artículo no publicado

Cristiada

Reseña de un culebrón hollywoodense.

 

Con 110 millones de pesos de presupuesto, Cristiada (2012) es la película mexicana más cara de todos los tiempos (puesto que ocupaba Arráncame la vida de Roberto Sneider, que costó 65). La inversión se ubica fuera de los parámetros del cine nacional, sin embargo cabe perfectamente en los del cine norteamericano. Pero no sólo por el asunto de los dineros es conveniente colocar la cinta ahí, sino también por la realización. Pensada y concebida como un proyecto con posibilidades de ingresar a diversos mercados, Cristiada reproduce los patrones del cine de época al estilo Hollywood, conforma un reparto multinacional y en ella se habla inglés. Esta estrategia hace que lo registrado adquiera un toque de irrealidad y la Historia un aire de cine fantástico. El dispositivo cinematográfico, que por lo general busca la transparencia, se hace perceptible en todo momento, y representa un reto para la credibilidad del espectador ver a rancheros de Michoacán o Jalisco que se expresan en inglés (más aún porque de pronto sueltan frases en español); algo similar sucede con la geografía, pues los paisajes elegidos hacen pensar en un western. Se reproducen, como podemos apreciar, estrategias de producción y registro que Hollywood emplea para sus melodramas de época. Para decirlo de entrada, me resulta difícil ver a México en esta película.

Cristiada es la ópera prima del norteamericano Dean Wright, quien ha participado en los efectos especiales de algunas entregas de The Lord of the Rings y Narnia. El debutante ambiciona, según se puede leer en el sitio de internet de la película, dar cuenta de “la historia de México que te quisieron ocultar” (lo que no dice es quién). La narración inicia en 1927, cuando el presidente Plutarco Elías Calles pone en práctica una serie de medidas para limitar y luego prohibir las prácticas públicas religiosas. En consecuencia, algunos grupos de creyentes deciden tomar las armas, y al grito de “Viva Cristo rey” inician una guerra contra el ejército nacional. Wright sigue a un puñado de personajes que apoyaron el movimiento desde la ciudad o pelaron en el campo de batalla. En particular sigue las vicisitudes de algunos de ellos: “El Catorce” (Oscar Isaac), al que nos presentan como una máquina de muerte, algo así como un Rambo a caballo; el general Enrique Gorostieta (Andy García), excolaborador del ominoso Victoriano Huerta que fue contratado para organizar a los alzados; José (Mauricio Kuri), un chamaco que atraviesa por la pubertad y cuyo fervor alcanzó, según nos dicen al final, para la beatificación. Pero también asistimos a los momentos de decisión del presidente Calles (Rubén Blades), y a sus encuentros y desencuentros con el embajador de Estados Unidos.

Seguir a múltiples personajes en diferentes frentes es una apuesta que resulta fallida, entre otras cosas porque no terminamos por hacernos una panorámica del conflicto, ya que sólo asistimos a una parte del movimiento. (Para darse una idea panorámica del conflicto la obra ineludible sigue siendo el libro La cristiada de Jean Meyer.)  La multiplicidad provoca dispersión y difícilmente se genera identificación: en la cinta no vemos progresar a ninguno de los involucrados –que resultan distantes–, y sólo seguimos a figuras unidimensionales que llevan los nombres consignados por los historiadores. El único que escapa a este esquema es Gorostieta, un caudillo que, a pesar de no ser creyente, pelea por la libertad de culto, y cuyos afanes caben, justo es comentarlo, en el imaginario libertario de tantos y tantos personajes de película. De esta forma, el realizador debutante consigue escasos momentos de emoción, con todo y la casi omnipresente música de James Horner (compositor que ha colaborado en Titanic y Avatar, entre muchas otras), a pesar del abuso de la cámara en mano, recursos que buscan reforzar el drama de pasajes en los que a menudo no hay drama que mostrar. Más congruente, por lacónico y austero, resulta el abordaje que propone Matias Meyer en Los últimos cristeros (2011).

Cristiada no sólo es una cinta esquemática sino que también es maniquea. Hace una distinción clara entre los buenos (cristeros) y los malos (Calles y los militares). Los primeros tienen el valor de luchar por sus derechos; Calles es caprichoso e irracional, autoritario y cruel. Así, cuando los cristeros queman un tren y provocan la muerte de decenas de civiles, de las víctimas sólo escuchamos algunos lamentos. Pero cuando los militares torturan al pequeño José, vemos con lujo de (planos) detalle la inquina de los abusadores. Esta prácticas no son muy imaginativas (el efecto obtenido es predecible, y ciertamente el llanto del chamaco es lo más emotivo de la cinta) pero sí bastante cuestionables.

Las películas que se remontan a épocas pasadas multiplican su valor si hacen un comentario sobre el tiempo en el que aparecen (diría incluso que es éste un elemento imprescindible). Pero en el abordaje que Wright hace de la cristiada no observo una perspectiva que ilumine la realidad mexicana. Por el contrario, hoy el culto no está en riesgo (por lo menos no el católico) y podemos ver actos religiosos públicos por doquier, así como escuchar a las autoridades eclesiásticas explayarse sobre toda clase de temas y en todos los medios de comunicación. Cristiada no tiene, pues, la virtud de la oportunidad. Tampoco es una cinta épica, como sugiere su publicidad; es, primordialmente, un melodrama…al estilo Hollywood.