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Australia y su deuda con los aborígenes

El oscuro pasado australiano visitado a través de la comedia The Castle.

Una de las mejores películas australianas es una joya casi desconocida para el resto del mundo: The Castle (1997), dirigida por un director también muy poco conocido: Rob Sitch. The Castle es una cinta indispensable para entender la complejidad del colonialismo en Australia, así como la psique de la clase media australiana: aquella que mantiene gustos sencillos, que es trabajadora y humilde. The Castle es la historia del matrimonio Kerrigan: Daryl, Sal y sus cuatro hijos (Wayne, Tracy, Steve y Dale) en los suburbios de un Melbourne (la segunda ciudad más importante de Australia) que sigue existiendo.

A simple vista, los Kerrigan no son especialmente memorables. Daryl, el padre, es la columna de la familia. La madre es “los otros huesos – todos ellos”. Le encanta hacer manualidades y es el contrapeso perfecto de la figura paterna, quien la idolatra; ambos son extremadamente cariñosos con sus hijos, y reafirman la importancia de la familia. Steve es un pasante de mecánico a quien le fascina preguntarle al padre por las ofertas que encuentra en los clasificados. Tracy es la favorita de su padre, la única que ha completado educación superior (estilista) y casada con Con Petropoulous (Eric Bana en su primera película), un contador y aficionado al kickboxing. Wayne es el mayor y se encuentra en la cárcel. Por último está Dale Kerrigan, quien nos introduce en la historia y nos la cuenta en una hilarante voz en off. Las mascotas no pueden faltar: cuatro galgos con nombres peculiares como Coco, Trailblazer, Banshee y Starflash (una de las mascotas más populares en Melbourne) así como el bote que la familia posee: el Sealady. El patrimonio es una casa al lado del aeropuerto; una compra barata, la cual incluye un cuarto con una mesa de billar donde el padre guarda los objetos típicos que la clase media colecciona: vasos de cerveza, relojes de Marlboro, los trofeos ganados por los galgos. La casa se asocia a una fuente de felicidad y prosperidad. No sólo eso, sino que también es su patrimonio. Y es ella la que le da nombre a la cinta: El Castillo.

El conflicto comienza cuando la familia (y los vecinos) son obligados a dejar su casa ya que el aeropuerto necesita espacio para poder expandirse: sencilla premisa que realmente esconde uno de los argumentos más contenciosos en la historia de Australia desde su fundación como federación en 1901, precisamente en Melbourne. Más allá del simple argumento (algo que se ha visto demasiadas veces: industria contra patrimonio), lo que la película retrata es el drama que se omitió durante muchos años para el espectador común: el sentimiento de impotencia que millones de aborígenes tuvieron que reprimir al ver sus tierras apropiadas por el “whitefella” sin pedir permiso o derecho alguno. La lucha por el espacio entre los colonizados y los colonizadores.

“You can´t buy what I own” dice Daryl, el padre, refiriéndose a su casa. El sentimiento es el mismo de siempre; sin embargo, en The Castle se retrata con humor. Es por ello que es una película progresiva[1], no paródica; es decir, no invierte los valores. Es progresiva porque no dice lo que quiere decir directamente sino que lo hace a través de una historia simple, en este caso, el drama de una familia enquistada en los suburbios, en vez de mostrar y discutir aquel paisaje australiano, ya convertido en lugar común: el famoso outback.

La escena más memorable en la película es aquella en la que el patriarca, en cuyos hombros descansa la familia, viéndose sin salida y a punto de ser embargado, expresa su rabia, diciendo que ahora entiende lo que sintieron los aborígenes cuando fueron despojados de sus tierras. En la filosofía aborigen, la tierra es todo: fuente de alimentos, historia y ley. Por lo tanto, al ser despojados la tierra se convierte en “huérfana”, concepto que los colonizadores no lograron entender.

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No es posible entender la historia de Australia sin hablar de Mabo, un aborigen de Queensland quien se enfrentó a los tribunales de la Corte Suprema de Australia en los noventa, demostrando que la tierra que su padre le había heredado cumplía con todas las de la ley respecto a la Ley Aborigen (otro concepto que los occidentales no entendieron sino hasta hace poco y que afectó considerablemente la percepción de la cultura aborigen en todos los sentidos). Gracias a sus esfuerzos y al de unos abogados australianos comprometidos con la causa aborigen, un año después fue instaurada la Native Title Act 1993 la cual estipula que todo aquel individuo o grupo aborigen que pueda probar una conexión directa entre él o ellos y sus antepasados podrá ser acreedor a que se le devuelvan las tierras que fueron usurpadas por los colonizadores cuando se declaró la gran masa de tierra como terra nullis. Esta ley causó mucha controversia entre la población no aborigen de Australia porque se pensó que en algún momento toda Australia podría ser devuelta a los grupos aborígenes que buscaban “compensación”.

El detractor podrá argumentar que la película no refleja la verdadera cara de la clase media australiana y sobre todo la indiferencia hacia los otros grupos que conforman el multiculturalismo (el historiador del arte australiano, Terry Smith, lo llama “la ideología oficial de Australia”) de una de las ciudades que más se precian de serlo (al menos dos de las “minorías” de Melbourne están representadas por el personaje de Con y el de Farouk: la comunidad griega y libanesa, respectivamente). No obstante, la importancia de esta película radica precisamente en mostrar lo que no muestra directamente. Dicho en otras palabras, The Castle es una gran película porque sin enfocarse en la problemática aborigen, es lo que precisamente destaca. Y es precisamente esta lección la que la convierte en una historia universal de desposesión, colonización y la lucha por el espacio.

El valor del patrimonio que una familia le pone a su casa es revisitado y extrapolado a la situación que los aborígenes sufrieron al ser colonizados por el Imperio Británico. La frase original “An Englishman’s home is his castle”, en The Castle se traslada como “A man’s home is his castle” – la frase que se origina en Inglaterra retumba en la colonia y se busca aplicarla a la situación que los aborígenes sufrieron. El resultado es una propuesta sutil e inteligente.



[1]Término propuesto por Barbara Klinger, “Cinema/Ideology/Criticism’ Revisited: The Progressive Text,” Screen 25.1 (Enero-Febrero, 1984): 30-44.