realpolitik post 9/11” (Ty Burr, Boston Globe).

La lista podría seguir: Metacritic revela que la película ostenta un puntaje de 69: “Reseñas generalmente favorables”, basada en 42 críticas. La mayoría de las reseñas citadas —e incluidas en Metacritic— son de medios estadounidenses. Algunas de ellas encuentran parentesco entre la cinta de Marvel y Three Days of the Condor, película sobrela paranoia liberal de los setenta, dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Robert Redford, quien también tiene un papel protagónico en El Soldado del Invierno. En Three Days of the Condor, el personaje de Robert Redford descubre que la C.I.A. tiene una organización secreta al interior que se dedica a elaborar planes de guerra para, llegado el momento, tomar el petróleo que necesite de los países que sean necesarios. En El soldado del invierno, Capitán América descubre que S.H.I.E.L.D., una institución de inteligencia similar a la C.I.A., ha sido infiltrada por HYDRA, organización fascista y terrorista que busca la dominación mundial.

Parte de la crítica en México no se vio tan impresionada: de las escasas reseñas que no son copy-paste de las notas de prensa, Ernesto Diezmartinez, de Reforma, dice que “los hallazgos de la primera película se agotaron por completo en la secuela” (en su blog Vértigo); Alejandro Alemán sentencia: “estamos ante una cinta menor que si no fuera del Capitán América, no seríamos tan condescendientes [sic]” (en el blog El Salón Rojo, del diario El Universal); Adriana Fernández, también de Reforma, pese a mostrarse relativamente favorable, apuntó que “la historia se percibe más delgada y predecible, los personajes apenas desarrollados detrás de un torbellino de acción”.

Cosa curiosa: ¿por qué una parte importante de la crítica estadounidense luce optimista frente a los defectos de la película mientras que parte importante de la crítica mexicana pasa sin inmutarse frente a la misma cinta? Mientras que en Estados Unidos se alabó la trama “de película de espías”, en México esto pasó casi de noche: pocos críticos encontraron sorpresas en la historia, y casi ninguna reseña hace énfasis en el hecho de que el personaje principal cuestione a un servicio de inteligencia. Esto tiene sentido: es posible que un crítico estadounidense encuentre retadora la postura de una cinta que se atreva a cuestionar a una institución, aunque el desenlace cancele ese cuestionamiento. Un crítico mexicano, por el contrario, ajeno a la problemática del espionaje estadounidense, no verá nada interesante en este contexto.

(Existe, por supuesto, otra teoría que pretende explicar lo complacientes que se han mostrado algunos críticos estadounidenses respecto a este y otros estrenos: la ha soltado Brett Easton Ellis en varios episodios de su podcast, y plantea la posibilidad de que, al alabar una película de este tipo —con gran presupuesto, mucha publicidad, éxito en taquilla—, los críticos estén cuidando su oficio. Si todo el cine comercial fuera malo, no habría reseñas semanales y los críticos no tendrían razón de ser; al mismo tiempo, el reseñista se acerca a su nuevo público, los más jóvenes, diciendo cosas positivas de las películas populares en ese sector. Suena un poco a teoría conspiranoica, pero la hipótesis está allí.)

Lo cierto es que Capitán América: El soldado del invierno no se parece en casi nada a Three Days of the Condor. Mientras que en aquella el personaje principal terminaba la cinta enemistándose permanentemente con las acciones de la C.I.A., en esta el superhéroe vuelve a los brazos protectores del modo de vida americano: su cuestionamiento, de por sí tibio, se ve anulado mediante el pretexto de la libertad: “No pueden encarcelarnos”, dice el personaje de Scarlett Johansson; “nos necesitan”. Aquella era subversiva; esta solo aparenta serlo. No son cintas emparentadas, aunque algunos críticos estadounidenses —y muchos boletines de prensa— así nos lo quieran hacer creer.

·~·~·

Más allá de la cuestión de la diferencia entre los juicios de un crítico mexicano y uno estadounidense, El soldado del invierno es una película mediocre. La cinta sigue al pie de la letra el modelo de cinta de superhéroes marca Marvel: contexto, exposición del probable conflicto, primer enfrentamiento con el conflicto, repliegue de fuerzas para planear la estrategia, "batalla final", epílogo de tono ligero. Pero no es por ello que tropieza: “la vanguardia no tiene el monopolio de la calidad”, ha dicho David Bordwell; “en cualquier arte, incluso en aquellos que funcionan dentro de un sistema de producción en serie, la obra de arte puede lograr valor modificando u obedeciendo con destreza las premisas de un estilo dominante”.

El soldado del invierno es una cinta fallida porque renuncia, una y otra vez, a introducir elementos que le den color a su esquema. Repite los mismos chistes bajo el mismo patrón —secuencia de acción, chiste; secuencia, chiste de nuevo, y así las veces que sea necesario—; coloca a sus actores frente a la cámara mientras tensan los músculos de la cara y flexionan sus extremidades, como si de juguetes se trataran; sostiene su trama a través de una cadena de lugares comunes —arma letal a desactivar por parte del héroe con conteo regresivo incluido— sin el mínimo intento de sorpresa. Sus secuencias de acción, perfectamente enmarcables en el llamado “cinema del caos”, son poco inteligibles —y, para efectos prácticos, idénticas a las de Man of Steel, Avengers, The Dark Knight Rises. Como producto de consumo, Capitán América 2 se revela efectivísima: su abultada taquilla lo confirma. Como película, como obra cinematográfica, sin embargo, es todo lo contrario.

·~·~·

¿Es posible, entonces, hacer una buena película de superhéroes? El formato de megafranquicia —una franquicia compuesta de franquicias, como lo es The Avengers— de Marvel Studios podría hacer pensar que no, pero su mismo catálogo desmiente esta idea: apenas el año pasado Thor: The Dark World se reveló, gracias a su inteligente guion, como una cinta capaz de jugar con las normas y traerles cierta frescura, mientras que Iron Man y The Incredible Hulk están allí como muestras de solventes divertimentos hollywoodenses. La principal cuestión que estorba a la calidad de las cintas de superhéroes, entonces, no es la megafranquicia, sino la incapacidad de ejecutar con inteligencia las reglas que esta impone. Una característica común —transformada en defecto con frecuencia— de varias películas superheroicas recientes —Man of Steel de Snyder, Batman de Christopher Nolan o Capitán América, entre otras— es la solemnidad. Cada una de ellas parece intentar hacer un comentario sobre el “estado de las cosas” —la política exterior, el terrorismo, los manejos de los servicios de inteligencia—, pero no a profundidad, sino superficialmente: como si incluir alguno de esos elementos en el guion la dotara automáticamente  de “credibilidad”, de “madurez”. El resultado suele ser desastroso: por un lado, pesadas líneas de diálogo sin una gota de humor, autoconsciencia o distancia irónica; por el otro, tramas confusas y desordenadas que aglutinan elementos por el placer de aglutinarlos. Mientras esta fórmula se siga a pie juntillas, no habrá evolución en el género.

El cine de superhéroes de grandes presupuestos es relativamente joven, y los resultados en taquilla no hacen pensar que vaya a acabar pronto. No obstante, la carencia de imaginación y competencia de algunos de sus directores podría llevarlo a estancarse en las soluciones más simples a las exigencias del público y los estudios. Ojalá pronto llegue una película —como Batman de 1989, como Spider-man 2 de 2004— que cambie de nuevo las reglas del juego: de lo contrario, el género se agotará sin siquiera acercarse a explotar todas sus posibilidades. ~