artículo no publicado

América originaria. Naufragios, filiaciones, espejos.

El itinerario de Alvar Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de zozobra, entre 1527 y 1536, es una saga iniciática: la fundación simbólica de nuestra identidad.

Vagar nueve años entre pimas, siux, ópatas y apaches no lima la extrañeza del jerezano, impuesto como chamán precisamente por extraño. Pero conforme cura y compadece, Alvar se aindia. Tanto que, atrapado por la guerra en el bando perdedor, su testimonio de incertidumbre y desesperanza es La visión de los vencidos en pluma de andaluz.

Mas la comunión no basta.

Para ser indio hay que ser mirado como indio. Y Alvar se descubre pálido chichimeca en los ojos —"tan atónitos" de los hombres blancos y barbados de Nuño de Guzmán.
     Reencuentro que es también ruptura, pues quien ha visto a los cristianos con ojos de indio desnudo no se halla en armadura de conquistador.

Y menos cuando ya sabe que puede haber careo sin rencilla.

Nadie ha descrito mejor que Alvar la diferencia entre encuentro y conquista: "los cristianos decían a los indios que nosotros éramos de ellos mismos [pero] de poca suerte y valor, y que ellos eran los señores de aquella tierra a quien habían de obedecer y servir.

Mas todo esto los indios lo tenían muy en poco [...] diciendo que los cristianos mentían, porque nosotros veníamos de donde sale el Sol, y ellos de donde se pone; porque nosotros sanábamos los enfermos, y ellos mataban los que estaban sanos; y que nosotros veníamos desnudos y descalzos, y ellos vestidos y con caballos y lanzas; y que nosotros no teníamos codicia [...] y los otros no tenían otro fin sino robar"

La pasión iniciática del náufrago de La Florida es también la experiencia fundadora de un mestizaje construido desde la indianidad.

Único sincretismo americano habitable, pues son los ojos del indio los que en verdad encueran nuestra dislocada condición.

Sólo desde la natal o adoptiva visión de los vencidos podemos reconciliarnos con la conquista, perdonar el daño que nos hicimos y hasta reconocer el arrojo de la espada y el fervor de la cruz.

No es por número (cuarenta millones), precedencia, terquedad o mérito civilizatorio que los indios son la matriz simbólica del continente; es por pura compulsión ética.

Porque no se puede fincar identidad soslayando el despojo; porque los vencedores escriben la historia, pero son los derrotados —los indios y sus herederos de toda raza, lengua y color— quienes la siembran, la forjan, la tejen y la curten; quienes la sudan y la lloran y la cantan.

Que nadie se confunda: reivindicar la indianidad de América no es exaltar lo autóctono sobre lo occidental, ni preferir la sangre de un orden cruel al oro de un orden codicioso; no es, tampoco, vocación de derrota o de martirio; es una inexcusable opción moral por los vencidos, los resistentes, los constructores en la sombra.

Como en la Relación de sucedidos que nos legó el náufrago andaluz, en las fotografías de la chilanga Flor Garduño se cruzan extrañamiento y complicidad; distancia y comunión con el distinto entrañable que son los indios, que son los otros, que somos todos...

 Los aymaras, quechuas, moxós, chibuelos, zapotecos, crees y nahuas, con los que nos espejea Flor, son como los siux, janos, pimas, ópatas o apaches de Alvar: no vestigios, no reliquias: "testigos del tiempo" y también nuestros estrictos contemporáneos: el rostro desollado del continente indiano.

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