artículo no publicado

Al rescate de Prometheus

Una invitación a quien se haya sentido decepcionado por la cinta de Ridley Scott para darle una segunda oportunidad.

A mediados de año, sin haber visto la película, me declaré de acuerdo con la crítica de Prometheus de Ridley Scott que escribió Daniel Krauze. Después de haberla visto y disfrutado en sala dos veces y otras tantas en BluRay, me parece oportuno responder a la reseña de Krauze e invitar a ver Prometheus desde la perspectiva de un enfoque distinto pues resulta que, a pesar de coincidir ampliamente en el análisis, mis conclusiones son diferentes. Habrá quien piense que es una tontería estar de acuerdo con un texto de opinión, análisis, o crítica, sin conocer el objeto de su estudio –más aún en vista de que escribo una réplica cuyo título ya sugiere disensión–, pero pensar así es olvidarse de que vemos el 99% del mundo con los ojos y el pensamiento de otros, a través de sus textos de divulgación y reportaje; leer crítica debiera ser más el acto de asomarse a una ventana que el de buscar confirmación en el espejo. Invito al lector a comparar estas opiniones no opuestas sino yuxtapuestas.

 

1 Cabos sueltos y perlas secretas

 

Creo que una de las quejas que más he oído y leído sobre la película es que deja tantos cabos sueltos que el espectador se queda con una sensación profunda de insatisfacción. El objeto de la queja es innegable. La narrativa propone mucho más cuestiones de las que resuelve y al final de la película uno se queda con una sed que no sabe cuándo, o si siquiera, será saciada. Personalmente creo que ver en ello un defecto es cuestión de gustos. Siempre he sido aficionado a los misterios en el cine y la literatura, a esos misterios tremendos que te hacen buscar otros libros y otras películas e incluso posibles fuentes en la realidad, y admito que me frustran los misterios que se quedan sin respuestas –sin embargo la frustración que me causan los misterios explicados con absurdos implausibles es infinitamente mayor–. El valor del misterio reside en la curiosidad que provoca, en el ansia de resolverlo, no en su solución. Ya decían los Rosacruces que “los secretos revelados envilecen"[1] y pienso que el problema es mucho más grande cuando los secretos son ficticios. En la ficción el misterio es igual de poderoso que en la realidad, pero mientras que en la realidad la solución satisface porque contribuye a una visión del mundo más completa, en la ficción la revelación del secreto produce un vacío que se rellena con más ficción –que es necesariamente ficción más débil–. Prefiero quedarme con sed a sufrir la resaca del mal trago. Así pues, no veo en el exceso de cabos sueltos un defecto de la película, sino el precio a pagar por disfrutar de sus misterios, tan entretenidos como artificiales.

 

2 La autoría y otras divisiones

 

La narración de Prometheus tiene dos partes bien distintas. La primera es pausada, meditativa, casi lírica; de ritmo acorde con la belleza de las imágenes que va desplegando. La segunda parte es violenta, atropellada y sangrienta. La transición es abrupta y el contraste de ritmo, sin llegar al extremo de digamos From Dusk till Dawn, es muy apreciable. Este contraste es, para mí, el mayor problema de la película y apunta a otro que Krauze discute: la colisión de estilos y propósitos del director y del guionista.

Estoy de acuerdo con la acertada repartición de los elementos de la película, entre Scott y Lindelof, que hace Krauze; donde difiero es en la cuenta de esos elementos: a mí me parece que no los cuenta todos, y es en los que no considera en su crítica donde encuentro la mayoría de argumentos que reivindican a Prometheus. Y es allí también donde veo que, a pesar de todo, es Ridley Scott quien llevó con éxito la batuta en el proyecto.

El primero de esos elementos es el contexto ficcional. Es sabido que Scott considera a Prometheus no como una precuela, sino como una obra que comparte ciertos “filamentos de ADN” con Alien. Lo importante es comprender que el parentesco no tiene lugar principalmente en el interior del mundo erigido en las películas, a nivel de las historias que cuentan, sino en el exterior; se trata de un parentesco entre dos obras de arte que desarrollan una simiente común de conceptos estéticos y narrativos. Creo que uno de los propósitos evidentes de Scott en Prometheus es la demolición del “Universo Alien” que se desarrolló a partir de Aliens donde, a pesar de ceñirse muy de cerca al patrón de la trama del original y de hacer una aportación ingeniosa con el bicho reina, hay una ruptura absoluta con la visión de Scott. Si el título Alien era un adjetivo ambiguo, sugestivo de otredad radical, Aliens es un sustantivo que denota muy concretamente seres extraterrestres. Si la criatura original era un misterio indescifrado de principio a fin, que sorprendía a cada vuelta de tuerca, los bichos de Aliens son una especie zoológica catalogable y concreta, algo así como insectos que actúan de manera familiar. De ahí en adelante el “Universo Alien” se desarrolló con poca fantasía, pecando de repetitividad, y sobre todo, ocluyendo el brillo espeluznante de los orígenes conceptuales del monstruo: las fantasías casi perversas de H. R. Giger. En Prometheus desaparecen los huevos, los Facehuggers, los Chestbusters, etc. Es decir, los conceptos petrificados que fungían como núcleo del polvoriento universo anquilosado de la franquicia, y reaparecen las pesadillas encarnadas inexorables, rezumantes de connotación sexual, las bestias fálicas que penetran y preñan oralmente, los biomecanoides, las estructuras sugerentes de una geometría lovecraftiana.

Algo similar ocurre con todos los clichés que se repiten hasta el hastío, de Aliens en adelante: Prometheus retoma la idea subyacente, crea una nueva instancia, distinta y original, y la replantea con la misma frescura que tenía en la primera película. Por ejemplo:

 

–El androide deja de ser un personaje que oculta su identidad y agenda secreta hasta que vomita o sangra un líquido lechoso y se convierte en figura central. David es el reflejo recursivo de la condición humana que hace de entrada inútil la empresa de los viajeros: ¿Cómo pueden esperar los humanos que los “ingenieros” les den respuesta satisfactoria a las preguntas fundamentales del origen, si ellos mismos son incapaces de percibir esas preguntas –de responderlas ni se hable– en sus propias creaciones? David es un sicópata electrónico que se tiñe el cabello, una mezcla entre el monstruo de Frankenstein y HAL9000, un ser-no-humano consciente, perdido entre la maravilla de la propia existencia y la indiferencia y el desprecio del creador.

 

–El sensor de movimiento, cuyo pip-pip-pip se ha vuelto señal universal de proximidad amenazante, aparato hechizo, producto del ingenio y la necesidad en la primera película, que luego se torna inexplicablemente en tosco artilugio militar, en Prometheus es sustituido por los “pups” cachorros de sabueso, elegantes esferitas cartógrafas –equipo digno de una expedición bien apertrechada.

 

–“La compañía” deja de ser una asociación pérfida de estultos homicidas y se convierte en la siniestra manifestación social de la codicia más radical y elemental que asola a los humanos, el hambre de vida terrenal eterna; el mismo anhelo que ya había llevado a Gilgamesh hasta los confines del cosmos.

 

–La anotación final de bitácora de la última sobreviviente de la tripulación deja de ser una cursilería rumiada y riza el rizo, al sugerir el mensaje de advertencia que resulta ser la señal con la que inicia la aventura original en la primera película.

 

Es como si Scott le diera la espalda a un universo construido paupérrimamente sobre las ideas que desarrolló originalmente, un universo en el que todas las construcciones son de muchos pisos y todos los suelos están hechos de rejillas metálicas con el propósito único de mostrar como la sangre de los bichos despanzurrados los carcome a través de varios niveles. Y así crea un universo paralelo, que tiene un origen conceptual común con el de Alien, en el que las cosas podrían ser iguales pero solamente son muy parecidas –un universo que explora las consecuencias sutilmente diferentes que surgen de las mismas causas–. Con ello Ridley Scott no nada más logra traer aire fresco adonde ya solo cabía esperar un aliento rancio, sino que además le devuelve el resplandor original a Alien permitiéndonos verla bajo la luz en que fue concebida –como esos cuadros que los restauradores rescatan de la oscuridad en que los han sumergido capas y capas de barniz aplicadas a lo largo de los siglos.

Otro factor que propició mi gusto por Prometheus es la gran cantidad de referencias a otras películas. Scott no solo hace un guiño a sus precursores, sino que devuelve el reconocimiento que le ha hecho el género absorbiendo las influencias que emanaron de su cine. Así, hay multitud de imágenes y situaciones que recuerdan a The Thing, Android, Silent Running, Species, 2001, por nombrar algunas, pero también a la misma Alien e incluso a Aliens. La secuencia del viaje, aunque demasiado breve, ya vale por sí la visita al cine. Ese “good morning David” de la computadora al androide es glorioso, y ver a David recorriendo la nave solitaria –que evoca el ambiente de casa abandonada de Alien– imitando a “Lawrence de Arabia”, atónito ante una mota de polvo inexplicable, es un deleite para cinéfilos. Es una gozada también la reformulación de la mejor broma de Aliens, que es la pregunta de Hudson: “¡Hey Vazquez! ¿Alguna vez te han confundido con un hombre?” y la respuesta de ella: “No, ¿y a ti?” –que en Prometheus se convierte en la escena donde Vickers le dice en la cara al capitán: “¿Por qué me habría alejado medio billón de millas de cualquier hombre si lo que quisiera fuera acostarme con uno?” Y con ello llegamos a la única diferencia de análisis seria que tengo con Daniel Krauze. A mí me parece que Charlize Theron (de quien confieso ser admirador incondicional) hace un papel impecable de perra insufrible, que en sus momentos de debilidad deja entrever a la niña lastimada por el despecho del padre.

 

3 El peligro de dos caras

 

La afición encierra un riesgo doble para el autor y el aficionado. El autor de éxito corre peligro de abandonar a sus musas y reducirse a repetir la receta que garantice la creación de obras que gratifiquen los gustos de sus aficionados. Para el aficionado el riesgo es aún más grave, porque el hábito lo puede llevar a confundir el placer de consumir algo que de antemano sabe que va a disfrutar, con la pasión por conocer y apreciar lo bueno.[2] Creo que dar por hecho que Prometheus debe encajar incondicionalmente en el universo creado desde Aliens es sucumbir a ese peligro.

Me decidí a escribir esta réplica porque disfruté tanto de la película que me pareció justo hacer una invitación, a quien se haya sentido decepcionado por ella, a darle una segunda oportunidad; una oportunidad basada en verla desde la perspectiva de lo que hubo antes de Alien –no de lo que vino después–. El rechazo iconoclasta puede parecer duro a quienes hemos tomado gusto por el universo que se fue solidificando con las secuelas y los spin-offs, pero creo que asumir y aceptar ese rechazo como el acto deliberado del artista para devolver el significado original a su obra nos permite acceder a un punto de vista que ennoblece tanto a Prometheus como a Alien; un punto de vista que transforma algunos defectos en virtudes, y a otros les quita peso.

 

Andrés Paniagua Curiel

 

 

[1] “Arcana publicata vilescunt: & gratiam prophanata amittunt. Ergo: ne Margaritas obvce porcis, seu Asino substerne rosas“ [Andreae, Johann Valentin] “Chymische Hochzeit: Christiani Rosencreütz. Anno 1459”, Strassburg, 1616.

 

 

[2] John Crowley escribió un ensayo excelente sobre el problema:

Robert Louis Stevenson and the Dilemma of an Uncritical Readership, paper presented at the

International Conference celebrating the Stevenson Centenary sponsored by the Beinecke Rare

Book and Manuscript Library and the Whitney Humanities Center, October 1994.

Desgraciadamente no está disponible en línea, pero viene incluido en:

John Crowley (2007), In Other Words: Collected essays and reviews, 1987 - 2004. Burton. MI: Subterranean.