artículo no publicado

Cachapa: venimos del maíz y hacia el maíz vamos

América está bien hermanada por esos granos amarillos y la cachapa no sabe de materialismo histórico.

Las alegorías son un territorio peligroso que, a la larga, se seca, envejecido. Lo recordé comiendo una cachapa ahora que estoy de paso por Venezuela. El país se ha vuelto una larga fila de hombres y mujeres que se atestan en supermercados, abastos y plazas para conseguir ciertos productos que escasean desde hace años. Un ministro le resta importancia arguyendo que son solo cuarenta, como si leche, azúcar, pollo, papel y harina de maíz fueran cualquier cosa. Eso sin contar el yodo radioactivo 131, que suele usarse en tratamientos de cáncer y tampoco se consigue.

 

La explicación a la escasez venezolana es una suma compleja de economía sumergida, especulación comercial, justificadas ansias de consumidores y una dilatada historia de crisis similares a lo largo de los últimos doscientos años, pero el gobierno vive de una alegoría según la cual toda empresa privada es mala porque se quiere enriquecer y, ay, el Estado es la encarnación del mismísimo bien.

 

Para hacer una típica cachapa venezolana se necesita moler maíz amarillo tierno y añadir azúcar, sal y leche. Hay variaciones con panela de azúcar, con aceite y con mantequilla, pero con los primeros cuatro ingredientes y un poco de licuadora es suficiente para obtener una mezcla espesa que se vierte sobre planchas ligeramente engrasadas. Al aire libre y con el ahumado de un fuego a la orilla de la carretera es alimento imbatible y después de una noche intensa tampoco cae mal comerse una rellena de pernil o de queso blanco, que en Venezuela incluye variedades y texturas realmente excepcionales si se atiende a la producción láctea de países vecinos.

 

Me extraña que a día de hoy nadie en el gobierno venezolano haya echado mano de Miguel Ángel Asturias y Hombres de maíz, sobre todo de la primera parte, cuando los ladinos quieren aumentar la producción de maíz aunque la tierra sufra y para ello terminan envenenando a Gaspar Ilóm, un campesino de los que respeta los procesos de la naturaleza y no invierte mucho tiempo en pensar en dinero. Me extraña a medias, sí, porque el sentido común indica que a estas alturas de la historia somos todos hombres de maíz. América está bien hermanada por esos granos amarillos y la cachapa no sabe de materialismo histórico. Aún más: nada indica que “cachapa” sea siquiera vocablo indígena e incluso, puesto a leer teorías, algunas muy razonables dicen que la palabra viene de la España opresora.

 

Cuando Gaspar Ilóm se da cuenta de que lleva veneno en el cuerpo y que a su alrededor otros han muerto, decide lanzarse al río para morir ahogado. Es uno de los tantos guiños de Asturias al Popol Wuj, como ocurre luego con la venganza mágica que cae sobre los ladinos avaros. La alegoría como reivindicación del oprimido; la alegoría que se cae por su propio peso con un buen mordisco a esa cachapa dulzona y suave que derrite cualquier mantequilla. Estamos hechos todos de ese mismo maíz y somos ladinos y somos Gaspar y nadie flota en el río y nadie resucita desde su lecho turbio. 

 

La vida es un círculo imperfecto como una cachapa, ya lo dijo sin decirlo el poeta venezolano Vicente Gerbasi: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”.