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High-Rise: Ballard estaría orgulloso

High-Rise de Ben Wheatley es la mejor adaptación al cine que se ha hecho de un libro de J.G. Ballard hasta ahora.

Llevar al cine la obra literaria de J.G. Ballard (1930-2009) nunca ha sido una tarea sencilla. A Spielberg le tomó varios años plasmar el pavoroso fin de la infancia en Imperio del sol (1987). En Crash (1996), de David Cronenberg, la estupefacción de público y crítica parecieron indicar que era poco probable ver alguna adaptación cinematográfica de otra de novela de Ballard.

El trayecto de papel a pantalla de High-Rise también fue largo y tortuoso. Desde que se publicó en 1975 existía el deseo de adaptarla, pero su compleja estructura, monumental elenco de personajes y brutal trama la volvían casi infilmable; hasta Stanley Kubrick jugueteó con la idea por unos meses, antes de descartarla y perderse en los corredores de su Hotel Overlook. No obstante, la obsesión por llevarla  al cine siguió presente por décadas hasta que Ben Wheatley y su esposa, la guionista Amy Jump — con una trayectoria hasta hoy impecable con títulos como la perturbadora Kill List, A field in England, Sightseers y Down Terrace — tomaron el reto de hacer su primera adaptación, filtrando los principales elementos narrativos de Ballard y creando un filme inquietante, claustrofóbico y demoledor.

Londres, a mediados de los 70: Robert Laing (Tom Hiddleston), treintañero, atractivo, enigmático y hedonista, es catedrático en la facultad de medicina, y se instala en un departamento de lujo en el piso 25 de una glamorosa torre ubicada a las afueras de la ciudad, a orillas del Támesis. El edificio es la obra maestra de un arquitecto llamado Anthony Royal (Jeremy Irons). Lacónico y desprendido de su realidad, Royal habita un palaciego penthouse, desde el que observa las interacciones de sus inquilinos con el mismo interés de un entomólogo ante una granja de hormigas. Otros habitantes del rascacielos son Charlotte Melville (Sienna Miller), una publirelacionista post-hippie y madre soltera, afecta al sexo casual con algunos hombres del edificio; Richard Wilder (Luke Evans), documentalista de la BBC obsesionado por la revolución y la lucha de clases, que irónicamente mantiene a Helen, su esposa encinta (Elisabeth Moss), sometida a las convenciones burguesas de la época — ella, ama de casa dependiente de lo que él provea, se mantiene al margen de sus aventuras extramaritales —; y hay más miembros de la fauna local que van captando el interés de Laing, como Jane Sheridan (Sienna Guillory), actriz de televisión obsesionada con su perro afgano o el repelente ginecólogo Pangbourne (James Purefoy), quienes pululan en las plantas altas de la torre y ejercen una tiranía sobre las clases populares — ubicadas entre el lobby y el piso 20 —. Pronto, una sucesión de fiestas que rivalizan en bullicio, así como la cotidiana competencia por sitios de estacionamiento y pleitos en el supermercado, la alberca y otras áreas comunes, derivarán, al estilo de El señor de las moscas, en anarquía y disolución de las barreras entre realidad y la alucinación; la lucha de clases anuncia el colapso de la civilización apolínea ante el embate irresistible de lo dionisiaco.

Laing es testigo blasé de esta guerra desde su inicio y solo hacia el final se vuelve partícipe entusiasta. En este arco, Hiddleston lleva su interpretación, aparentemente flemática, por una serie de aristas que revelan la naturaleza de un protagonista poco común. No es un héroe, ni un antihéroe: es un sociópata que se entrega a la anarquía; sus principios y escrúpulos resultan ser un mero barniz social. Por su parte, Evans es una fuerza que irradia energía donde Irons es sosegado y patético. Sienna Miller, hasta hace poco más reconocida por sus escándalos personales que por su trabajo, es una sorpresa como figura chic pero deprimida mas no está exenta de un cierto encanto virtuoso. Elisabeth Moss se roba la película con discreción y elegancia — la misma que aplicó para llevarse algunos capítulos de Mad Men— en el rol de madre perpleja que encuentra satisfacción en el caos doméstico y sexual, cuando caen los convencionalismos a los que antes se ceñía.

El trabajo de la mancuerna Wheatley y Jump para crear imágenes poderosas es intachable: el hombre que se desploma desde las alturas; el alucinante jardín inglés en el lugar más absurdo; la horda de niños que invade espacios con creciente gozo y brutalidad; el asesinato de un perro como preludio a la masacre emocional que vendrá, acompañada del arrullo desolado que es la voz inconfundible de Beth Gibbons en un siniestro cover que Portishead hace de S.O.S., gran hit de ABBA en el año que se publicó la novela y que persigue al espectador como fantasma, al igual que la banda sonora compuesta por Clint Mansell (Black Swan, Drive). La espléndida fotografía de Laurie Rose enmarca con estilo barroco y alucinante cada una de las tomas concebidas por Wheatley. El  ritmo avanza a un paso del paroxismo hasta culminar en la ominosa profecía del arribo de Margaret Thatcher al poder — con un significativo cameo de Maggie herself, en el post-clímax— y deja al espectador noqueado: ¿qué es lo que acabo de ver? ¿Adónde me llevó este director? 

La virtualmente infilmable novela de Ballard se erige como una cinta con identidad propia y resonancia, la primera incursión de Wheatley en el cinema “mainstream” (aunque no lo es del todo), subvirtiendo elementos del thriller convencional en forma y fondo, para satisfacer sus ideas, con mejor y más estilo que Cronenberg dos décadas atrás, que si bien no hizo una película atroz — Crash no lo es de ninguna manera — , se fijó más en salpicar al espectador con momentos de calculado shock value, que en el desarrollo narrativo, cosa que Wheatley no descuida en ningún momento. El resultado es una experiencia cinematográfica que no tiene paralelo con el resto de la oferta de este año.