artículo no publicado

Aurora sigue sonriendo

Ciertas complicidades duran toda la vida. La que unió a Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 - París, 2014) con Julio Cortázar fue de esa estirpe y superó largamente su matrimonio de catorce años.

Ciertas complicidades duran toda la vida. La que unió a Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 - París, 2014) con Julio Cortázar fue de esa estirpe y superó largamente su matrimonio de catorce años. Compartían el amor por la literatura, el oficio de traductores y la devoción por la música, además de un humor muy sofisticado. Mario Vargas Llosa llegó a escribir que eran tan perfectos juntos, que todo lo que decían era siempre tan inteligente y vital, que parecían haber ensayado sus conversaciones. "Cuéntame algo" era el pedido con el que Cortázar iniciaba muchas de esas charlas, pidiendo noticias sobre el mundo. Conmueve pensar ahora, después de la muerte de Bernárdez (víctima de una embolia que la tuvo varios días en coma), que en su rol como albacea literaria ella no consintió en morir antes de editar todos los papeles dispersos del autor y de celebrar en el magnífico Cortázar de la A a la Z, aparecido a comienzos del 2014, el centenario del nacimiento de uno de los escritores más amados por los lectores iberoamericanos. Bernárdez tenía 94 años y conservaba el mismo espíritu inquieto y aventurero que conquistó al autor de Bestiario. Trabajaba últimamente, dicen sus allegados, en una biografía del escritor, sobre la cual aún reina el misterio.

A uno de sus amigos, Eduardo Jonquières, le escribe Cortázar en 1953 sobre su reciente matrimonio: "A. y yo damos más bien la impresión de dos camaradas que arriman el hombro (el de ella me da en las costillas) para que las cosas sean más divertidas y verdaderas. Tenemos una buena costumbre: estamos de acuerdo en casi todo lo fundamental, y discutimos como leopardos sobre lo nimio. En esa forma desahogamos los humores sin malograr nada de lo que cuenta."

Se separaron en 1967, pero ella continuó viviendo en París en la última casa que compartieron (en el 68, tras su viaje a Cuba y por una década, Cortázar se uniría sentimentalmente a la editora lituana Ugné Karvelis). Amigos de allí en adelante, Bernárdez fue quien acompañó al autor de Rayuela hasta su muerte en 1984. “Me encontró tan enfermo y flaco hace tres meses, que renunció a irse a Deyà y se vino a hacerme la sopa, gracias a lo cual gané cinco de los diez kilos que había perdido”, contaba el escritor en una carta de 1983.

Licenciada en Letras, lectora exquisita y quizá la mejor traductora de su generación (Flaubert, Calvino, Nabokov, Faulkner y Durrell fueron algunos de los autores que volcó al castellano), fue además la responsable de que después de muerto Cortázar se nos apareciera en todo su esplendor, a través de la publicación de textos desconocidos hasta ese momento. “Si hasta parece que escribiera cada vez mejor”, bromeó alguna vez el crítico peruano Julio Ortega.

Por decisión de Cortázar, Bernárdez se convirtió en su heredera y albacea literaria y desde ese rol a lo largo de 30 años –primero junto a Saúl y Clara Yurkievich y luego con el experto catalán Carles Álvarez Garriga– realizó una reveladora tarea de edición, sistematización y recuperación de los papeles dispersos, la correspondencia (de la que llegaron a publicarse cinco tomos) y las primeras obras del escritor, hasta entonces inéditas. Gracias a ese empeño, el universo cortazarino se expandió y pudimos re-conocerlo a través de libros comoLa otra orilla, escrito entre 1942 y 1946, Teoría del túnel de 1947, Divertimento de 1949, El examen y Diario de Andrés Fava, ambas de 1950, e Imagen de John Keats, escrito entre 1950 y 1951 (éste último sintetizaba, a decir de Aurora, toda la poética cortazariana).

“Todos esos libros estaban listos para ser publicados, pero no habían encontrado editor”, explicaba Bernárdez en un homenaje a Cortázar realizado en la Casa de América de Madrid el 19 de mayo de 2010. A ellos se uniría en 2009, Papeles inesperados, el fulgurante hallazgo de retazos de obra reunidos en un libro, arrumbados hasta entonces en los cajones de una cómoda, que fueron cuidadosamente inventariados en colaboración con Álvarez Garriga:cuentos desconocidos y otras versiones de algunos publicados, historias inéditas de cronopios y de famas, discursos, prólogos, artículos sobre literatura y arte, crónicas de viaje, notas políticas, autoentrevistas, poemas y un capítulo del Libro de Manuel, entre otras muchas páginas.

"La obra inédita de un autor publicada póstumamente tiene dos tipos de lector: el que lo ama tanto que quiere seguir leyéndolo, leer incluso lo que no publicó mientras vivía, y el que, sobre todo, aspira a entender lo mejor posible su recorrido literario y en definitiva su vida, para lo cual todo inédito es bienvenido. El problema está en saber qué es de la obra que el autor no ha publicado, lo importante. En este plano, se puede decir que todo lo que el autor estimó 'acabado' y conservó no sólo merece sino que debe publicarse", sintetizaba Bernárdez en julio de 1995 para el diario argentino La Nación. Ella respetó celosamente esa convicción y estuvo a la altura del legado. Sin su acción decidida, gran parte de esa obra habría quedado en penumbras, retaceando escritos de formación, ocurrencias, libros enteros.

Disponible en YouTube para quien quiera rebobinar su modo grácil de recordar a Cortázar se encuentra un apunte muy lúcido sobre el escritor y sus peculiaridades, donde Bernárdez contrasta la increíble libertad de sus escritos con lo metódico de su existencia. "Cortázar rechazaba la imposición de costumbres y rutinas pero al mismo tiempo estaba lleno de manías: la pipa a la izquierda, la lapicera a la derecha; el whisky a las 7 de la tarde, el café a las 11, un coñac después de la cena...". Amaba, cuenta allí, una robe de chambre verde, regalo de su abuela, que lo hacía parecer "una mesa de billar de pie", que ella intentó sin suerte cambiar por otra. El relato de estos recuerdos va acompañado de una risa contagiosa.

Cortázar ponderaba siempre sus "hermosos ojos bizantinos". En una carta de octubre de 1977, lejos ya de las pasiones y de cualquier desencuentro, el autor le escribió algo que probablemente ella podía haberle dedicado a él: "Usted era buena, se portaba bien, crecía incesantemente en estatura moral y hasta material, y le dedicaba una sonrisa al loco distante que le escribe y que la quiere."

Incluso en las últimas fotos que se conocen de ella, Aurora Bernárdez sonríe.