artículo no publicado

Dragón rojo a la caza de Hollywood

¿En qué consiste el plan de China para acabar con la meca del cine norteamericano? 

En enero de 2011, el presidente de China, Hu Jintao, visita Washington. Barack Obama le ofrece una recepción con los debidos honores en la Casa Blanca. De esta manera, Obama intenta paliar la grosería que George W. Bush le hizo aposta al mandatario chino casi cinco años antes. La relación entre ambas superpotencias es cortés, pero solo ante las cámaras: para Estados Unidos, China sigue siendo una amenaza. Una amenaza real. Charles Meng, asesor del comité de escritores asiático-americanos del Writers Guild of America, asegura que, a la noche siguiente del brindis, Hu Jintao se reúne en privado con un hombre con quien pormenoriza los avances del plan que busca acabar con uno de los símbolos más codiciados del país norteamericano: Hollywood. Lo siguiente es un asomo a ese alucinante proyecto, oculto con celo extremo y del que Meng ofrece solo parcialidades que dan pie a todo género de especulaciones.

En 1948, Mu Heng tiene cuatro años. La Revolución China destruye el patrimonio de su familia. Los Mu, como cientos de familias, huyen de Shanghái con rumbo a Taiwán. Quince años después, un desheredado, joven y optimista Mu Heng abandona Taiwán y se establece en Los Ángeles, California. Hoy, Mu Heng tiene casi setenta años, vive solo en una modesta casa en el extrarradio de la ciudad y su nombre actual es Charles Meng. “Un chino jamás perdona”, sentencia Meng, y agrega: “Que Little Bush haya querido aleccionarlo sobre derechos humanos, en abril de 2006 en la Casa Blanca, es una afrenta que Hu Jintao no le perdonó. Destruir Hollywood es el nuevo propósito del régimen”. Es bien sabido que China busca adueñarse de todos los mercados en posesión de Estados Unidos. El cine se suma ahora a la lista. “El dinero no es la motivación aquí, es pura sed de venganza”, expone Meng, y advierte: “Si te metes con un chino, y este es comunista, te metes con miles de millones”.

¿En qué consiste entonces este plan de China para acabar con la meca del cine norteamericano? “En producir talento masificado con sello hollywoodense”, establece Meng. Acorde a sus fuentes, el gobierno asiático recluta a cientos de escritores que trabajan en promedio tres mil horas al año para imitar la voz, estructuras, ritmo, temas y el estilo narrativo de las películas estadounidenses. Esto a partir de un análisis exhaustivo y demencial liderado por el hombre con quien Hu Jintao se cita durante su visita de Estado. “Estos escritores viven incomunicados en una fábrica en el sur de China. Trabajan en condiciones indeseables escribiendo guiones en ayunas desde las cuatro de la mañana siguiendo las indicaciones que les dicta el estudio”, dice. Según Meng, estos escritores no pueden abandonar la instalación porque están amenazados o son engañados con la enajenante zanahoria del éxito. “Si uno de estos escritores enferma, renuncia, o enloquece y no puede escribir más, hay otros miles deseando ocupar su lugar en el infierno”, abunda. Este plan incluye a directores de cine chinos entrenados con el mismo rigor para imitar el estilo visual de sus colegas norteamericanos; y actores, dedicados a igualar la biomecánica, gestos y poses de las estrellas de Hollywood.

Larry Liang, miembro del American Geographical Society, explica el objetivo del proyecto. “Lo que busca China es colapsar el sistema hollywoodense al saturar el mercado de películas idénticas. Esta salvaje homogeneización y exaltación de lo más maniqueo y turulato de la oferta norteamericana intenta desvalorizar Hollywood y, por ende, hacerlo trizas”. Por otro lado, China ve con buenos ojos el crecimiento de la comunidad latina en Estados Unidos. “El régimen considera que el mestizaje diluirá el ‘glamour’ de los hombres garbosos y las mujeres blancas y rubias, abriendo paso a un nuevo modelo de belleza del que China busca apoderarse”, dice Liang.

¿Pero quién es este hombre enigmático que se encuentra con Hu Jintao y que conoce todos los trucos del cine hollywoodense? “No estoy seguro, pero sé quién es muy cercano a él: Han Sanping”, cuenta Meng. Han Sanping es el presidente del omnipotente estudio gubernamental China Film Group. ‘El Maestro Han’, o ‘El Padrino’, como le conocen, decide qué películas extranjeras pueden distribuirse y exhibirse en China, el país que reporta más ingresos por taquilla después de Estados Unidos. La agencia federal estadounidense Securities and Exchange Commission investiga a DreamWorks Animation, Walt Disney y 20th Century Fox por tratos corruptos con Han. “Este fanático del régimen supervisa el proyecto, y el hombre que se vio con el presidente es su mano derecha”, dice Meng quien acusa a Han de hacer negocio mientras la destrucción de Hollywood se consuma. Por si esto fuera poco, Meng dice ser amenazado durante la visita de Han Sanping a Los Ángeles en octubre del año pasado cuando este recibe el premio al Visionario del Año en el evento U.S.-China Film Gala Dinner. “Sus esbirros me han dicho que si yo no apuro mi quema a lo bonzo, ellos se encargarán”, revela.

Hay muchas preguntas sin respuesta: ¿Qué volumen de producción de cintas generará el plan? ¿Existen ya películas derivadas de esta maquinación? ¿Quiénes son los directores, escritores y actores que participan? Y la más importante: ¿Cómo sabe Charles Meng todo esto? Meng asegura dar contestación a todas ellas en un libro que dice está escribiendo a cuatro manos con Peter Navarro, autor de Death by China: Confronting the Dragon. El libro detallará el programa y alertará a Hollywood del plan al que el presidente entrante Xi Jinping le dará seguimiento.

La paranoia, el delirio conspiratorio y el resentimiento hacia China que pueden advertirse en Charles Meng pueden ser suficientes para desacreditarlo. Con todo, su clamor entraña un miedo legítimo: El miedo a la fuerza destructora de un arte cinematográfico normado, formulado y estandarizado con desmesura por su innegable naturaleza industrial. “No le tengo miedo al dragón. Iré hasta el final. No importa si tras la publicación del libro tengo que ocultarme como mi amigo Salman [Rushdie]. ¡Por amor al cine pago el precio que sea!”, exclama Meng.